Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
– Gracias. -Catherine cogió la copa y Andrew se percató de que ponía todo su empeño en evitar que los dedos de ambos se tocaran. Ella apartó la mirada de él y dio un sorbo a su jerez. Andrew la imitó, reprimiendo el deseo de beberse su potente brandy de un trago.
Después de un segundo sorbo, Catherine sacó una hoja de papel vitela amarfilado del bolsillo de la falda y se lo mostró.
– Esto ha llegado hace un rato. Es de mi padre. El hombre responsable del disparo ha sido apresado.
Andrew dejó su copa sobre la mesa, cogió la nota y leyó el contenido apresuradamente. Billy Robbins. Se le tensó la mandíbula cuando sus ojos leyeron el nombre del canalla que había herido a Catherine. El hombre que fácilmente podría haber acabado con su vida. «Alégrate de estar en manos de Newgate y no en las mías, bastardo.»
Cuando terminó de leer, devolvió la nota a Catherine.
– Me alivia saber que el rufián ha sido apresado. Debemos dar gracias por la capacidad de observación del señor Carmichael.
– Sí. Le debemos todo nuestro agradecimiento. -Catherine volvió a meterse la nota en el bolsillo-. Y la captura de este hombre significa que ya no existe sobre mí amenaza de peligro…
– ¿Ya? -Andrew entrecerró los ojos-. No tenía conciencia de que estuviera usted bajo amenaza de peligro. ¿A qué se refiere?
Un destello de lo que pareció temor chispeó en sus ojos, aunque desapareció tan deprisa que Andrew no logró averiguar si era real o imaginado. Catherine apretó los labios durante varios segundos y a continuación dijo:
– Quería decir que ya no existe amenaza de peligro para mi salud. Me encuentro perfectamente y Milton y el servicio pueden atender completamente mis necesidades. Sin ninguna ayuda.
Andrew comprendió entonces el mensaje, comprensión que llegó acompañada de una irreprimible dosis de fastidio. Y, demonios, cuánto le dolió. Catherine quería que se marchara de Little Longstone.
– Puedo arreglarlo para que disponga de mi carruaje mañana por la mañana -prosiguió ella-. Aunque aprecio su amabilidad y le doy las gracias por haberme acompañado a casa, no desearía que sacrificara más de su valioso tiempo lejos de su trabajo en Londres.
Antes de que a Andrew se le ocurriera una respuesta adecuada, y después de haber sabiamente decidido que «Demonios, no, no pienso marcharme» no lo era, alguien llamó a la puerta.
– Entre -dijo lady Catherine.
La puerta se abrió y Spencer entró arrastrando los pies en la estancia. Su sonrisa se desvaneció en cuanto alternó la mirada entre su madre y Andrew.
– ¿Algo va mal, mamá?
Catherine pareció cuadrarse de hombros y luego le sonrió.
– No, cariño. ¿Querías hablar conmigo?
Spencer no pareció en absoluto convencido. En lugar de responder a la pregunta de su madre, preguntó:
– ¿De qué hablabais?
Lady Catherine dejó su copa sobre la mesa y luego cruzó la alfombra Axminster de color verde claro para darle un beso en la mejilla.
– Estábamos concretando los detalles del transporte. El señor Stanton nos deja mañana por la mañana para regresar a Londres.
– ¿Que se marcha? ¿Mañana? -La consternación que embargó a Spencer era clara como el agua. Se volvió hacia Andrew y le miró con ojos rebosantes de confusión y dolor-. Pero ¿por qué? Si llegó ayer.
Lady Catherine dijo:
– El señor Stanton tiene muchas obligaciones en Londres, Spencer, sobre todo ahora que tu tío Philip no está disponible. Aunque tuvo la gentileza de dejar su trabajo en el museo para acompañarme a casa, debe regresar a sus responsabilidades.
– Pero ¿por qué tiene que irse tan pronto? Si acabamos de empezar… -cerró los labios y lanzó a Andrew una mirada implorante.
– ¿Empezar a qué? -preguntó lady Catherine.
– Es una sorpresa -intervino Andrew-. Algo de lo que Spencer y yo hablamos ayer por la tarde. Le prometí que le prestaría mi ayuda.
Catherine arqueó las cejas.
– ¿Qué clase de sorpresa?
El más puro pesar ensombreció el rostro de Spencer. Antes de que el niño pudiera responder, Andrew volvió a hablar.
– Si se lo dijéramos, ya no sería ninguna sorpresa. -Lanzó a Spencer un guiño conspirador-. Creo que tenemos que traerle un diccionario a tu madre para que pueda buscar en él «sorpresa», Spencer.
– Ya sé que normalmente no te gustan las sorpresas, mamá -dijo Spencer apresuradamente-, pero esta te gustará. Sé que estarás orgullosa de mí cuando hayamos terminado.
– Ya estoy orgullosa de ti.
– En ese caso lo estarás aún más.
Catherine estudió el rostro de su hijo durante varios segundos y luego se volvió hacia Andrew.
– Usted le prometió esta… ¿lo que quiera que sea?
– Sí.
– No me lo ha mencionado antes.
– No se me ocurrió hacerlo, pues esa es precisamente la naturaleza de toda sorpresa. Además, no había imaginado que mi visita sería tan breve.
El silencio llenó la estancia y Andrew casi pudo oír cómo las ruedas giraban en la mente de Catherine. ¿Por qué estaba de pronto tan ansiosa por deshacerse de él? ¿Había algún aspecto de su vida que temía que él descubriera? Las palabras que Catherine había pronunciado poco antes, «la captura de este hombre significa que ya no existe sobre mí amenaza de peligro…», le inquietaban en gran medida. El hecho de que hubiera percibido temor en sus ojos en más de una ocasión desde el disparo daba a su posterior explicación de «peligro para mi salud» una nota de falsedad. ¿Le habría mentido? ¿Por qué?
Sólo se le ocurrían otras dos razones por las que lady Catherine pudiera esperar ansiosa su marcha. Si estaba interesada en tener una relación con un hombre, como podía ser uno de los muchos pretendientes que le enviaban esos ramos de flores, la presencia de Andrew en su casa podía poner en peligro sus planes. Sin embargo, eso no tenía mucho sentido, puesto que Catherine había dejado claro que no deseaba establecer ningún tipo de compromiso.
El otro motivo le aceleró el corazón, colmándole de un rayo de esperanza. «Si tan vehemente era el rechazo manifiesto de lady Catherine a establecer una relación, y se diera el caso de que se siente atraída por mí…»
Naturalmente, desearía que se marchara. Lo antes posible. ¿Podía ser esa la razón por la que últimamente se mostraba tan quisquillosa con él? ¿Porque luchaba contra su propio deseo?
Andrew despertó de su ensueño y la miró. Catherine parecía muy contrariada, un poco como imaginaba que debía de estarlo un general cuya brillante campaña militar acabara de ser superada en estrategia. Humm. Resultaba de lo más prometedor.
– ¿Y cuánto tiempo hace falta para que completen la sorpresa en cuestión? -le preguntó ella.
– Al menos una semana -dijo Andrew, seguro de que alrededor de su cabeza había aparecido mágicamente un halo con el que acompañar la expresión angelical de sus rasgos.
– ¡Una semana! -El desconsuelo de lady Catherine era más que evidente… o quizá fuera el recelo que delataba su voz.
El rostro de Spencer por fin se iluminó.
– ¿Puede usted quedarse durante tanto tiempo, señor Stanton?
– Sí -dijo Andrew.
Catherine le lanzó una mirada indescifrable y se volvió a mirar a Spencer, cuyos ojos se colmaron de una angustiosa mezcla de entusiasmo y de esperanza. No había duda de que estaba desgarrado. Por fin, alargó la mano y la pasó por el pelo oscuro del pequeño.
– Una semana -concedió.
La sonrisa de Spencer podría haber iluminado una habitación oscura.
– Bien, y ahora que por fin está decidido -dijo lady Catherine-, debo ir a visitar a la señora Ralston.
– ¿Queda la casa de su amiga de camino al pueblo? -preguntó Andrew.
– Sí, ya que lo menciona. ¿Por qué?
– ¿Le importa que vaya con usted? Necesito comprar algunas cosas y me gustaría visitar las tiendas locales.