Los asesinos ocultos
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
Falcón tuvo que reprimir la imagen de una inmensa nube de polvo en las afueras de Sevilla, entre la que corría el ganado lleno de pánico.
Mientras cruzaba el río volvió a sonar el móvil; Ramírez quería saber dónde estaba.
– Hemos encontrado a un habitual de la mezquita -dijo Ramírez-. Acude cada tarde después de trabajar. Nos vemos en la guardería.
Falcón entró en el barrio de El Cerezo por el norte para evitar el tráfico que había en torno al hospital. En la guardería fotocopió las listas de personal de Informaticalidad y se las entregó a Ramírez con la orden de que dos miembros de la brigada comenzaran a interrogar a los vendedores para saber si habían visto algo. Ramírez le presentó al marroquí, que se llamaba Said Harrouch. Era cocinero, había nacido en 1958 en Larache, al norte de Marruecos.
Los trabajos de demolición eran demasiado ruidosos para que pudieran charlar en ninguna de las aulas, pues no tenían cristales en las ventanas, así que se dirigieron al piso del hombre, que quedaba cerca. La esposa de Harrouch les preparó té con menta y se sentaron en una sala que no daba al edificio destruido.
– Es usted cocinero en una fábrica del Polígono Industrial Calonge -dijo Ramírez-. ¿Qué horario tiene?
– Empiezo a las siete de la mañana y acabo a las cinco -dijo-. Cuando se enteraron de lo de la bomba me dejaron volver a casa.
– ¿Va a la mezquita siempre a la misma hora?
– Suelo llegar entre las cinco y media y las seis menos cuarto.
– ¿Todos los días?
– Los fines de semana voy cinco veces al día.
– ¿Sólo reza, o está un rato allí?
– Los fines de semana tomamos un té y me siento a charlar.
El hombre estaba tranquilo. Se reclinó con las manos entrelazadas sobre el vientre. Sus largas pestañas parpadearon lentamente, sin recelo alguno.
– ¿Cuánto hace que vive en Sevilla?
– Casi dieciséis años -dijo-. Vine en 1990 para trabajar en la Expo y me quedé.
– ¿Le gusta vivir en este barrio?
– Preferiría vivir en el casco antiguo -dijo-. Allí me siento más como en casa.
– ¿Cómo es la gente aquí?
– ¿Se refiere a los españoles? -dijo Harrouch-. La mayoría son buena gente. A algunos no les gusta que aquí vivan tantos marroquíes.
– No tiene por qué ser diplomático -dijo Ramírez-. Díganos la verdad.
– Después de los atentados de Madrid, mucha gente nos mira con suspicacia -dijo Harrouch-. Aunque les digan que no todos los africanos del norte son terroristas, somos muchos y sospechan. El imán ha hecho lo que ha podido para explicar a la gente de aquí que el terrorismo es un problema de una minoría extremista, y que él tampoco está de acuerdo con una interpretación radical del Islam y no lo aprueba en su mezquita. No ha servido de nada. Siguen mostrándose suspicaces. Les digo que incluso en Marruecos es muy difícil encontrar a alguien que apruebe lo que hacen esos fanáticos, pero no se lo creen. Por supuesto, si vas a un café de Tánger oirás despotricar a gente en contra de lo que hacen los estadounidenses y los israelíes. Verás manifestaciones en las calles a favor de los palestinos. Pero sólo son palabras y manifestaciones. Eso no significa que nos peguemos una bomba al pecho y salgamos a matar. En los atentados suicidas de Casablanca de mayo de 2003 murieron marroquíes, y también murieron musulmanes en los atentados de Madrid de 2004 y de Londres de 2005, pero la gente no se acuerda de eso.
– Esa es la naturaleza del terror, señor Harrouch -dijo Falcón-. El terrorista quiere que la gente sepa que eso puede ocurrir en cualquier lugar, en cualquier momento, a cualquiera: cristiano, musulmán, hindú o budista. Y al parecer es lo que está pasando ahora en Sevilla. La gente ya no se siente a salvo en su casa. Lo que queremos averiguar lo antes posible es: quién quiere aterrorizarnos, o, si eso es difícil, por qué quieren aterrorizarnos.
– Pero claro, todo el mundo supondrá que hemos sido nosotros -dijo Harrouch, señalándose el pecho con los dos índices-. Esta mañana, cuando salí del trabajo, me insultó gente por la calle. Gente que cuando oye que ha explotado una bomba enseguida sabe a quién echarle la culpa.
– El 11 de marzo el gobierno pensó automáticamente que había sido ETA -dijo Ramírez.
– Sabemos que hay grupos antimusulmanes -dijo Falcón.
– Todos hemos oído hablar de VOMIT, por ejemplo -dijo Harrouch. Al ver la cara de sorpresa de los policías, añadió-: Pasamos mucho tiempo en internet. Así es como nos comunicamos con nuestras familias de Marruecos.
– Nosotros no nos hemos enterado de su existencia hasta esta mañana -dijo Falcón.
– Pero no se dirige contra ustedes, ¿verdad? -dijo Harrouch-. Es una página pensada para demostrar que el Islam es una religión de odio, cosa que no es cierta. Consideramos VOMIT como otro invento de Occidente para humillarnos.
– Pero no es Occidente quien ha creado esta página web -comentó Ramírez-. Es otra minoría fanática dentro de Occidente.
– El hecho, señor Harrouch -dijo Falcón, yendo al grano-, es que tardaremos un poco en llegar al sótano de la mezquita. Pasarán días antes de que tengamos información de la policía científica acerca del lugar donde fue colocada la bomba. Por el momento tendremos que basarnos en los relatos de los testigos. Quién fue visto entrando y saliendo del edificio en las últimas setenta y dos horas. Hasta ahora se ha informado de la presencia de dos vehículos: una Peugeot Partner con dos marroquíes, a la que se vio descargando cajas de cartón…
– De azúcar -dijo Harrouch, de repente animado-. Yo estaba en la mezquita cuando lo trajeron. Era azúcar. Lo decía claramente en los laterales de las cajas. Y también había bolsas de menta. Era para el té.
– ¿Conocía a esos hombres? -preguntó Ramírez-. ¿Los había visto antes?
– No, no los conocía -dijo Harrouch-. Nunca los había visto.
– Entonces, ¿quién los conocía? ¿Con quién se habían puesto en contacto?
– Con el imán Abdelkrim Benaboura.
– ¿Qué hicieron con el azúcar y la menta?
– Los metieron en la despensa que había al fondo de la mezquita.
– Esos hombres, ¿dijeron quiénes eran?
– No.
– ¿Sabe de dónde venían? -preguntó Falcón.
– Alguien dijo que de Madrid.
– ¿Cuánto tiempo se quedaron en la mezquita hablando con el imán?
– Cuando yo me fui a las siete seguían allí.
– ¿Es posible que se quedaran a pasar la noche?
– Puede. A veces se ha quedado gente a dormir en la mezquita.
– ¿Se acuerda de cuándo llegaron? -preguntó Ramírez.
– Unos diez minutos después de que yo llegara, a eso de las seis menos cuarto.
– ¿Puede decirnos exactamente qué hicieron?
– Cuando entraron cada uno llevaba una caja con una bolsa de menta encima. Preguntaron por el imán. Él salió de su despacho y los acompañó a la despensa. Dejaron las cajas, salieron, y entraron con otras dos cajas.
– ¿Y luego?
– Se fueron.
– ¿Con las manos vacías?
– Eso creo -dijo Harrouch-. Pero regresaron a los pocos minutos. Creo que fueron a aparcar el vehículo. Al regresar entraron en el despacho del imán y cuando yo me fui aún no habían salido.
– ¿Oyó algo de la conversación?
Harrouch negó con la cabeza. Falcón percibió la náusea del hombre ante las interminables preguntas acerca de detalles aparentemente nimios. Harrouch intuía que estaba comprometiendo a esos dos hombres, quienes, a su parecer, tan sólo habían entregado azúcar y menta. Falcón le dijo que no se preocupara por las preguntas, que sólo se las hacía para ver si sus respuestas coincidían con las de los otros testigos.
– ¿Oyó mencionar si esa mañana llegaron otros desconocidos? -preguntó Ramírez.