Caballeros de la Vera Cruz
- Автор: Камю Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Caballeros de la Vera Cruz». Краткое содержание книги:
Condenado por lo suyos, a modo de redención, parte en busca de la Vera Cruz con la esperanza de que esta dé ánimos a los francos y salvar así Jerusalén. Cuenta en su decisión con el apoyo del sobrino de Saladino, así como con el de una bella y misteriosa mujer de nombre Casiopea, un mercader de reliquias y un joven templario. Su aventura parece destinada al fracaso, pero una fuerza invisible lo acompaña, lo protege y lo guía.
¿Bastará con ella para librarse del más grande de todos los peligros?
«David Camus, el nieto de Albert, se apropia con gran acierto de los recursos del género en esta epopeya medieval. Hallamos en estas páginas la dosis ideal de misterio y de esoterismo.» – L'Observateur
«Una gesta épica que enfrenta la única verdad inexorable, la muerte, con la mayor incerteza: ¿existe algo más allá?» – El Mundo
Josías, que había crecido a la sombra de los pupitres, gastándose la vista a fuerza de tomar por escrito los pensamientos de su maestro, era, de todos los eclesiásticos, el que mejor conocía la obra de Guillermo. El aprendiz había captado su espíritu, y podía incluso adelantarse a él cuando -hacia el final de su vida- el viejo arzobispo se esforzaba por encontrar una palabra. Josías proseguía sus trabajos, y ya estaba dando una continuación a la célebre Historia rerum in partibus transmarinis gestarum, donde Guillermo relataba los primeros años del reino franco de Jerusalén.
Aquel día, si Josías quería abandonar Tiro, no era para huir, sino para ir a hablar con el Papa. El arzobispo quería transmitirle las palabras de Balian II de Ibelin sobre Hattin, narrarle la toma de la Vera Cruz y exponerle todas las desgracias que se abatían sobre los cristianos de Tierra Santa. Sobre todo quería recordar al Papa lo urgente que era -para el rey de Francia, Felipe Augusto, el rey de Inglaterra, Enrique II Plantagenet, y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja- tomar la cruz y acudir a Tierra Santa.
Jerusalén, por la que tantos cristianos habían dado la vida, objeto de cerca de cien años de esfuerzos y combates, estaba a punto de caer. La situación era tan grave que bastaría con que Saladino se presentara ante sus muros para ver cómo las puertas se abrían, a falta de defensores aguerridos. Sin ejército, sin rey, sin la más santa de sus reliquias, la ciudad podía ser ocupada sin combate, hasta tal punto las equivocaciones y los errores de juicio de Guido de Lusignan -seguro de imponerse a los sarracenos- la habían privado de sus defensas.
De hecho, era sorprendente que la ciudad no fuera ya mahometana. ¿Concedía Dios un respiro a los cristianos? ¿Una última oportunidad? Josías no hubiera sabido decirlo, y poco le importaba.
Solo importaba una cosa: presentarse en la sede apostólica y entrevistarse con Urbano III.
Desde el anuncio de la derrota de Hattin, Josías no había abandonado el puerto e iba de un barco a otro apremiando a los capitanes a que lo llevaran cuanto antes a Venecia, a Marsella, a Pisa o a Genova.
Pero los mercaderes habían comprendido hasta qué punto se encontraban apurados los nobles de Tiro y de las ciudades más próximas. Los que habían podido huir atestaban ahora las posadas y las calles de la ilustre metrópoli, ocupaban entre varios una sola habitación o se refugiaban bajo una tienda de pelo de camello levantada a toda prisa en la plaza del mercado, que estaba atestada de refugiados.
Todo el mundo quería marcharse, y a ser posible inmediatamente.
De modo que los mercaderes hacían subir los precios. Se descubrían averías de las que nadie hubiera imaginado la existencia una hora antes. Pero, por un poco de oro, se llevaban a cabo las reparaciones oportunas. Se inventaban autorizaciones y papeles obligatorios con los que las autoridades creaban dificultades. Doscientos o trescientos dinares, la entrepierna de una jovencita, y todo quedaba arreglado. Desde luego, esos documentos no existían. Solo eran un medio que utilizaban los mercaderes -todos venecianos- para enriquecerse aún más.
Para acelerar la partida no se dudaba en vender la propia casa o en ceder terrenos, que se encontraron en el mercado de forma tan súbita y en número tan elevado que nadie conseguía deshacerse de ellos: no había bastantes compradores. Todos los que tenían algo que perder querían irse, y los otros, de todos modos, no tenían medios suficientes.
Alguien se declaró interesado. Un veneciano, evidentemente, que adquirió, por cuatro cuartos y por la promesa de una travesía, una bonita finca y un huerto hermosísimo en los arrabales de la ciudad. Dos o tres de sus pares también manifestaron interés, y algunos bienes pasaron del lado de Venecia. Los más acomodados entre los habitantes de Tiro pudieron partir. Otros ofrecían casas en Acre o comercios en Sidón, pero nadie los quería: los mahometanos ya las ocupaban. Ya no valían nada.
La gente enloqueció y amenazó con tomar los navíos al abordaje. Los capitanes respondieron apostando guardias pagados con oro egipcio y celemines de trigo. Era tanta la agitación, que Balian II de Ibelin tuvo que intervenir. Con Ernoul, su escudero, y algunos veteranos de Hattin, se presentó en la capitanía de Tiro con la espada y el escudo en la mano.
Balian estaba loco de ira.
– ¡Por la lengua de Dios! -gritó-. ¡Cuando la cristiandad de Oriente se encuentra sumergida por las oleadas de una marea mahometana, vosotras, repúblicas italianas, disfrutáis malévolamente hundiéndola aún más! ¿Qué hace falta para que recordéis cuál es vuestro campo? ¿Que os atraviese el cuerpo con mi espada?
– Oro -le respondieron-. El oro bastará.
Balian habló de requisar los barcos y de apoderarse de ellos con sus caballeros. A lo que los venecianos replicaron que, si actuaba de aquel modo, ya nunca vería sino navíos mahometanos, y que serían galeras.
Balian se entrevistó entonces con Tommaso Chefalitione, capitán mercader, hombre de unos cuarenta años, propietario de numerosos palacios en Venecia y de una veintena de barcos, cocas y usciere. Chefalitione era el más tratable de todos los venecianos. Sin embargo, tardaba -como los demás- en volver a casa. Balian le ofreció un cofrecillo que contenía muchas piedras preciosas y le prometió, una vez realizado el viaje, tantos terrenos, castillos y granjas en Provenza que el hombre se preguntó si Balian de Ibelin no había perdido la cabeza.
Pero Balian hablaba en serio. Las garantías que le ofreció parecían seguras, y Chefalitione, a quien el comercio de armas había hecho riquísimo, soñaba con honores y dominios en el extranjero que el dinero por sí solo no podía ofrecerle.
– Ocupaos del arzobispo -le dijo Balian- y os aseguro que ni vos ni vuestros descendientes tendréis que arrepentiros nunca. Tenemos con qué aguantar, y dentro de unos días las naves del Temple y del Hospital estarán aquí. Entonces los precios bajarán…
Chefalitione, que no era tonto sino solo muy codicioso, reflexionó un instante, se frotó la barbilla y preguntó:
– Vuestra oferta es sumamente generosa. ¿Puedo saber por qué gastáis tanto por un joven que es ya considerablemente rico?
– ¡Voto a Dios! -se indignó Balian-. ¡Porque, al parecer, no lo es suficientemente para vos! En segundo lugar, porque su padre no dudó, en otro tiempo, en dar su vida para salvar la mía, y porque desde hace más de diez años no tiene más familia que su madre. Finalmente, porque el objetivo que persigue es justo y necesario, y quiero contribuir a hacerlo posible. Roma debe ser informada de lo que ocurre aquí. Josías es un hombre de palabra, alguien recto que sabe evitar las guerras inútiles. Gracias a él pudimos impedir que Guido de Lusignan tomara las armas contra Raimundo III de Trípoli, cuando este firmó un pacto de no agresión con Saladino.
Las palabras de Balian emocionaron a Chefalitione. No se trataba de un simple trabajo, sino de una misión. De todos modos, debía volver a Italia. Venecia o Roma no suponían una gran diferencia para él. De manera que ¿por qué no ir allí en compañía de un hombre de Iglesia? La perspectiva de una posible aventura le divertía. Aquello lo distraería de las conversaciones de los marinos, que encontraba cargantes a fuerza de repetidas: siempre comenzaban por el mar y acababan invariablemente en el vino.