Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
La inminente marcha del señor Stanton era una buena noticia. Muy buena. Ya no necesitaba de la táctica de «evita e ignora». Ese hombre era una plaga en su pacífica existencia, y cuanto antes volviera a Londres, mejor. Catherine estaba feliz. Extáticamente feliz.
Su voz interior volvió a la vida entre toses para informarla de que en cierto modo se las había ingeniado para confundir «extáticamente feliz» por «absolutamente desgraciada».
Caray. Necesitaba encontrar la forma de acallar esa maldita voz.
– ¿Puedo robarle un minuto, señor Stanton?
Andrew se detuvo en lo alto de la escalera. Se agarró a la barandilla de caoba y contuvo un suspiro al notar que el corazón le daba un vuelco ante el simple sonido de la voz de Catherine.
Había estado toda la mañana -por no mencionar un buen número de horas de la madrugada, cuando no había podido conciliar el sueño- reviviendo la maravillosa noche anterior. Compartir una cena y pequeñas historias con ella y con Spencer, riéndose juntos, disfrutando de los juegos después de la cena… todo ello dibujaba una escena doméstica y acogedora que había visto en sueños más veces de las que podía recordar. Y la realidad había superado todas sus imaginarias expectativas. Por Dios, no veía la hora de repetir la escena esa noche.
Y todas las noches, durante el resto de sus vidas.
¿Habría reparado Catherine en lo bien que encajaban los tres? ¿En lo perfecta que había sido la noche anterior? Bien, si por alguna razón ella no había sido consciente de ello, él estaba más que decidido a ponerle remedio esa misma noche.
Se volvió y vio cómo se acercaba. Unos rizos castaños le enmarcaban el rostro con un estilo favorecedor e iluminaban sus dorados ojos marrones. El vestido de muselina de pálido color melocotón resaltaba su piel sedosa. Aunque el vestido y el escote eran de una discreta modestia, en vez de inspirar en él decoro, la imaginación de Andrew enloqueció al imaginar las delicias que el discreto atuendo cubría.
Cuando ella se le acercó, el sutil aroma a flores invadió sus sentidos y cerró con fuerza la mano alrededor de la barandilla para reprimir el deseo de tocarla.
– Puede pedirme todos los momentos que desee, lady Catherine.
– Gracias. ¿En la biblioteca?
– Donde desee. -«Donde desee. Como lo desee. Lo que usted desee.» Andrew apretó los dientes para reprimir las palabras que amenazaban con romper los barrotes de su corazón. No era aquel ni el lugar ni el momento idóneos para declarar que estaba locamente enamorado de ella, que la deseaba tanto que el deseo era puro dolor y que sólo ansiaba poder concederle todo lo que ella le pidiese.
La siguió escaleras abajo y por el pasillo, admirando las sutiles insinuaciones de las curvas femeninas que revelaba al andar. Su mirada ascendió hasta posarse en esa suave y vulnerable nuca, ahora al descubierto por el recogido de su pelo… desnuda salvo por un único rizo que dividía en dos su pálida piel con una reluciente espiral castaña.
Andrew flexionó los dedos y tensó los codos para evitar tender la mano y pasar la yema del dedo por aquel seductor rizo solitario. Tan concentrado estaba en el zarcillo que no reparó en que Catherine se había detenido delante de una puerta cerrada. No se dio cuenta hasta que tropezó con ella.
Catherine soltó un jadeo y tendió los brazos, pegando las palmas de las manos contra el panel de roble para mantener el equilibrio y evitar así dar de cabeza contra la puerta. Las manos de Andrew salieron despedidas y se deslizaron alrededor de su cintura.
Durante varios segundos de absoluta perplejidad, ninguno de los dos se movió. La mente de Andrew le gritaba que la soltara, que retrocediera, pero sus manos y pies se negaban a obedecer la orden. En vez de eso, sus ojos se cerraron y Andrew absorbió el intenso placer de sentir el cuerpo de Catherine contra el suyo desde el pecho a los muslos. El aroma de ella, esa embriagadora esencia de flores, lo envolvió como una nube seductora. Sólo tenía que volver ligeramente la cabeza para pegar los labios a la fragante piel de Catherine, esa piel tan cercana… de forma tan atormentadora.
Antes de poder pensarlo, antes de que cualquier muestra de razón que le impidiera hacerlo invadiera su cabeza, se rindió al abrumador deseo. Sus labios tocaron la piel de marfil justo detrás de la oreja, con la ternura de un susurro desprovisto de aliento, tan suavemente que Andrew dudó incluso de que ella se hubiera dado cuenta de lo que acababa de hacer… ni de que lo había hecho deliberadamente.
Pero él sí lo sabía, y el efecto que ese acto tuvo sobre él, el asalto que aquel beso supuso sobre sus sentidos, fue enorme. El deseo, un deseo feroz, ardiente y tanto tiempo negado le golpeó de pleno y cerró aún más los ojos en un vano intento por sortear las necesidades que clavaban en él sus garras.
La absoluta quietud de Catherine y la rigidez de su columna devolvieron a Andrew la cordura. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, se obligó a apartar las manos de su cintura y dar un paso atrás.
– Le pido disculpas -dijo con una voz vacilante que sonó como si se hubiera tragado un puñado de gravilla-. No he visto por dónde iba.
Catherine no dijo nada durante varios segundos y a continuación se aclaró la garganta, apartó las manos de la puerta y las bajó.
– Disculpas aceptadas.
Andrew se quedó de una pieza al percibir el ligero temblor en la voz de ella. ¿Era el tono vacilante de sus palabras fruto de la rabia o de la vergüenza? ¿O quizá cabía la posibilidad de que se hubiera visto tan afectada por esos escasos segundos como él? En silencio, Andrew deseó que ella se volviera para poder mirarla a la cara, leer en sus ojos y ver si existía en ellos alguna sombra de deseo, pero Catherine no le dio ese gusto. En vez de eso, abrió la puerta y se dirigió apresuradamente hacia la chimenea de mármol que ocupaba la pared más alejada.
Andrew cruzó el umbral y luego cerró la puerta tras él. El chasquido de la puerta al cerrarse reverberó en el pesado silencio de la estancia, un silencio que a punto estuvo de romper, apuntando que su petición de perdón no había sido una disculpa. Sin duda no se arrepentía ni un ápice de haber gozado de la inesperada oportunidad de tocarla… aunque quizá debería arrepentirse. El exquisito contacto con ella se le había quedado grabado en la mente y todavía sentía en el cuerpo, en los labios, el hormigueo que le había recorrido debido al impacto.
No pudo evitar una mueca antes de avanzar hacia ella. Aunque le molestaba sobremanera que ella siguiera con la mirada fija en las llamas bajas, ignorándole, era mejor así. Si Catherine se volvía, sin duda se daría cuenta de lo mucho que el breve encuentro entre ambos le había afectado.
– ¿Le importa si me sirvo una copa? -preguntó, con la esperanza de encontrar un poco de brandy en una de las botellas de cristal dispuestas en una mesa redonda de caoba situada junto al sofá.
Catherine no se volvió.
– Sírvase usted mismo, se lo ruego.
– ¿Quiere acompañarme?
Le sorprendió al responder:
– Sí. Para mí un jerez, por favor.
Andrew cruzó la estancia hasta las botellas. Se tomó su tiempo para servir las dos copas, inspirando lenta y profundamente hasta que logró recuperar el control de sus emociones y de su cuerpo. Luego fue hasta la chimenea, deteniéndose a una distancia prudencial de ella.
– Su jerez, lady Catherine.
Por fin ella se volvió a mirarle. Una sombra febril le teñía las mejillas, aunque Andrew no logró saber si el seductor tizne era fruto de la vergüenza, del calor del fuego o del deseo. Ella le miró con una expresión perfectamente calmada y fría que le provocó una oleada de irritación en la columna. Bien, obviamente no había sido deseo. En un claro intento por mostrar una mirada tan preocupada como la de ella, le hizo entrega de la copa de cristal con el licor.