Una semana en el paraíso
- Автор: Филлипс Карли
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una semana en el paraíso». Краткое содержание книги:
Ryan Mackenzie, Mac, no era en realidad un camarero, sino el dueño de un complejo hotelero, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, sobre todo porque Samantha parecía desearle tal y como era. Había disfrutado con ella una deliciosa semana… y había llegado a la conclusión de que necesitaba tenerla para siempre. Aunque descubrir que Samantha ya estaba prometida no iba a ayudar a su propósito.
Pero una mujer que está comprometida con otro hombre no es capaz de compartir nada. Y mucho menos el corazón. Simplemente le había considerado un mejor partido y había decidido ir por él. Además, ¿por qué casarse con un tipo conservador y aburrido, pudiendo elegir todo lo contrario? Así que le había dicho lo que él quería oír. Te quiero.
Si sólo buscase sexo, no le habría susurrado esas palabras antes de marcharse, pero por otro lado, siendo una mujer que sabía desde el principio quién era, que despertaba su apetito y su curiosidad día tras día, se habría dado cuenta de que estaba despierto y le había susurrado aquellas palabras al oído para que reaccionase como ella esperaba.
Y así había sido.
Ignoró las palpitaciones de su corazón. Ignoró una voz que le decía que algo no iba bien. Que su Samantha no era capaz de hacerle daño deliberadamente. Tras tantos años huyendo, había caído precisamente en lo que intentaba evitar.
Samantha era el epítome de las mujeres que iban a aquel hotel; la única diferencia era su capacidad para engañarle. No quería creerlo, pero tampoco podía negar lo que había visto y oído.
– ¿Joe?
– ¿Sí, señor?
El pobre parecía debatirse entre el deseo de desaparecer y de consolarlo, y esa idea le revolvió el estómago, además de ponerse absolutamente furioso. No necesitaba la compasión de nadie.
– Mientras hablabas con Sam… con la señorita Reed, ¿habéis hablado en algún momento del hotel?
El recepcionista se quedó pensando.
– Sí, señor.
La esperanza floreció.
– ¿Y le has dicho que yo era el dueño?
Joe frunció el ceño.
– Déjeme pensar… no. Ella bromeó un poco y yo no sabía muy bien si hablaba en serio o no, pero creo que sus palabras exactas fueron conozco tan bien como usted el estatus del señor Mackenzie en este hotel.
– Ya.
– Eh… ¿quiere que cancele sus planes?
– No -Mac dio una palmada en el mostrador-. Déjalo todo como estaba previsto.
Y pensar que había estado toda la semana sintiéndose culpable cuando su omisión palidecía frente a la de ella. No, no iba a cambiar sus planes. Quería darse la satisfacción de verle la cara cuando entrase en una habitación llena de flores y pensara que había conseguido todo lo que tan bien había calculado y planeado.
Y sobre todo quería ver su expresión cuando le arrebatase el suelo de debajo de los pies. Y es que en el fondo, una pequeña parte de sí mismo quería oír su explicación. Aunque ya diera lo mismo.
Los pies le dolían de estar de pie con aquellos tacones tan altos. En cuento llegase a la habitación, iba a tirarlos a la basura. Y lo mismo haría con aquel vestido, que parecía sacado del guardarropa de su madre.
Y en parte, así era. Tom prefería que vistiese con clase y recato. Quería que los demás hombres lo envidiasen no porque hubiera elegido a alguien que se vistiera para llamar la atención, sino por haber elegido lo mejor. La belleza habla por sí sola, solía decir, y la mitad de su vestuario había sido adquirido durante los últimos seis meses para acomodarse a su papel en el trato.
Un trato al que había puesto fin.
Salió del ascensor se quitó los zapatos y avanzó por el corredor descalza. Qué bien se sentía, casi tanto como se había sentido al dejar a Tom en el bar del hotel.
Se había tomado la noticia con serenidad. Ya sabía que iba a ser así. Tom era un hombre muy civilizado y jamás habría montado una escena, pero le había recordado que la reputación de su padre estaba en juego. Ella le había preguntado por qué estaba dispuesto a pagar por tener una esposa cuando muchas otras mujeres estarían encantadas de hacerle los honores. Aquella pregunta le había mantenido en silencio durante un rato, y al final no la había contestado.
En cuanto a su padre, ya lo sabía también puesto que le había devuelto la llamada, y lo curioso era que había parecido incluso aliviado. Quizás le había subestimado. Le había prometido encontrar otra solución y que ya hablarían cuando volviera a casa, pero su padre no había colgado el teléfono sin decirle que la quería. La emoción le cerró la garganta. No tenía que sacrificar su vida para ganar su amor.
Estaba deseando quitarse aquel vestido tan horrible, y con los zapatos en una mano, abrió la puerta de la habitación. Estaba a oscuras, a excepción de una pequeña luz que brillaba en el dormitorio. No recordaba haber apagado la luz del salón, pero quizás hubiese entrado alguien del servicio.
Tiró al suelo los zapatos y mientras caminaba hacia el dormitorio, se fue quitando el vestido, que quedó hecho un montón de seda a sus pies y ella lo apartó de una patada. Aquella libertad era maravillosa. Al entrar en el dormitorio, encendió la luz.
Alguien contuvo la respiración y el sonido la sobresaltó. No tenía nada con qué defenderse de un intruso.
– Que me aspen si vuelvo a subestimarte.
– Mac -suspiró. Verlo le hizo olvidar todo excepto el latido acelerado de su corazón y la más absoluta alegría de estar en la misma habitación con él. Fue a echarse en sus brazos, pero su mirada la detuvo.
De pronto se sintió vulnerable y sola, dos sentimientos que no había experimentado nunca en su presencia.
– ¿Esperabas a otra persona? -le preguntó.
Ella lo miró fijamente, sorprendida por su tono áspero, y dijo lo primero que se le ocurrió:
– Te has afeitado.
Él se llevó la mano al lugar que antes ocupaba su bigote.
– Tenía mis razones.
– Comprendo.
Pero no comprendía nada en absoluto. No reconocía al extraño que estaba de pie frente a ella. Su olor era el mismo, al igual que el efecto que provocaba en su cuerpo. Al parecer, el sexo era lo único que habían compartido.
El latido de su corazón lo desmintió.
– Es que esta lencería de encaje que apenas cubre nada, el pelo suelto y revuelto… estaba preparado -dijo, rozando la piel al lado de la hombrera de su sujetador.
– ¿Preparado para qué?
– Para una seducción. Eres buena en eso.
– ¿Seducir a quién?
– Eso es lo que me gustaría saber.
Y caminó hasta la ventana que daba a un hermoso jardín.
Entonces miró a su alrededor por primera vez. Ramos de flores exóticas de todos los colores decoraban la habitación, junto con globos rojos, rosas, blancos y de muchos otros colores. La esperanza floreció como aquellas flores.
Se sentía al borde de un precipicio. Quizás. ¿Estaría enfadado porque no se había dado cuenta de su esfuerzo por agradarla? ¿Se avergonzaría de parecer un romántico? Quizás aquella fuese su forma de pedirle perdón por el engaño, y si era así, lo perdonaría inmediatamente. Una vez le hubiese contado ella toda la historia, quizás podrían volver a empezar.
– Mac -dijo, acerándose a él y rozando la rígida línea de su espalda. El se quedó inmóvil.
– Siento no haberme dado cuenta antes. Traía muchas cosas en la cabeza, pero… es tan bonito. ¿Lo has hecho por mí?
– Sí.
– Gracias -susurró, y le rodeó por la cintura. Pero él se apartó inmediatamente.
– No.
– No comprendo.
El miedo se fue apoderando de ella.
– Supongo que no. También te he comprado esto.
Y abrió una caja de joyería.
Un diamante brillaba sobre su cama de terciopelo negro.
– Mac, es precioso…
– Y aun más grande que éste -añadió, tirando con brusquedad de su mano. Su anillo de turquesas y plata quedó entre ellos.
La confusión se adueñó de su mirada. La confusión y la ira.
No entendía su reacción. Había vuelto a ponerse el anillo nada más salir del bar.
– Me encanta este anillo -dijo-. Creía que a ti también.