Una semana en el paraíso
- Автор: Филлипс Карли
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una semana en el paraíso». Краткое содержание книги:
Ryan Mackenzie, Mac, no era en realidad un camarero, sino el dueño de un complejo hotelero, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, sobre todo porque Samantha parecía desearle tal y como era. Había disfrutado con ella una deliciosa semana… y había llegado a la conclusión de que necesitaba tenerla para siempre. Aunque descubrir que Samantha ya estaba prometida no iba a ayudar a su propósito.
– Eres buena, Sammy Jo. Mejor de lo que yo creía -cerró la caja y se la guardó en el bolsillo-. Contéstame: ¿habrías dicho que sí?
– Por supuesto, pero…
– Por supuesto. Una pregunta más: ¿qué habrías hecho con tu prometido número uno?
Capítulo 11
Sam perdió la fuerza en las rodillas y tuvo que sentarse en la silla más próxima.
– Quería decírtelo -le explicó, retorciéndose las manos-. Había pensado hacerlo esta noche, después de…
– ¿Después de qué?
– Después de haber terminado con Tom. Y ya lo he hecho. Todo ha terminado, y no es que hubiese mucho entre nosotros, pero era… necesario.
– Y ahora, ya no lo es.
– No.
Mac avanzó hasta su silla y apoyó los brazos en el respaldo. Una vena se le marcaba en la sien y tenía los dientes apretados. Nunca le había visto así de enfadado, y Sam temió haber esperado demasiado, haber llegado a un punto sin retorno.
Pero él también le había ocultado unas cuantas cosas, así que debería comprender.
– Debería habértelo dicho, pero Tom… ya no tengo que seguir adelante con él porque…
– Porque yo también soy rico -espetó-. Y conmigo, no sólo te llevas el mismo dinero sino a alguien más de tu edad y con quien funcionas de maravilla en la cama. Lo has hecho muy bien, Sammy Jo. Casi lo consigues.
Y aplaudió lentamente.
Sam lo miró sin parpadear. Sus palabras eran como saetas que le atravesaban el corazón. Pero la furia no tardó en aparecer. ¿Cómo podía juzgarla así habiéndole dado todo de sí misma, y habiendo demostrado él una falta de honestidad similar a la suya?
Lo miró a los ojos, pero la ira había desaparecido. Sólo quedaba dolor, y Sam se aferró a él como una tabla de salvación, porque si le dolía quería decir que seguía sintiendo algo por ella.
Fue a tocarlo, pero él se apartó.
– ¿De verdad crees que yo sabía con antelación que eras dueño de este lugar?
Él asintió.
– Desde el principio, poco más o menos.
– ¿Quieres decir que me crees capaz de esa clase de engaño?
Él la miró fijamente y Sam tuvo que admitir que, en ese sentido, tenía razón: lo había engañado desde el primer día, y aunque él había hecho lo mismo, parecía haberse olvidado de ello.
– Estoy seguro de que Zee o cualquiera de los chicos no pretendían ningún mal con decírtelo.
– La palabra lealtad no tiene ningún significado para ti, ¿verdad? -espetó, cruzándose de brazos-. Zee te trata como a un hijo, pero tú lo crees capaz de traicionarte. Y después de lo que hemos compartido… crees que yo también soy capaz de hacerlo. Supongo que lo que hemos tenido no era tan bueno como yo creía. Claro que no podía serlo, teniendo en cuenta que los dos estábamos mintiendo.
Estaba empezando a sentir una especie de sudor frío en la nuca, y temiendo desmayarse delante de él, dio media vuelta y abrió el armario. Necesitaba cubrirse con algo.
Sus palabras la siguieron a la otra habitación.
– He subestimado tu capacidad para los negocios, Samantha. Pero nunca se debe rechazar una oferta hasta que no se tiene otra encima de la mesa.
Sin esperar a encontrar la bata, volvió a la otra habitación.
– ¿Cómo puedes ser tan arrogante, tan odioso, tan incapaz de ver más allá de tus narices…
– Buena elección de palabras, pero si yo estuviera en tu lugar, saldría corriendo a intentar recuperar tu primera elección antes de que encuentre a alguien con quien reemplazarte.
– Puede que… -el resto de sus palabras se perdió porque Sam le cerró la puerta en las narices-… lo haga.
Sam no esperó. Con el sonido de la puerta al cerrarse aún reverberando en sus oídos, abrió de par en par el armario, sacó la maleta y metió en ella de cualquier manera lo poco que había sacado. No podía quedarse allí. No cuando el hombre al que amaba la creía capaz de… de… de venderse al mejor postor.
Dios… y eso era precisamente lo que iba a hacer, antes de recuperar la cordura. Antes de conocer a Mac y que él la enseñase… ¿qué? ¿El verdadero amor?
Se echó a reír hasta que las lágrimas se lo impidieron. Ella se había enamorado de Mac, pero para él no había sido más que alguien que le proporcionaba un sexo fantástico.
La cremallera se atascó y tiró con todas sus fuerzas para cerrarla. Sin pausa, bajó la maleta al suelo, abrió la puerta de par en par… y volvió a cerrarla.
¿Dónde quería ir en ropa interior? Se sentó en el suelo, con el equipaje a los pies. «Piensa, Sammy Jo», se dijo.
– Y deja de usar ese ridículo nombre -murmuró en voz alta.
Tenía que alejarse de Mac y de su hotel.
Y mientras se vestía, tuvo que admitir lo evidente: todo había terminado. El dolor era casi insoportable. Vestida con unos vaqueros y una camiseta, miró a su alrededor por última vez. Jamás podría olvidar la sensación que había producido en ella aquella habitación al verla por primera vez, y quería recordarla llena de flores, con el carro de la comida en un rincón y la cubitera con champán a su lado.
De uno de los jarrones sacó una rosa roja con la intención de dejarla sobre la almohada, pero al acercarse a la cama, recordó el anillo. Era un símbolo que hablaba por sí solo, al igual que el esfuerzo de preparar todo aquel decorado.
– Dios…
Sam cerró los ojos, y lo único que acudió a su memoria fue la imagen de Mac y del dolor que había visto en sus ojos.
Mac no era un hombre vengativo, y seguro que no se había tomado todas aquellas molestias antes de saber lo de su compromiso, sino después. Le había comprado un anillo y lo había dispuesto todo para que el romanticismo rodease su petición. Después se había enterado de la verdad.
Le había hecho daño y él había intentado hacérselo a ella. Y lo había conseguido. Vaya si lo había conseguido.
Pero, a pesar de las cosas que le había dicho, lo comprendía, aunque nada podía cambiarse por comprenderlo. Una relación que desde el principio se basa en la mentira, tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir.
Se secó una lágrima furtiva. Al menos iba a marcharse sabiendo que había significado algo para él.
En uno de los pequeños cuadernos de notas del hotel, escribió un mensaje para Mac, lo dobló y, junto con la rosa, lo dejó sobre la almohada.
Quizás algún día fuese capaz de mirar hacia atrás y contemplar aquella semana con agrado y no con amargura. Con amor, y no con dolor.
Quizás algún día ella lo lograse también.
Mac se sentó en uno de los muchos taburetes vacíos del Hungry Bear. Había un montón de botellas de todos los colores en las estanterías de la pared y se preguntó con cuál de ellas se emborracharía antes.
– Tequila es lo mejor para matar el dolor.
Mac miró hacia un lado para ver a Zee saliendo del almacén.
– ¿Dónde está Bear?
– ¿Dónde va a estar? Ocupándose de instalar a su nueva familia en mi casa. El apartamento del bar es demasiado pequeño para dos chicos y su futura mujer. Por cierto, no me habías dicho que fuese a tener nietos tan pronto -sonrió.
Mac se encogió de hombros.
– Había prometido no hacerlo.
– Vaya… menos mal que eres bueno en algo. Bear volverá esta noche para abrir -Zee se volvió de espaldas y sirvió dos copas-. Ten, te vendrá bien.
– De maravilla -murmuró Mac.
– Si le has hecho daño a Sammy Jo, te arrancaré el corazón.
Así que la conocía de una semana y ya la quería. Qué bien comprendía ese sentimiento…
– No pongas caras -le advirtió Zee-. Es una buena chica que no se merece que le mientas.
– Ya.
Mac se sonrió amargamente y apuró el licor.
– Así que cuando la broma es a tu costa, la cosa ya no tiene tanta gracia, ¿eh?
– ¿Lo sabías?
– Soy viejo, pero no idiota. Y no necesitas emborracharte, sino hablar, o no estarías aquí. ¿Para qué negarlo?