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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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—Este jardín está muy bien ideado y calculado. Es pequeño, pero simétrico.

—Cuando se tiene poco espacio, hay que sacar el mejor partido posible. No pueden cometerse errores en la distribución.

El detective asintió. Mister Barnes seguía diciendo:

—Veo que ya encontró a su hombre.

—¿Francis Carter?

—Sí. Estoy bastante sorprendido.

—¿No pensó que pudiera ser un asesino privado, por decirlo así?

—No, con franqueza. Estaban mezclados Amberiotis y Alistair Blunt, estaba seguro de que era algún plan de espionaje o contraespionaje.

—Ese es el punto de vista de que me habló en mi primera visita.

—Sí. Entonces estaba seguro.

Poirot le contestó pausadamente:

—Pero equivocado.

—Sí. No me lo repita. Eso me sucede por mi propia experiencia. Siempre me vi envuelto en estos asuntos y estoy predispuesto a verlos por todas partes.

—¿Ha observado a un prestidigitador cuando ofrece una carta y le hace tomar la que él quiere? Eso se llama forzar una carta.

—Sí.

—Eso es lo que ha pasado. Cada vez que pensábamos en algún motivo de la muerte de Morley, ¡presto la carta aparecía! Amberiotis, Alistair Blunt, el actual estado de la política territorial... —se encogió de hombros—. Y usted ha sido quien más me ha despistado.

—¡Oh Poirot, lo siento! Creo que tiene razón.

—Usted estaba en condiciones de saber. Sus palabras tenían mucho peso.

—Yo... creía lo que le dije. Esa es la única disculpa que puedo darle... —hizo una pausa para suspirar—. ¿Y fue todo por un mero motivo de índole particular?

—Exacto. He tardado mucho tiempo en conocer el móvil del crimen..., aunque tuve mala suerte.

—¿Sí? ¿Cómo fue?

—Un fragmento de una conversación. Muy significativa, si hubiese tenido el instinto de comprenderla entonces.

Mister Barnes se rascó la nariz para limpiarse una mota de tierra.

—Es muy misterioso.

Poirot volvió a encogerse de hombros.

—Quizá. Usted tampoco fue muy franco conmigo.

—¿Yo?

—Sí.

—Mi querido amigo, yo no tenía la menor idea de la culpabilidad de Carter. Lo único que sabía era que salió de la casa mucho antes que Morley fuera asesinado. Supongo que no era cierto, ¿verdad?

—Carter estaba en la casa a las doce y veinticinco y vio al asesino —dijo Poirot.

—Así que Carter no...

—Le digo que Carter vio al asesino.

—¿Le..., le reconoció?

El detective movió la cabeza lentamente.

Capítulo IX

Seventeen, eighteen, maids in waiting[11]

1

Hércules Poirot pasó algunas horas del día siguiente con un agente teatral amigo suyo, y por la tarde se fue a Oxford. Al otro día regresó a la ciudad bastante tarde.

Previamente había telefoneado a Alistair Blunt para concertar una entrevista.

Eran las nueve y media cuando llegaba a la Casa Gótica.

Alistair Blunt hallábase solo en la biblioteca aguardando al detective, y al estrecharle la mano le preguntó:

—Bien. ¿La ha encontrado?

Hércules Poirot asintió con la cabeza lentamente.

—Sí, sí. La encontré.

Después de sentarse exhaló un suspiro. Alistair Blunt se interesó:

—¿Está cansado?

—Sí. Y no es agradable lo que tengo que decirle.

—¿Muerta?—dijo Blunt.

—Eso depende de como se mire.

Blunt arrugó el entrecejo.

—Mi buen amigo, una persona ha de estar viva o muerta. Y miss Sainsbury Seale estará o lo uno o lo otro.

—¡Ah! Pero ¿quién es miss Sainsbury Seale?

—¿No querrá decir que... no existe?

—¡Oh, no, no! Existía esa persona. Vivió en Calcuta. Enseñaba declamación. Se ocupaba en buenas obras. Vino a Inglaterra en el Maharanah, el mismo barco en el que viajaba Amberiotis, aunque no en la misma clase; la ayudó en una ocasión por cuestiones de su equipaje. Por lo visto, era un hombre amable, y algunas veces, mister Blunt, la amabilidad es recompensada de modo insospechado. Eso es lo que le pasó a Amberiotis. Encontró un par de veces a esa dama por las calles de Londres. Era expansivo y bonachón y la invitó a comer en el Savoy. ¡Y menuda ganga fue para él! Porque su amabilidad no fue premeditada... Ignoraba que aquella dama iba a ser una mina de oro sin ella misma sospecharlo. No era muy inteligente; sencilla, de buena intención, pero con el cerebro de un mosquito.

—¿Luego —intervino Blunt— no fue ella quien mató a esa mujer llamada Chapman?

—Es difícil saber ordenar este asunto. Empezaré por donde comenzó para mí. ¡Por un zapato!

Blunt repitió, aturdido:

—¿Un zapato?

—Sí. Un zapato con hebilla. Al salir de mi séance al dentista bajé los escalones del número cincuenta y ocho de la calle Reina Carlota; un taxi se había detenido ante la puerta y su ocupante se disponía a apearse. Yo soy un hombre que sé calificar a las mujeres por sus extremidades inferiores. Aquella dama tenía un tobillo bien formado y llevaba medias de buena calidad, pero no me gustaron sus zapatos. Eran nuevos, de charol reluciente con una gran hebilla. ¡De lo más chabacano! Y mientras hacía estas observaciones, se puso al alcance de mi vista el resto de su persona, y francamente, ¡qué decepción! Se trataba de una mujer de mediana edad, sin atractivo y mal vestida.

—¿Era miss Sainsbury Seale?

—Precisamente. Y al apearse le ocurrió un cóntretemps: engánchesele una hebilla en la portezuela y cayó al suelo. Me agaché, la recogí y me apresuré a devolvérsela. Eso fue todo. El incidente concluyó así. Aquel mismo día fui con el inspector Japp a interpelar a la dama; aún no había cosido la hebilla. Y aquella misma noche, miss Sainsbury Seale salió del hotel para desaparecer. Esto, podríamos decir, es la primera parte. La segunda empieza cuando el inspector Japp me llamó desde las Residencias del rey Leopoldo. Dentro de un arca para pieles habían encontrado un cadáver. Entré en la habitación, levanté la tapa y... lo primero que vi fue un zapato con hebilla muy usado.

—¿Y bien?

—No se ha fijado usted... Era un zapato viejo, muy usado. Y ya ve usted: miss Sainsbury Seale había ido a las Residencias del rey Leopoldo el mismo día de la muerte de Morley. Por la mañana los zapatos eran nuevos y por la noche viejísimos. Ya comprenderá usted que un par de zapatos no se destroza en un día.

—Podía tener dos pares —dijo sin interés Alistair Blunt.

—¡Ah, pero no los tenía! Porque Japp y yo estuvimos en el hotel Glengowrie revisando todas sus cosas... y no había ningún par de zapatos como ese. Podía tener un par más usado y ponérselo después de un día de mucho trajín para salir por la noche, ¿no es verdad? Pero, de ser así, el otro par habría quedado en el hotel. ¿No lo encuentra curioso?

—No veo que eso tenga gran importancia —comentó el millonario, sonriendo levemente.

—No. No la tiene, pero no me gustan las cosas que no pueden explicarse. Ante el arcón, me quedé mirando el zapato..., y la hebilla había sido cosida a mano. He de confesar que tuve un momento de duda... Sí. Me dije: «Hércules Poirot, me parece que has sido un poco optimista. Ves el mundo a través de un cristal de color rosa. Hasta los zapatos viejos te parecen nuevos.»

—Puede ser que esa sea la explicación.

—No. No lo es. ¡Mis ojos no me engañaron! —y continuó—: Estudié el cadáver y no me gustó lo que vi, ¿Por qué desfiguraron deliberadamente su rostro hasta dejarlo irreconocible?

—¿Para qué volver sobre lo mismo? Ya sabemos...

Alistair Blunt movióse inquieto.

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