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Электронная книга - «Una semana en el paraíso». Краткое содержание книги:

Después de acceder a casarse sin estar enamorada, Samantha Reed necesitaba probar, al menos una vez en la vida, el verdadero deseo, así que decidió tomarse una semana de vacaciones en la que experimentar todo lo que no iba a tener después: lujuria, pasión, éxtasis… y todo ello, con un extraño. Un camarero sexy como el mismo pecado parecía el hombre ideal con quien disfrutar y a quien poder abandonar después sin mirar atrás.
Ryan Mackenzie, Mac, no era en realidad un camarero, sino el dueño de un complejo hotelero, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, sobre todo porque Samantha parecía desearle tal y como era. Había disfrutado con ella una deliciosa semana… y había llegado a la conclusión de que necesitaba tenerla para siempre. Aunque descubrir que Samantha ya estaba prometida no iba a ayudar a su propósito.
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– ¿Qué dirías si te dijera que Sammy Jo tenía un novio rico esperándola en The Resort?

Zee no pestañeó.

– Pues que tiene que haber una explicación.

Mac gruñó.

– ¿Cuál era? -preguntó Zee.

– ¿El qué?

– No te hagas el tonto conmigo. La explicación.

Mac se sintió como un adolescente que hubiese roto una ventana y tuviera que enfrentarse a las consecuencias.

– No me quedé para escucharla.

Zee salió de detrás de la barra y le dio un golpe en la cabeza.

– Eso es porque tu padre no está aquí para haberte dado él -murmuró, mientras se sentaba en el taburete de al lado-. Normalmente la gente tiene buenas razones para mentir. ¿Ya le has dicho que eres el dueño de The Resort?

– Ella ya lo sabía.

No necesitaba preguntarle si había sido él quien se lo había dicho. A pesar de lo que dijera ella, Mac comprendía bien la lealtad, y sabía que Zee no lo había traicionado.

Igual que, nada más cerrarle la puerta a Samantha, supo que se había pasado de la raya. Pero es que uno no veía todos los días a la mujer con la que quería compartir su vida llevando el anillo de otro hombre. Además, después de tanto preparativo, saber la verdad le había resultado humillante en extremo.

– Y crees que lo había preparado todo para cazarte.

– No. Ya no.

Al conocer la noticia había reaccionado con el corazón y no con la cabeza, pero ahora que había tenido tiempo para pensar, lo veía de otro modo. ¿No le había mentido él también?

– Pero eso pensaste al principio, ¿no? -los dos sabían cuál era la respuesta-. No irás a decirme que se lo dijiste a ella, ¿verdad?

– Pues no te lo digo, así que ponme una copa. Pero una copa de verdad, si quieres que sigamos manteniendo esta conversación.

Porque sabía que había actuado como un imbécil. ¿Cómo demonios había sido capaz de llamar fulana a la mujer de la que estaba enamorado?

Mac vació el vaso de un trago. El whisky le quemó al bajar.

– Buena elección -murmuró-. Otra más.

Porque ésa era la única forma de olvidar el dolor que había visto en el rostro de Sam al acusarla.

– Tú tenías tus razones. ¿No crees que ella también debía tener las suyas?

Mac alcanzó la botella y se sirvió otra copa que apuró antes de contestar.

– Seguro que sí.

– Y seguro que has tenido pistas de ello delante de las narices.

– Sí, pero sólo de que no quería intimar demasiado, no de que perteneciese a otro hombre.

– Entonces, concéntrate en esas razones, y no vas a poder hacerlo si sigues bebiendo -Zee le arrebató la botella y la colocó en su sitio-. Considéralo como pago por las copas aguadas que Bear y tú me hacéis beber cada noche.

Y echó a andar.

– ¿Adónde vas?

– Si te dejo solo, puede que recuperes el seso y vayas a buscarla.

Y desapareció.

Mac supo, sin que nadie se lo dijera, que se había equivocado. Sabía que su Samantha no podía haber dispuesto deliberadamente una trampa para echarle el lazo y herirle. Simplemente era imposible.

– Busca las posibles razones -dijo Zee desde el almacén-. Y lárgate de aquí.

Razones. Samantha había llegado del desierto. ¿Qué más sabía de ella? Que venía del este y que tenía unos ojos en los que uno podía ahogarse. Que su madre había muerto hacía tres años y que tendía a hablar demasiado cuando estaba nerviosa. Que era analista financiero y que hacía el amor como si no pudiera saciarse jamás de él. Su única familia era su padre cuyo amor buscaba desesperadamente; un padre que estaba seriamente endeudado porque…

¡Eso era! El padre necesitaba dinero. ¿Qué era lo que Samantha le había dicho al hablar de su compromiso? «No es que hubiese mucho entre nosotros, pero era… necesario».

Y Zee tenía razón. Había habido signos. Le había prometido a su madre cuidar de su padre. «Además, yo siempre he hecho lo que se esperaba de mí». Y porque quería que la quisieran.

– Maldita sea…

Iba a casarse con aquel viejo rico para ayudar a su padre. Seguro. Y también estaba seguro de que no había pretendido engañarlo, sino que haciendo acopio de valor, le había dado la espalda a su palabra creyéndolo nada más que un camarero. No sabía quién podía habérselo dicho, pero sí sabía que se había enterado después de dejarle en casa de Bear.

Sabía todo aquello porque conocía a Samantha. La pena era que se hubiera dado cuenta demasiado tarde.

– Qué bien lo has hecho, Mackenzie -murmuró. Ella se había pasado la semana rompiendo viejas costumbres e inseguridades, y justo cuando más lo necesitaba, dejaba de tener confianza en ella. Había recompensado su valor con acusaciones horribles. Gracias a su comportamiento, podía haberla perdido para siempre.

Mac murmuró un juramento entre dientes, se subió al coche y llegó a The Resort en tiempo récord. Tenía que encontrar a Samantha.

No sabía qué podía pasar cuando la encontrase, pero tenía que intentarlo. Ahora que la rabia y la ceguera habían pasado, necesitaba por lo menos verla una última vez.

Al llegar a la suite no llamó, sino que insertó la tarjeta y entró directamente.

– ¿Sam?

Silencio.

Se había marchado.

Una llamada a recepción y tuvo la confirmación que necesitaba. En aquella misma habitación lo había tenido todo al alcance de la mano y lo había tirado por la ventana. Con el corazón en la garganta, entró en el dormitorio y se sentó en la cama. Qué estúpido había sido. Y si con sus acusaciones no hubiera sido suficiente, había concluido sugiriéndole a Samantha que volviera con su primera elección.

Quizás… quizás estuviera aún en el hotel con él. Volvió a llamar a recepción. Joe era la única persona que podía identificarla, pero su turno había concluido ya. Entonces algo le llamó la atención.

Había una nota y una flor.

Mac, me habría gustado que hubiera un «para siempre» entre nosotros, aunque hubiera sido en un pequeño apartamento sobre un bar.

No podía habérselo dejado más claro. Quería al hombre que ella creía que era, y no al propietario de The Resort, o al imbécil en que se había convertido.

– No tiene usted buen aspecto, señor Mackenzie. Tiene cara de cansado.

Mac miró a su empleado, siempre entusiasta, pero aquella mañana más apesadumbrado.

– No poder dormir te deja con esta cara, Joe.

– Ah.

– ¿Has visto al hombre aquél que acompañaba anoche a la señorita Reed?

– Esta mañana. Iba a desayunar al restaurante.

Esperó. Joe guardó silencio. Había elegido un momento estupendo para volverse discreto.

– ¿Iba solo?

– No, señor. Llevaba a una preciosa joven del brazo.

¿Rubia y preciosa? ¿Morena y preciosa? ¿Preciosa Samantha? ¿Qué? Mac hubiera querido retorcerle el pescuezo.

– Están todavía en el comedor si quiere usted… pasarse por allí.

Mac caminó hacia el restaurante con el corazón en la garganta, pero antes de que hubiera podido entrar, le llamaron por megafonía y se dirigió al teléfono más cercano.

– Mackenzie.

– Hola, Mac.

Su hermana sólo quería hablar un momento con él tras haber cancelado los planes que tenían para el fin de semana y Mac intentó tranquilizarla sin dejar de ojear el restaurante.

Poco después de colgar, encontró lo que andaba buscando. El tipo salía del restaurante con una preciosa… Mac estiró el cuello. Con una preciosa pelirroja del brazo. Suspiró. No era Samantha.

Pero de aquel modo, no tenía ni idea de dónde encontrarla. En su casa, seguramente.

Mac volvió a recepción en un instante. Ser el jefe acarreaba muchos dolores de cabeza, pero también alguna que otra compensación, que se cobró en aquel momento al abrir el registro de reservas y buscar los datos personales de una preciosa morena de ojos violeta.

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