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Электронная книга - «Una semana en el paraíso». Краткое содержание книги:

Después de acceder a casarse sin estar enamorada, Samantha Reed necesitaba probar, al menos una vez en la vida, el verdadero deseo, así que decidió tomarse una semana de vacaciones en la que experimentar todo lo que no iba a tener después: lujuria, pasión, éxtasis… y todo ello, con un extraño. Un camarero sexy como el mismo pecado parecía el hombre ideal con quien disfrutar y a quien poder abandonar después sin mirar atrás.
Ryan Mackenzie, Mac, no era en realidad un camarero, sino el dueño de un complejo hotelero, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, sobre todo porque Samantha parecía desearle tal y como era. Había disfrutado con ella una deliciosa semana… y había llegado a la conclusión de que necesitaba tenerla para siempre. Aunque descubrir que Samantha ya estaba prometida no iba a ayudar a su propósito.
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– A mí me gustan los dos -sonrió. Tenía que aprovechar aquella oportunidad, así que le dijo:

– Ahora te toca a ti, Sammy Jo. Ella suspiró.

– Samantha Josephine Reed.

– Dos nombres muy sonoros.

– Sí, pero en opinión de mis padres, con clase y refinados. La imagen es importante en mi familia, y ésa es precisamente la razón de que los problemas que está padeciendo mi padre le parezcan tan difíciles de superar -carraspeó-. De todas formas, siempre me han llamado Samantha; ellos y todo el mundo.

– Excepto yo.

Sam se echó a reír.

– Excepto tú.

Si la imagen era tan importante en su familia, su supuesta ocupación de camarero podía ser lo que la estaba molestando. No es que ella no lo aceptase como quien era, o como quien ella creía que era. Pero seguramente le costaría trabajo explicar una relación como la suya a sus padres y amigos.

No tenía que demostrarle nada. La quería tal y como era, y estaba convencido de que ella a él, también, y ya era hora de levantar el telón.

– Mira, Sam…

Pero ella se colocó sobre él.

– Falta una hora más o menos hasta que amanezca. ¿De verdad quieres pasarla hablando? -le preguntó.

El deseo volvió a surgir en su interior.

– Aunque me cueste trabajo decirlo, sí.

– Pero yo no. Necesito pasar este tiempo contigo -le apartó el pelo de la frente-. Sin presiones, sin nada más que nosotros dos -rozó su mejilla con los labios y después su boca-. Te necesito, Ryan.

Podría haberlo resistido todo menos su nombre en aquellos labios, y estiró un brazo para alcanzar otro preservativo de la mesilla. Si las cuentas no le fallaban, era el cuarto.

Si ella quería esperar, él también esperaría. Sabía dónde encontrarla.

Capítulo 9

Mac se quedó por fin dormido cuando empezaba a amanecer y Sam se levantó y salió al balcón para contemplar cómo el sol se elevaba sobre las montañas del horizonte. Ni siquiera aquella belleza sublime, las sombras amarillas y rojas que tenían un cielo cada vez más azul, pudieron captar su interés. A cada momento, miraba al hombre que dormía.

Mac había querido hablar, pero ella no se lo había permitido. No le quedaba más remedio. Habían compartido una semana, siete días increíbles y que nunca podría olvidar. ¿Podría haber más? No le había dejado hablar, así que no lo sabía. Y no podría saberlo hasta que solucionase sus problemas personales.

Pero, gracias a él, se sentía preparada para hacerlo. Él la había enseñado a encontrar a la mujer que era de verdad. Una mujer que no sabía que existía.

Se había pasado la vida buscando algo que nunca estaba a su alcance, y lo había hecho primero complaciendo a sus padres y después con Tom. Jamás había antepuesto sus propias necesidades, y sin darse cuenta había llegado a ser una mujer vacía e insatisfecha. Cuando su madre le pidió que prometiera que se ocuparía de su padre, pensó que por fin se había ganado su aprobación, pero se equivocaba. Lo que ocurría era que ella siempre les había pedido más de lo que eran capaces de dar.

Pero ahora no era ya una niña necesitada desesperadamente de afecto. Cuando su padre llegó al borde del desastre, intentar evitarlo, sacrificarse por él fue algo que todo el mundo aceptó como natural en ella. Ni siquiera ella misma se lo cuestionó. Hasta que Mac le mostró todo a lo que iba a renunciar.

Tanto era lo que le debía a Ryan Mackenzie que jamás podría pagárselo. Y no sólo por darle la semana de pasión que buscaba, o el amor que necesitaba, sino por obligarla a enfrentarse a sí misma.

Y habiéndolo hecho, llegó a una conclusión: no podía casarse con Tom.

Si le daba la espalda a la mujer que había descubierto, se estaría traicionando a sí misma. Peor aún, traicionaría a Mac y al tiempo que habían pasado juntos. Y Sam nunca haría algo así. Respetaba demasiado a Mac para tirar todo lo que le había dado, y su regalo más importante había sido el respeto por sí misma. Había aprendido que no podía venderse por nada; ni siquiera por su padre.

¿Y qué pasará con él?, le preguntó una voz interior. ¿Cómo vas a darle la espalda? No eres responsable de las acciones de tu padre, Sam. Esas eran las palabras que Mac le había dicho, y tenía razón. No puedes renunciar al resto de tu vida porque él esté teniendo problemas con la suya. En eso también tenía razón. Y tenía que haber otro modo de solucionarlo. Aconséjalo, quédate a su lado y ayúdalo si puedes. Juntos los dos, podrían encontrar la salida, y ambos saldrían más fuertes tras la experiencia.

El estómago se le hizo un nudo al contemplar la perspectiva que le aguardaba. Un prometido humillado, un padre que se siente traicionado, y a engrosar las listas del desempleo. Porque no le cabía la menor duda de que Tom, en calidad de jefe, la pondría de patitas en la calle al romper su compromiso. ¿Y después?

Tom se buscaría otro trofeo que lucir del brazo y otra analista que la reemplazara. En cuanto a su padre, hablaría con sus médicos para saber si estaba en condiciones de volver a trabajar. Podían mudarse también. De ese modo escaparían de la ira de Tom y de la pérdida de estatus y dignidad. Y su padre terminaría por perdonarla. Tenía que ser así.

Y en cuanto a Mac… jamás querría a alguien como le quería a él, y si él no quería seguir unido a ella para siempre, tendría que seguir adelante sola, porque no iba a conformarse con menos.

Volvió a entrar a la habitación, preparó el equipaje y se detuvo junto a la cama una vez más. Aunque pensaba volver, no sabía qué podía esperarla entonces. Detestaba marcharse así, pero no le quedaba más remedio. Tenía demasiadas cosas que resolver en su vida, y si se quedaba, la tentación de acurrucarse de nuevo en sus brazos, declararle su amor y no volver a enfrentarse al mundo exterior sería demasiado fuerte.

Y por otro lado, hasta que no se hubiese liberado de su compromiso, no tenía derecho a preguntarle nada.

Se agachó y le besó en la boca por última vez.

– Te quiero -susurró.

Él cambió de postura, pero no se despertó. ¿Lo entendería cuando se despertase, o la odiaría por escabullirse así? Una lágrima le rodó por la mejilla, pero se obligó a recoger la bolsa y salir. Al menos sabría dónde encontrarlo cuando estuviese preparada.

Dejarla marchar era lo más duro que Mac había hecho en toda su vida. Pero no tenía derecho a retenerla cuando ella deseaba tanto marcharse. Se incorporó en la cama y gimió. Había presentido el momento en el que salía de la habitación y después había oído cerrarse la puerta del bar y el sonido del motor de su coche al alejarse. Estaba confuso y en conflicto consigo mismo.

– Yo también te quiero -dijo en voz baja como respuesta al susurro que él no debería haber oído.

Pero Samantha se merecía hacer las cosas a su manera, al igual que él había decidido cómo revelarle la verdad sobre sí mismo.

Se levantó, descolgó el auricular y marcó un número de teléfono.

Un vestíbulo al aire libre recibió a Sam al entrar en The Resort. Todo estaba lleno de plantas, y la decoración era a base de sillas con aspecto de ser muy cómodas y mesas de cristal cuya base eran réplicas de tambores indios. Dejó el equipaje en el suelo y un botones se hizo cargo de él.

– ¿Puedo ayudarla en algo?

Un conserje joven, que no debía tener más de veinte años, la recibió con una sonrisa.

– Me llamo Samantha Reed. Formo parte de la conferencia financiera que empieza mañana por la mañana -miró el reloj e hizo una mueca-. Supongo que mi habitación no estará preparada hasta dentro de un buen rato, pero he pensado que quizá pudiese al menos dejar el equipaje.

Tanta prisa se había dado para salir del bar antes de que se despertase Mac que no iba a tener donde alojarse hasta después de unas horas. Y además, tenía un hambre tremenda.

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