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El whisky de los poetas

Электронная книга - «El whisky de los poetas». Краткое содержание книги:

Este trabajo reflexiona acerca de las particularidades del ensayo focalizadas en Desde la cola del dragón, El whisky de los poetas, Diálogos en el tejado, Machado de Assis y La otra casa. Ensayos sobre escritores chilenos del escritor chileno Jorge Edwards. Los trabajos que componen estos libros tienen la particularidad de transitar por esa delicada línea que separa el ensayo de la crónica e incluso de los artículos periodísticos. Esta suerte de indefinición fortalece uno de los aspectos centrales del ensayo: su difuminación sustantiva, particularidad que se expresa en el modo en que apela a retóricas que no siempre se mantienen a lo largo de los trabajos. La errancia del género permite entremezclar discursos y dejar a la vista una subjetividad evidenciada en un yo que se hace presente en las marcas valorativas y en el objetivo que persigue. Los ensayos que integran estos libros operan como un banco de prueba de la obra del ensayista escritor.
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Otra leyenda: hemos tenido 150 años de democracia no interrumpida. Esto tampoco es verdad. Tuvimos democracia entre 1938 y 1973. O entre 1932 y 1973. A partir del año 70, el sistema se empezó a deteriorar. En el siglo pasado, entre 1833 y 1891, tuvimos una República conservadora estable, con aspectos predemocráticos. Había cierta división de los poderes del Estado y un mecanismo que impedía la perpetuación en el poder. Además, nuestros jefes de Estado eran personas, en general, discretas, razonables. Le entregaban el poder a otro y partían a su casa a hacer clases de idiomas, o se ganaban la vida como magistrados.

Las leyendas y los mitos del pasado facilitan las invenciones del presente. Ahora, por ejemplo, se pretende dar por ciertas y verdaderas algunas realidades históricas. Todo el pasado anterior al 11 de septiembre de 1973 fue negro. Nuestra llamada democracia fue un caos socialista y comunitario. Todo lo socialista es malo y todo lo no socialista, llámese economía social de mercado, llámese democracia protegida, llámese como se llame, es bueno. Carlos Marx fue un humanoide y Herbert Spencer fue humano y demasiado humano. Podemos agregar un largo etcétera. Nuestros etcéteras están llenos de contenido y nuestras oraciones están vacías. Que entienda el buen entendedor.

Ahora hemos ingresado a un periodo electoral. Los periodos electorales, en nuestra curiosa República, no se proclaman, no se prescriben, pero se respiran y se adivinan. Hemos ingresado a un periodo electoral más extravagante que nuestra geografía. Por ejemplo, el candidato no ha sido proclamado. A pesar de que no ha sido proclamado, se prohíbe presentar otros candidatos. El que vote por él, votará por el bien absoluto. El que no vote por él será un mal chileno y merecerá las penas del infierno. Si se descuida, será relegado. Si se descuida más, será torturado. Si tiene acceso a los medios de comunicación, se dirá que se ha incorporado a la campaña internacional contra Chile. Esto último permitirá que sea procesado por el delito de traición a la Patria.

Dentro de todo, el régimen es vergonzante. No dice prolongación ni

reelección. No puede decir reelección porque nunca ha sido elegido, claro

está. Dice "proyección". Es una palabra delicada. Yo supongo que el jurado del

próximo Premio Nacional de Literatura tendrá en cuenta estas invenciones

verbales.

No hay campaña electoral, no hay elecciones, no es nada de fácil inscribirse, pero hay candidato y hay jefe de la candidatura. El jefe de la candidatura nos dice: "la alternativa es proyección o socialismo". ¡Qué fácil!, pienso. Así, hasta yo saldría elegido. Porque la traducción de esa frase al castellano es la siguiente: la alternativa es el bien, yo, o el mal, la perversidad intrínseca, la destrucción, los otros. A menudo, los otros, los del bando maligno, entienden el discurso oficial al pie de la letra y se enredan en discusiones bizantinas. Pero todo es claro, todo es transparente. Sólo se trata de emplear con justeza el idioma y de traducir. El orden institucional, para que nos entendamos, debió decir que el plebiscito será resuelto por votación en el seno del jurado del Premio Nacional. Pero quiso guardar las apariencias. Está bien que se quieran guardar las apariencias. El hábito hace al monje.

Una vieja historia

El tema de la reforma agraria, que todos creíamos agotado y archivado, vuelve a salir a flote. Las reacciones públicas me hacen pensar que continuamos anclados en un estado de susceptibilidad, de irritabilidad, de intolerancia francamente delirantes. Si no aprendemos a reflexionar con calma, con sensatez, con un poco de equilibrio y un poco de perspectiva, no llegaremos nunca a conseguir formas de convivencia civilizada. Observo con pesimismo el debate, la virulencia de las declaraciones. Llego a la conclusión de que seguimos gravemente enfermos, de que no nos pondremos de acuerdo nunca. Continuaremos arrinconados, aislados, amargos, violentos, convencidos de que poseemos la razón y de que todo el resto de la humanidad está equivocado. ¡Peligrosos síntomas, inquietante paranoia!

Aunque parezcan extravagantes, extemporáneas, anotaré algunas impresiones personales. En mis tiempos de estudiante, en mi juventud, en la década del cincuenta y del sesenta, existía un consenso más o menos general acerca de la necesidad de una reforma agraria. Los sectores conservadores aceptaban medidas limitadas, una "reforma de los maceteros"; los más izquierdistas exigían un proceso acelerado y profundizado. Es probable que la moderación de los sectores conservadores sólo se contentara, en definitiva, con la nada y la cosa ninguna, y que la impaciencia de la izquierda, unida a sus ilusiones, sólo tuviera fin en la colectivización, en la fantasmagórica colectivización

Sigo, con perdón del sufrido y escéptico lector, con mis anotaciones de observador marginal. Los que teníamos parientes o amigos agricultores, los que habíamos pasado veranos de la infancia en un fundo, los que habíamos asistido de niños a una trilla con yeguas, a una vendimia, a una semana de misiones, teníamos imágenes naturalmente nostálgicas: imágenes de algún viejo caserón, de un parque con nenúfares y con estatuas, de una excursión en carreta hasta la orilla de un río, de una cabalgata entre trigales. Era una forma de cultura, un mundo paternalista, pero el reverso de ese paternalismo era el inquilinaje, la sumisión brutal, el antiguo sistema medieval de los siervos de la gleba, aunque con otro nombre. Pido disculpas a mis excitados y acalorados compatriotas. Recuerdo historias de familias, y creo que no son enteramente ajenas al asunto. Las mujeres del campo les hablaban a las niñas de la casa para que intercedieran ante el patrón. Lo que ocurría era que el amable abuelo, el caballero de las polainas y de las patillas blancas, había ordenado colocar en el cepo al Tomás y al José. ¡Por díscolos! Y el castigo ya se prolongaba demasiado…

La memoria, la sola, honesta memoria, es insolente y subversiva. La memoria está llena de imágenes placenteras, nostálgicas, y de puntos oscuros, de recovecos sórdidos. Y la memoria particular se inserta de algún modo en la memoria colectiva. Por eso la literatura y la historia son importantes. Por eso los países serios escuchan a sus poetas, sus novelistas, sus historiadores, aunque sea un poco tarde, y los países sordos y violentos decaen, se convierten en islotes remotos.

Dentro de la evolución normal de la sociedad chilena, la liquidación del latifundio, que sólo podía ser producida por una reforma agraria, era un proceso inevitable. Si se hubiera sometido a plebiscito en la década del sesenta, habría obtenido mayorías clarísimas. Ahora bien, ¿era posible que ese proceso se cumpliera sin errores, sin excesos, sin desorganizar la producción, sin crear toda clase de heridas y conflictos? Voces autorizadas, tribunicias, nos dicen hoy que la reforma agraria fue un robo a mano armada. Y la repartición de las tierras indígenas, la creación de las encomiendas, origen preciso del latifundio, ¿no fue un robo a mano exactamente armada, armada de arcabuses, mosquetes, hierros imperiales?

No vamos a solucionar nada por medio de frases impresionantes. El sector agrario siempre fue el sector más sensible de cualquier sociedad. Tenemos que tratarlo con pinzas, con calma, con buena voluntad. Tenemos que salir de nuestro estado de guerra civil larvada, paralizadora, que se manifiesta hacia el exterior en una inusitada y constante violencia verbal. Ahora resulta que nuestra democracia moderna fue socialista y no fue, por lo tanto, democracia. El Barrio Alto de Santiago, Vitacura, las mansiones de Reñaca, los edificios de Viña del Mar, eran ocupados por los jerarcas de aquel curioso socialismo. En la Bolsa de Comercio se asignaban acciones estatales a los obreros calificados. La propiedad privada se mantenía en calidad de reliquia, para que nadie dijera… Francia también era socialista, y para qué hablar de Italia y de Alemania. En la Casa Blanca se filtraban tendencias sospechosamente socializantes…

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