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En El Pais De La Nube Blanca

Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:

Londres, 1852: dos chicas emprenden la travesía en barco hacia Nueva Zelanda. Para ellas significa el comienzo de una nueva vida como futuras esposas de unos hombres a quienes no conocen. Gwyneira, de origen noble, está prometida al hijo de un magnate de la lana, mientras que Helen, institutriz de profesión, ha respondido a la solicitud de matrimonio de un granjero. Ambas deberán seguir su destino en una tierra a la que se compara con el paraíso. Pero ¿hallarán el amor y la felicidad en el extremo opuesto del mundo?
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
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– Bueno, entonces seguro que se trata de otro. ¡El viejo Howie apenas si logra escribir su nombre sin faltas! Pero Gwyn, no me gusta que vayas a la entrecubierta. Mantén la distancia con la gente de allí, también con supuestas institutrices. La historia me resulta sospechosa, así que no hables más con ella.

Gwyneira frunció el ceño. El resto de la tarde estuvo enfadada y en silencio. Más tarde, en su camarote, su cólera fue verdaderamente en aumento.

¿Qué se figuraba Warden? La evolución desde «milady» hasta «Lady Gwyneira» y ahora al breve «Gwyn» y el desenfadado tuteo y mando sobre lo que debía hacer había sucedido bastante deprisa. ¡Se negaba rotundamente a romper el contacto con Helen! La joven era la única persona en todo el barco con la que podía charlar con franqueza y sin temor. Pese a sus distintos orígenes sociales e intereses, ambas se estaba haciendo cada vez más amigas.

Además, Gwyn les había tomado cariño a las seis niñas. En especial le entusiasmaba la seria Dorothy, pero también la soñadora Elizabeth, la pequeña Rosie, y también la algo turbia, pero sin duda lista y vivaracha, Daphne. Le hubiera encantado llevárselas a las seis a Kiward Station y en realidad había planeado hablar con Gerald sobre contratar al menos a una nueva sirvienta. Por el momento no le parecía oportuno, pero todavía quedaba mucho tiempo y Warden sin duda se calmaría. Más dolores de cabeza le producía lo que acababa de escuchar sobre Howard O’Keefe. Bien, el apellido era frecuente, y que hubiera dos O’Keefe en la región no era, sin lugar a dudas, nada insólito. ¿Pero dos Howard O’Keefe?

¿Qué tenía Gerald en contra del futuro esposo de Helen?

Gwyn hubiera compartido con agrado sus reflexiones con Helen, pero se contuvo. ¿De qué hubiera servido torpedear la paz interior de su amiga y atizar sus miedos? Al fin y al cabo, todo eso no eran más que vanas especulaciones.

Entretanto hacía un calor casi agobiante a bordo del Dublin. El sol brillaba sin piedad en el cielo. En un principio, los emigrantes disfrutaron de él, pero ahora, tras casi ocho semanas en el barco, los ánimos cambiaron. Mientras que el frío de la primera semana había provocado más bien apatía, la gente cada vez estaba más excitada a causa del calor y el bochorno.

En la entrecubierta, los tripulantes se peleaban y se enfadaban por naderías. Se produjeron las primeras peleas entre los hombres, incluso entre viajeros y miembros de la tripulación cuando alguien creía que le habían dado gato por liebre en el reparto de las porciones de comida o agua. El médico empleaba ginebra en abundancia para limpiar las heridas y calmar los ánimos. Además, en casi todas las familias se producían desacuerdos; la inactividad forzada era enervante. Sólo Helen mantenía la tranquilidad y el orden en su camarote. Seguía ocupando a las niñas en las interminables tareas de aprendizaje acerca de las labores en una casa de la clase alta. A Gwyneira misma le daba vueltas la cabeza cuando las escuchaba.

– ¡Dios mío, tengo suerte de librarme! -agradecía sonriente a su destino-. ¡Nunca hubiera sido la señora idónea para administrar una casa así! Me hubiera olvidado sin cesar de la mitad de las cosas. Y sería incapaz de mandar a la sirvienta a que limpiara la plata cada día. ¡Es un trabajo inútil por completo! ¿Y por qué hay que doblar de manera tan complicada las servilletas? De todos modos se utilizan cada día.

– Es una cuestión de belleza y decoro -le comunicó Helen con determinación-. Además, pronto deberás poner cuidado en todo esto. Ya que, según he oído, te aguarda una casa señorial en Kiward Station. Tú misma me has contado que el señor Warden se ha guiado por la arquitectura de las casas de campo inglesas para construir la suya y se ha hecho decorar las habitaciones por un interiorista londinense. ¿Crees que ha renunciado a una cubertería de plata, candelabros, bandejas y fruteros? ¡Y la mantelería forma parte de tu ajuar!

Gwyneira suspiró.

– Debería de haberme casado en Tejas. Pero en serio, yo creo…, espero…, que el señor Warden exagere. Puede que sea un gentleman, pero debajo de todos esos elegantes modales se esconde un tipo bastante rudo. Ayer ganó el señor Brewster jugando al blackjack. Bueno, ganó…, lo desplumó como a un ganso de navidad. Y al final los otros caballeros lo acusaron de hacer trampas. ¡En vista de ello quería desafiar a Lord Barrington! Te lo digo, parecía una tabernucha del puerto. Al final, el mismo capitán tuvo que pedir que se moderasen. En realidad es probable que Kiward Station sea un fortín y yo misma tenga que ordeñar las vacas.

– ¡Ya te gustaría! -rio Helen, que en ese tiempo ya había llegado a conocer bien a su amiga-. Pero no te engañes. Eres y sigues siendo una dama, en caso de duda incluso en el establo de las vacas; y esto también sirve para ti, Daphne. Nada de ir deambulando por ahí de forma dejada y esparracándote sólo porque en ese momento no te estoy mirando. En lugar de eso puedes peinar a Miss Gwyneira. Se nota que no tiene doncella. En serio, Gwyn, se te encrespa el pelo como si te lo hubieran peinado con tenacillas. ¿Es que no te lo arreglas nunca?

A las órdenes de Helen y con un par de indicaciones adicionales de Gwyneira sobre la última moda, tanto Dorothy como Daphne se habían convertido en unas doncellas de cámara realmente hábiles. Ambas eran corteses y habían aprendido cómo ayudar a una lady a la hora de vestirse y a peinarle el cabello. No obstante, Helen se había planteado algunas veces no enviar a Daphne sola a los aposentos de Gwyneira pues no confiaba en la niña. Creía que era absolutamente posible que Daphne aprovechara cualquier oportunidad para robar. Pero Gwyneira la tranquilizaba.

– No sé si es honrada, pero con toda seguridad no es tonta. Si roba aquí, se descubrirá. ¿Quién podría ser sino ella y dónde iba a esconder el objeto robado? Mientras esté en el barco, se comportará. No me cabe la menor duda.

La tercera de las mayores, Elizabeth, se mostraba asimismo complaciente y era encantadora y de una honradez sin tacha. No obstante, no se mostraba diestra en exceso. Le gustaba más leer y escribir que los trabajos manuales. Eso era para Helen causa de muchas preocupaciones.

– En el fondo debería seguir yendo a la escuela y más tarde, quizás, a una escuela para profesores -le dijo a Gwyneira-. Eso también sería de su agrado. Le gustan los niños y tiene mucha paciencia. ¿Pero quién se haría cargo de los costes? ¿Y hay en Nueva Zelanda un instituto adecuado? Como sirvienta es un caso perdido. Cuando tiene que fregar el suelo, inunda la mitad y se olvida del resto.

– Tal vez fuera una buena nodriza -pensó la pragmática Gwyn-. Es probable que yo pronto necesite una…

Helen enseguida se sonrojó ante tal observación. No le gustaba nada pensar en dar a luz y, sobre todo, en la procreación en el contexto de su inminente matrimonio. Una cosa era maravillarse del refinado estilo epistolar de Howard y pensar en su adoración. Pero la idea de dejarse tocar por ese hombre totalmente desconocido… Helen tenía una idea vaga sobre lo que ocurría entre un hombre y una mujer por las noches, pero esperaba más dolores que alegrías. ¡Y ahora Gwyneira se refería despreocupadamente a tener hijos! ¿Querría hablar de este asunto? ¿Sabría más al respecto que Helen? La institutriz se preguntaba sobre cómo abordar el tema sin infringir de modo lamentable los límites de la decencia con la primera palabra. Y, claro está, sólo podía hacerlo cuando las niñas no estuvieran cerca. Con alivio comprobó que Rosie jugaba junto a ellas con Cleo.

Gwyneira tampoco podría haber contestado a esas preguntas apremiantes. Aunque hablaba en modo abierto de tener niños, sin embargo no dedicaba el menor pensamiento a las noches con Lucas. No tenía ni la menor idea de lo que la esperaba: su madre sólo le había explicado, avergonzada, que correspondía al destino de una mujer soportar esas cosas con humildad. Si Dios quería, sería correspondida por ello con un hijo. No obstante, Gwyn se preguntaba a veces si realmente podía considerarse una dicha tener a un bebé llorando y con la cara enrojecida, pero no se hacía ilusiones. Gerald Warden esperaba de ella que le diera lo más pronto posible un nieto. No iba a negarse…, no, cuando supiera cómo hacerlo.

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