El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– Gunnar es mío -exclamó Meritxell finalmente, jadeando por el esfuerzo.
Me planté ante ella, sin acobardarme.
– Gunnar me quiere a mí y lo sabes.
Meritxell, incapaz de soportar la verdad, se arrancó un mechón de cabello y de su garganta salió un grito desgarrado.
– ¡Yo te maldigo! ¡Os maldigo a ti y a Gunnar!
Nunca hubiera creído que el dolor pudiera expresarse con tanta contundencia. Pero no conseguiría hacerme cambiar de opinión, era demasiado tarde. Además, aquel encuentro no conducía a nada. Meritxell no estaba en condiciones de hablar, de razonar ni deseaba consuelo. Y si me quedaba acabaría cayendo en las redes de la compasión. Cogí mi bolsa y me dirigí hacia la puerta. Meritxell me cerró el paso.
– Déjame pasar -le pedí.
– ¡No quiero!
– Pasaré lo quieras o no -le advertí.
Meritxell señaló mi arma.
– ¿Me clavarás tu atame? ¿Por eso eres tan valiente?
Y entonces hice algo de lo que siempre me arrepentiría. Hay gestos heroicos prescindibles y ése lo fue. Le entregué mi puñal sagrado, el que me había sido concedido a mí y sólo a mí. Pensé que era una forma de liberarme del clan, de las Omar y del deber, y puse mi destino en sus manos. Reconozco que fue una imprudencia. Tenté a la suerte con bravuconería. Se lo entregué por la empuñadura, con la hoja apuntando a mi pecho.
– Mátame, pero no impedirás que Gunnar me ame.
Meritxell, con los ojos desorbitados, asió la empuñadura dorada de mi atame y alzó su brazo con determinación. Yo la miré fijamente, al fondo de sus pupilas y leí miedo, indefensión, duda. Estaba sosteniendo una lucha terrible contra ella misma, temblaba como una hoja y sus dientes castañeteaban, pero yo no podía ayudarla. Finalmente el brazo cayó y Meritxell, llorando, bajó el arma y me cedió el paso.
Y salí sin mirar atrás. Sin despedirme, sin disculparme. Estaba ofuscada por todas las revelaciones que había tenido. Mi vida era una farsa. Mi madre me engañaba, mi amiga me engañaba y yo me engañaba a mí misma.
Y mientras caminaba por la calle se fue encendiendo una luz que iluminó el escenario de mis confidencias con Meritxell desde el ángulo opuesto. Siempre supuse que Meritxell era la inocencia personificada y que ignoraba mi secreto. Pero ahora ya no lo veía de esa forma. ¿Desde cuándo lo sabía? ¿Tal vez…? Me cayó la venda de los ojos al recordar la conversación que Meritxell tuvo conmigo la noche que Gunnar y yo nos enamoramos. Lo supo desde el primer instante. Meritxell jugó conmigo, con mi sentimiento de culpa y con una treta sucia como la del embarazo para alejarme de Gunnar. Yo, que me compadecía de ella ignorante de que era una Omar que había desobedecido las normas sagradas de las Omar de no usar la magia en beneficio propio y había embrujado a Gunnar con la ayuda de su ropa. ¿Por qué había sido tan ciega?
Sólo me hacía falta una confirmación. Una simple confirmación.
Llamé al timbre con el corazón desbocado. Me abrió la puerta Gunnar, pero apenas le reconocí. También estaba muy desmejorado, había adelgazado, tenía el pelo revuelto y la barba espesa, descuidada. En cuanto me vio, sin embargo, los ojos le brillaron con una intensidad que le traicionó. Estaba liberándose lentamente de las ataduras que yo había roto quemando el muñeco con el que Meritxell le tenía prisionero.
– Dime una cosa, una sola cosa -le supliqué-. ¿Meritxell sabía que yo era la otra?
Gunnar asintió.
– Se lo dije la primera noche.
Me inundó la rabia.
– No está embarazada, nos ha mentido.
La revelación también sorprendió a Gunnar. Era la palabra de Meritxell contra la mía, pero recompuso su propio esquema y me creyó a mí. Inmediatamente me asió por la muñeca y me atrajo hacia él con incredulidad, como si fuera una aparición esperada. Me tomó entre sus brazos y me fue besando con ternura, con pasión, con desesperación. Y todo el tiempo que nos habíamos negado el uno al otro surgió de pronto arrebatándonos los sentidos.
No respondimos a las llamadas de la puerta ni del teléfono, no reparamos en que hubo una tormenta, no recuerdo ni el resplandor de los rayos ni el fragor de los truenos. Esa noche el mundo dejó de existir.
Me quedé en su casa. A lo mejor fueron dos días, a lo mejor fueron tres. ¿Para qué contar el tiempo? No nos importaban las horas, ni las estaciones, ni el curso de los días y las noches. No nos preocupaba si en la ventana lucía el molesto sol primaveral o las estrellas se enseñoreaban del firmamento. Nos era indiferente que lloviese, tronase o se hundiese el mundo. No existía nada excepto nosotros y nuestro amor.
Gunnar me arrullaba con sus canciones y me relataba hermosas sagas de su isla cubierta de glaciares y volcanes. Su voz era tan dulce que yo cerraba los ojos y me transportaba a los escarpados fiordos medio ocultos en las brumas, a las cambiantes colinas pobladas de trolls y dragones, y me bañaba junto a esos sorprendentes geiseres que surgían por ensalmo de la tierra e inundaban con sus chorros de vapor los valles helados. Y me fui enamorando poco a poco de esos paisajes inquietantes que él tanto añoraba.
– Me siento como un heinejar, en el Valhalla, muriendo cada noche en la batalla del amor y despertando al sonido de tu llamada de valquiria cada mañana.
– ¿Un heinejar? ¿El Valhalla? -preguntaba yo, que ya comenzaba a acostumbrarme a las metáforas vikingas de Gunnar.
– Soy un guerrero que he llegado al paraíso y tú eres una valiente hija de Odín que me amarás eternamente.
– ¿No eras Odín?
– Si lo prefieres puedes ser mi caballo.
– No, gracias, que tiene ocho patas.
– Pues sube y agárrate fuerte.
Y en nuestros sueños yo cabalgaba por los cielos a lomos del veloz Sleipper abrazada a Gunnar y él me mostraba el lago Lögurin habitado por un monstruo, el volcán Snaefellsjökull que conduce al centro de la tierra, las aguas hirvientes de las cuevas de Grjótagjá y las cascadas de Godafoss por las que los islandeses lanzaron a sus dioses paganos. Todos esos lugares ya me eran familiares de tanto oírlos nombrar y sentía la misma añoranza que Gunnar por verlos.
Luego cabalgué por los sueños de Gunnar al lugar que descubrió su antepasado Eric el Rojo. A la fría Groenlandia donde llegaron los vikingos en sus barcos mil años atrás, inscribieron sus runas y conocieron a los inuits, los esquimales que viajaban en trineos conducidos por perros y cazaban focas y osos para comer su carne, calentarse con su grasa y abrigarse con sus pieles.
Y nuestros sueños culminaban en un territorio blanco, incólume, inhóspito y hermoso.
Un desierto helado.
Pero nuestro encierro duró poco. A pesar de que Gunnar descolgó el teléfono y no contestó al timbre de la puerta, yo comencé a recibir insistentes llamadas telepáticas de Deméter a las que en un principio me negué a responder, pero que acabaron por ser tan agudas que me causaron jaqueca. No podía bloquearlas, no podía aislarme y me vi forzada a abandonar la calidez de los brazos de Gunnar y a enfrentarme con mi madre.
Temía salir de esas cuatro paredes. Algo me decía que, en cuanto pusiera los pies fuera del refugio de madera, la tormenta se desataría. Y así fue.
Antes de marchar, le pedí a Gunnar que me esperase. Volvería.
Deméter estaba airada y abatida. Pude leer en su mirada que había pasado algo terrible. Me recibió con recelo, grandes medidas de seguridad y una frialdad exasperante. Tenía en su mano un recorte de prensa, pero antes de enseñármelo me preguntó a bocajarro.
– ¿Fuiste tú? -y su pregunta contenía un deje acusatorio que no le conocía.
– ¿Yo?
– ¿Te peleaste con Meritxell?
No podía negarlo, pero su agresividad me puso a la defensiva.
– No te importa, yo no te importo.