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Электронная книга - «Una semana en el paraíso». Краткое содержание книги:

Después de acceder a casarse sin estar enamorada, Samantha Reed necesitaba probar, al menos una vez en la vida, el verdadero deseo, así que decidió tomarse una semana de vacaciones en la que experimentar todo lo que no iba a tener después: lujuria, pasión, éxtasis… y todo ello, con un extraño. Un camarero sexy como el mismo pecado parecía el hombre ideal con quien disfrutar y a quien poder abandonar después sin mirar atrás.
Ryan Mackenzie, Mac, no era en realidad un camarero, sino el dueño de un complejo hotelero, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, sobre todo porque Samantha parecía desearle tal y como era. Había disfrutado con ella una deliciosa semana… y había llegado a la conclusión de que necesitaba tenerla para siempre. Aunque descubrir que Samantha ya estaba prometida no iba a ayudar a su propósito.
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– También querría saber dónde está el restaurante.

El joven levantó la mirada del ordenador y volvió a sonreír.

– Lo tenemos todo dispuesto para usted, señorita Reed. Su habitación ya está preparada.

Sam parpadeó sorprendida.

– Han debido tener poco trabajo esta mañana para tener ya la habitación lista.

– Eh… sí. Es que varias personas se han marchado antes de lo previsto.

Y siguió tecleando información en el ordenador.

Mientras esperaba, miró a su alrededor. El ambiente del hotel resultaba muy agradable, decorado como estaba en beis, tostado y blanco. Exactamente el mismo esquema de colores de su casa ideal. La casa ideal que había compartido con Mac. Tenía ganas de llorar.

– Señorita Reed -la llamó el conserje, arrancándola de sus recuerdos-, si es tan amable de firmar aquí… -Sam firmó y el joven le entregó una tarjeta a modo de llave.

– Habitación 315 A. Tome el ascensor del fondo y el botones le llevará el equipaje en un momento. El restaurante está una planta más abajo y ya está abierto. Si necesita algo más, no dude en llamar.

– Gracias de nuevo… -se inclinó sobre el mostrador para leer su nombre en la chapa que llevaba sobre el pecho-… Joe. Una cosa más. ¿Se ha registrado ya el señor Tom Webber?

El conserje tecleó el nombre en el ordenador.

– Sí. Anoche. Dejó esto para usted.

– Gracias.

Era una invitación para un cóctel que la empresa organizaba aquella misma noche en el hotel, y una nota manuscrita en la que decía que pasaría por su habitación para recogerla quince minutos antes. Así podrían hacer su entrada juntos, del brazo. Una interpretación perfecta, parte de sus obligaciones como futura esposa. ¿Sería mejor hablar con él antes o después del cóctel? Sólo con pensarlo, se ponía enferma.

Miró de nuevo el reloj. Era demasiado pronto para despertar a su prometido, por mucho que desease acabar cuanto antes con aquella situación. Lo mejor sería hablar con su padre, que siempre se levantaba temprano. Se merecía ser el primero en conocer su decisión.

Su habitación estaba al final de un corredor elegantemente decorado. Unos apliques de madera tallados a mano lo iluminaban. Si no interpretaba mal las señales, aquel piso era el de la piscina, pero su habitación estaba en la dirección contraria.

Sin previo aviso, las puertas de las habitaciones empezaron a separarse hasta que ya no quedaron. Cuando llegó a la 315 A, descubrió que también había una 315 B. Seguramente estarían comunicadas, y sintió un nudo en el estómago.

Ojalá Tom no se hubiera hecho ilusiones respecto a la intimidad que iba a compartir con su prometida. Hasta el momento se había contentado con darle la mano en los actos públicos, y esperaba que eso no hubiera cambiado.

Insertó la tarjeta y abrió la puerta de su habitación. De su suite, mejor dicho. Aquello era una residencia de verdadero lujo. No faltaba absolutamente nada. La estancia era muy amplia, con una cocina en un rincón y una zona de estar en otro. Sofás, mesas, teléfono, vídeo y una enorme pantalla de televisión.

Tenía que tratarse de un error.

La curiosidad pudo más que ella y decidió recorrer aquellos dominios antes de dar cuenta de la confusión. Una puerta entreabierta daba al cuarto de baño. Echó un vistazo. Mármol en tonos tostados, y no la cerámica al uso en cualquier hotel, cubría el piso, las paredes, las encimeras y el borde del jacuzzi, además del interior de la cabina de ducha con todos los accesorios imaginables.

Vaya… Mac y ella disfrutarían al máximo de un lugar como aquél. Recordar su primer encuentro en la vieja bañera de su apartamento le provocó un calor sofocante. Cómo lo echaba de menos…

Tanto lujo era impresionante, pero se habría sentido más feliz en casa de Mac, simplemente por la compañía. Sin él, todo aquel lujo no significaba nada.

Había dos puertas más. Una daría seguramente al dormitorio y la otra, al de su prometido. Aquella idea la hizo estremecerse. No se oía ningún ruido. Si Tom estaba allí, seguía durmiendo.

Descolgó el teléfono y llamó a recepción para explicarle la situación a Joe.

– Le aseguro que no hay ningún error, señorita Reed.

– He estado en muchas conferencias, Joe, y le aseguro que mi empresa no alquila habitaciones como ésta para sus empleados.

– Déjeme comprobarlo -oyó su tecleo en el ordenador-. Tiene usted razón.

– Lo sabía.

– Es que ha habido un cambio.

– ¿Por cortesía de quién? -preguntó, aunque ya sabía la respuesta, y no iba a quedarse allí.

– Un momento, por favor. Déjeme comprobarlo.

Tal y como estaban las cosas en aquel momento, tendría que pagarse sus propios gastos, y desde luego no podía permitirse una habitación como aquélla. Era más, tendría que controlar estrechamente su economía hasta que encontrase un nuevo trabajo.

– ¿Señorita Reed? El cambio es por cuenta de la casa -le informó Joe.

– ¿Está seguro? Pero por qué…

– Lo siento, pero he de dejarla. Ha surgido una cuestión muy urgente. Si desea hacer más preguntas, pásese por recepción más tarde.

Y colgó.

Al menos ahora sabía que Tom no estaba en la habitación de al lado. Ella también colgó. Con fuerza.

Si aquella habitación no era gracias a Tom, entonces ¿a quién? ¿Y por qué?

Una llamada a la puerta interrumpió sus pensamientos.

– Botones -dijo una voz.

Genial. Ahora iban a llevarle el equipaje y salir de allí iba a resultarle todavía más difícil. Aceptó el equipaje, le dio una propina al botones y volvió a llamar a recepción. Joe insistió en que todo estaba en orden, rechazó sus argumentos y la informó de que no había habitaciones individuales disponibles.

– ¿Qué otra cosa podría salir mal? -exclamó tras colgar de nuevo.

Intentó ponerse en contacto con su padre, y tuvo que contentarse con dejarle un mensaje en el contestador pidiéndole que la llamara, y a pesar de lo temprano de la hora, llamó a la operadora y pidió que la pusieran con la habitación de Tom Webber. Un buzón con la voz de Tom, otra de las maravillas de aquel hotel, la informó de que había salido con unos clientes pero que se vería con todo el mundo aquella misma noche en la recepción.

Sam se dejó caer en el sofá con un suspiro. La confesión iba a tener que posponerse y tendría que bajar a recepción para intentar de nuevo el cambio de habitación.

Menudo día… Para colmo, sabía que podía haberlo pasado con Mac si no hubiera sido tan testaruda y tan… Sonó el teléfono.

¿Diga?

– Hola, Sammy Jo.

El corazón empezó a latirle a toda prisa.

– ¿Mac? ¿Eres tú?

Qué pregunta más tonta.

– No sé que haya nadie más que te llame Sammy Jo, aparte de Zee, y está fuera dándole cera a mi coche.

– ¿Que está dándole cera a tu coche? ¡Pero si tiene ochenta años, Mac! ¿Quieres que le dé un ataque?

– Era una broma, Samantha.

– Ah -se rió, aunque tuvo que limpiarse una lágrima traidora-. Nadie me llama Sammy Jo excepto tú.

– Cierto. Y no lo olvides.

No estaba enfadado. Lo habría percibido en su tono de voz.

– Mac…

– ¿Qué ocurre, cariño?

– Yo… me alegro de que hayas llamado -hizo una pausa-. Y siento haberme marchado así esta mañana. Pero es que tengo cosas muy importantes que hacer aquí y no sabía cómo decirte adiós, y ahora me arrepiento porque podríamos haber estado un poco más de tiempo juntos, y no sé si estás enfadado. Tienes todo el derecho a estarlo, claro, pero yo…

– Ya estás balbuceando -la interrumpió.

Sam sonrió y se le imaginó a él también sonriendo. La tensión que había tenido en el pecho desde que le dejara aquella mañana se alivió.

– Lo sé.

– Porque estás nerviosa.

– Sí.

– Yo puedo solucionarlo, ya sabes.

Su tono de voz le provocó un escalofrío.

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