Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
– ¡Spencer! -A Catherine se le encendió el rostro. Dios mío, nunca se había dado cuenta de que él la había oído-. Estoy segura de que, ejem, has entendido mal las letras.
– Ni por asomo. Sueles cantar a viva voz. Y desafinas. -Spencer sonrió al señor Stanton-. Mamá tiene un oído imposible.
– ¿Sería tan amable de deleitarnos con una selección, lady Catherine? -se burló el señor Stanton.
Una burbuja de risa horrorizada escapó de labios de Catherine, quien enseguida tosió para disimularla.
– Quizá en otro momento. Y ahora que todos saben mucho más sobre mí de lo que debieran, le toca a usted, señor Stanton, compartir con nosotros una historia de «no debería haber hecho eso».
Andrew se recostó contra el respaldo de la silla y se golpeó la barbilla con los dedos. Tras varios segundos de consideración, dijo:
– El día que llegué a Egipto, después de estar a bordo de un barco durante semanas, sólo deseaba dos cosas: un plato de comida caliente y decente y un baño caliente y decente. Después de comer, di con una casa de baños en las afueras de El Cairo. Salí de allí, sintiéndome bien alimentado y limpio. No tardé en descubrir que, sin darme cuenta, me había metido en una zona famosa por ser el refugio de ladrones y asesinos. Afortunadamente, logré salir de allí con vida. Desgraciadamente, me robaron antes de lograr escapar.
– ¿Por qué no venció al canalla con los puños? -preguntó Spencer con ojos como platos.
– Canallas. Eran cuatro. Y teniendo en cuenta que todos llevaban cuchillos y pistolas, me temo que no habría salido de la pelea muy bien parado.
– ¿Qué le robaron?
– El dinero. Y mi… ropa.
Spencer se quedó boquiabierto.
– ¡No es posible! ¿Toda la ropa?
– Toda. Hasta las botas, algo que me irritó enormemente, pues eran mis favoritas.
– Entonces, ¿se quedó…? -A Spencer se le apagó la voz en una clara muestra de incredulidad.
– Desnudo como el día en que nací -confirmó el señor Stanton.
– ¿Qué hizo?
– Durante breves instantes, a punto estuve de plantarles cara para que me devolvieran la ropa, aunque finalmente decidí que mi vida valía más que el riesgo al que me enfrentaba. Afortunadamente, parecían no tener intención de terminar conmigo. Lo cierto es que creo que les divirtió mucho dejarme para que encontrara el camino a casa a plena luz del día, desnudo como un bebé.
Una oleada de calor recorrió a Catherine al tiempo que se le secaba la garganta al pensar en el señor Stanton recién bañado y de pie en una columna de luz dorada. Desnudo.
Al instante recordó el capítulo de la Guía dedicado a instruir a la mujer moderna actual no sólo sobre la gran cantidad de cosas que podía hacerle a un hombre desnudo, sino también las que podía hacer con él. El recuerdo no ayudó a enfriar el infierno que parecía haberla engullido.
– ¿Alguien le vio? -preguntó Spencer con los ojos llenos de curiosidad. Catherine rezó para no mostrar una expresión de similar arrobamiento y apenas logró contener las ganas de abanicarse con la servilleta de lino.
– Oh, sí, pero eché a correr lo más deprisa que pude. Finalmente logré robar una sábana de la colada de alguien, lo que me devolvió un mínimo de mi dignidad perdida. No es uno de mis períodos más estelares, sin duda, y, aunque ahora puedo reírme de ello, en aquel momento no resultó en absoluto divertido. Sí, deambular por El Cairo sólo fue uno de mí muchos momentos de «no debería haber hecho eso». -Sonrió de oreja a oreja-. ¿Les gustaría que les contara otro?
– ¡Sí! -dijo Spencer.
– ¡No! -exclamó Catherine al mismo tiempo. El señor Stanton desnudo, deambulando con una sábana, víctima de un robo a manos de unos rufianes armados, desnudo… Sólo Dios sabía qué más habría hecho, y Catherine estaba segura de que no quería saberlo. Sí, totalmente segura.
Una sonrisa nerviosa escapó de sus labios y se levantó, poniendo así fin a la comida.
– Quizá en otra ocasión. Por ahora, sugiero que nos retiremos al salón. ¿Juega usted a las cartas, señor Stanton? ¿Al ajedrez? ¿Al backgammon?
– Me encantan los tres, lady Catherine. ¿Qué prefiere usted?
«Verle desnudo.» Catherine apenas pudo reprimir el chillido de horror que le subió por la garganta. Dios santo, ¿de dónde procedía esa ridícula idea? Por supuesto que no deseaba verle desnudo. Lo absurdo e inapropiado de la idea era sin duda consecuencia de la absurda e inapropiada historia relatada por el señor Stanton. «Sí, eso era.»
Catherine irguió los hombros y dijo:
– ¿Por qué Spencer y usted no juegan mientras yo disfruto de mi labor de costura junto al fuego?
– Muy bien. -Andrew se volvió hacia Spencer-. ¿Backgammon?
– Es mi preferido -dijo Spencer.
Catherine abrió el camino hacia el salón y se felicitó mentalmente por su excelente plan. Ahora tendría su labor de costura en la que concentrarse en vez de tener que hacerlo en el inquietante atractivo de su invitado.
Una hora más tarde, sin embargo, se dio cuenta de que, después de todo, su plan no era tan excelente como había pensado. Resultaba prácticamente imposible centrar su atención en el intrincado diseño floral de su odiada labor de costura mientras su mirada se desviaba continuamente y de un modo absolutamente molesto, cruzando el salón hacia los ventanales, donde estaban sentados el señor Stanton y Spencer con el tablero de backgammon sobre una mesa de madera de cerezo situada entre ambos. Maldición, ¿cuándo había empezado a perder el control sobre sus propias pupilas? Incluso cuando lograba fijar la mirada en su costura, poco era lo que avanzaba, pues todo su ser estaba concentrado en intentar captar retazos de la conversación de los dos hombres, conversación que sin duda hacía las delicias de Spencer.
El profundo rugido de la risa del señor Stanton se mezcló con las carcajadas de Spencer y, por enésima vez, las manos de Catherine se detuvieron y miró a la pareja de jugadores por debajo de sus pestañas. La boca de Spencer dibujaba una sonrisa infantil de oreja a oreja. De él emanaba el más puro deleite, y el hecho de que en sus ojos no se adivinara el menor rastro de sombra le estrujó el corazón con una oleada del más puro amor maternal.
Spencer volvió a reírse y Catherine dejó de fingir la atención que era incapaz de prestar a su labor. Dejando la costura a un lado, se recostó contra el blando brocado de su sillón de orejas y observó abiertamente a su hijo. Le encantaba verle reír y sonreír, algo que él hacía, según su opinión, en raras ocasiones. Durante el último año, Spencer se había aficionado a dar paseos en solitario, deambulando por los jardines de la casa y los senderos que llevaban a las aguas termales. Mientras él disfrutaba de la libertad que le proporcionaban los vastos terrenos de la propiedad, a ella le preocupaba verle pasar tanto tiempo solo, sumido en una triste reflexión. Ella le daba la intimidad que él necesitaba, pero se aseguraba de que pasaran a diario tiempo juntos: leyendo, hablando, compartiendo historias, comiendo sus platos favoritos, disfrutando de los jardines y de la compañía del otro.
Ahora, sentado delante del señor Stanton, Spencer parecía feliz, despreocupado y relajado como ella había presenciado tan sólo en contadas ocasiones cuando el joven estaba en compañía de alguien que no formaba parte de su círculo más íntimo y familiar. Normalmente Spencer era receloso y tímido con los desconocidos. Temía que se burlaran de él o que compadecieran su minusvalía. Pero no albergaba ninguno de esos sentimientos hacia el señor Stanton.
La mirada de Catherine se desvió hasta posarse en el hombre que había invadido su pensamiento demasiado a menudo desde la noche anterior. Andrew tenía la barbilla apoyada en la palma de la mano mientras estudiaba el tablero de backgammon al tiempo que Spencer se desternillaba de risa, una risa fingidamente diabólica, prediciendo su derrota. De pronto Catherine se sorprendió ante lo cálida y doméstica que era la escena que tenía ante sus ojos -y no sólo la escena, sino la noche entera-, y un penetrante anhelo la embargó hasta lo más profundo de su ser.