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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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Buckman comió como una rata hambrienta. Sin dejar de masticar, dijo:

—No es que todos los proyectos de la Marina carezcan de interés. La nave alienígena…

—¿Nave?

—Hay una nave que se dirige hacia nosotros. ¿No lo sabía?

—No.

—Bueno, su punto de partida es un gran asteroide pétreo bastante separado de la masa principal. La cuestión es que se trata de un asteroide muy luminoso. Debe de tener una forma muy extraña, a menos que haya burbujas de gas por todo él, lo que significaría…

Bury rompió a reír.

—Doctor, ¿no cree que una nave espacial alienígena es más interesante que un meteorito?

Buckman pareció sorprenderse.

—¿Por qué?

Las astillas se hicieron rojas; luego negras. Era evidente que aquellos objetos estaban enfriándose; pero ¿cómo se habían calentado, en primer lugar?

La Ingeniera había dejado de preguntarse sobre ello cuando una de las astillas avanzó hacia ella. Había fuentes energéticas dentro de las masas metálicas.

Y se trataba de un movimiento autónomo. ¿Qué eran aquellos objetos? ¿Ingenieros, Amos, maquinaria inerte? ¿Un Mediador dedicado a una tarea incomprensible? No le gustaban los Mediadores, que de modo tan irracional y con tanta facilidad interferían en tareas importantes.

Quizás fuesen Relojeros; pero lo más probable era que contuviesen un Amo. La Ingeniera pensó en la posibilidad de huir, pero la masa que se aproximaba era demasiado poderosa. Aceleró hasta 1,14 gravedades, casi el límite máximo de su nave. No podía hacer más que salir a su encuentro.

Además… ¡todo aquel metal! Y parecía perfectamente utilizable. Los Racimas estaban llenos de artefactos de metal, pero en aleaciones difíciles de transformar.

Todo aquel metal.

Pero debían salir a su encuentro, no al revés. No tenía combustible suficiente ni aceleración. Calculó los puntos de giro mentalmente. Los otros harían lo mismo, por supuesto. Afortunadamente sólo había una solución, considerando la aceleración constante. No habría ninguna necesidad de comunicación.

Los Ingenieros no destacaban además en comunicaciones.

14 • La Ingeniera

La nave alienígena era una masa compacta, de forma irregular y color gris opaco, como barro de moldear. Brotaban de ella protuberancias, aparentemente al azar: un anillo de abrazaderas alrededor de lo que Whitbread consideró el extremo posterior; un brillante hilo de color plata en su cintura; curvaturas transparentes delante y detrás; antenas de extrañas formas; una especie de aguijón al finaclass="underline" una espina de varias veces la longitud del casco, muy larga, recta y estrecha.

Whitbread efectuó un lento giro hacia ella. Conducía un transbordador espacial cuya cabina era una burbuja plástica polarizada, el breve casco salpicado de «racimos de empuje» (una colección de propulsores de posición). Whitbread se había entrenado para el espacio en un vehículo como aquél. Su campo de visión era enorme; y era facilísimo conducirlo; el aparato no tenía armas y era hinchable.

Y el alienígena podía verle dentro. Venimos en son de paz, no ocultamos nada… suponiendo que los ojos del alienígena pudiesen ver a través del plástico.

—Esa espina genera los campos plasmáticos del impulsor —decía una voz; no había ninguna pantalla, pero sabía que la voz era la de Cargill—. Lo observamos durante la desaceleración. Ese instrumento que hay debajo de la espina probablemente lleve el hidrógeno a los campos.

—Será mejor mantenerse a distancia —dijo Whitbread.

—Desde luego. La energía del campo probablemente afectaría a sus instrumentos. Y podría afectar también a su sistema nervioso.

La nave alienígena estaba ya muy próxima. Whitbread aminoró la marcha de su vehículo. Los impulsores de posición resonaron como palomitas de maíz en la sartén.

—¿Ve algún signo de cámara neumática?

—No señor.

—Abra su propia cámara neumática. Quizá ellos hagan lo mismo.

—De acuerdo, señor.

Whitbread pudo ver al alienígena a través de la burbuja frontal. Estaba inmóvil, observándole, y se parecía mucho a las fotografías que había visto del muerto de la sonda. Whitbread veía una cabeza ladeada y sin cuello, una piel peluda de un marrón suave, un gran brazo izquierdo que agarraba algo, dos flacos brazos derechos que se movían a una velocidad frenética, actuando fuera del campo de visión de Whitbread.

Whitbread abrió su cámara neumática. Y esperó.

Al menos el pajeño aún no había empezado a disparar.

La Ingeniera estaba embelesada. Apenas miraba el pequeño vehículo que tenía cerca. En él no había ningún nuevo principio incorporado. ¡Pero la nave grande!

Tenía a su alrededor un extraño campo, algo que la Ingeniera nunca hubiera creído posible. Lo registraban media docena de sus instrumentos. Para otros el campo resultaba parcialmente transparente. La Ingeniera conocía ya bastante sobre la nave para poner los pelos de punta al capitán Blaine si este lo supiese. Pero no lo bastante para satisfacer a un Ingeniero.

¡Todos aquellos instrumentos! ¡Y todo aquel metal!

La puerta curvada del pequeño vehículo se abría y se cerraba ahora. Lanzaba luces parpadeantes. Ambos vehículos Irradiaban pautas de energía electromagnética. Las señales no significaban nada para un Ingeniero.

Lo que acaparaba su atención era la nave. El campo mismo, sus propiedades intrigantes y desconcertantes, sus principios subyacentes… todo era un enigma. La Ingeniera estaba dispuesta a dedicar el resto de su vida a intentar descifrarlo. Por echar un vistazo al generador habría dado gustosa la vida. La fuerza motriz de la gran nave era distinta a todas las que la Ingeniera conocía; y parecía utilizar las propiedades de aquella misteriosa fuerza que rodeaba a la nave.

¿Cómo llegar a bordo? ¿Cómo atravesar aquella capa protectora?

La intuición que le asaltó era rara en un Ingeniero. El pequeño vehículo… ¿Estaba intentando comunicarse con ella? Procedía sin duda de la gran nave. Entonces…

El pequeño vehículo era un lazo con la nave grande, con la capa energética que la rodeaba, con su tecnología y con el misterio de su súbita aparición.

La Ingeniera se había olvidado del peligro. Lo había olvidado todo en su acuciante afán de saber más sobre aquel campo. La Ingeniera abrió su cámara neumática y esperó a ver lo que pasaba.

—Señor Whitbread, su alienígena está lanzando sondas sobre la MacArthur —decía el capitán Blaine—. El comandante Cargill dice que las ha bloqueado. Si esto despierta el recelo del alienígena, da igual, es inevitable. ¿Ha intentado algo parecido con usted?

—Hasta el momento no, señor.

Rod frunció el ceño y se frotó el puente de la nariz.

—¿Está usted seguro?

—No he perdido de vista los instrumentos, señor.

—Es curioso. Su nave es más pequeña, pero está más próxima. Lo lógico sería pensar que…

—¡La cámara neumática! —dijo Whitbread—. Señor, el pajeño ha abierto su cámara neumática.

—Ya lo veo. Una boca abierta en el casco. ¿A eso se refiere?

—Sí, señor. No sale nada. A través de la abertura puedo ver toda la cabina. El pajeño está en su cabina de control… ¿Me da permiso para entrar, señor?

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