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Sentido y Sensibilidad

Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:

Reglas y emociones. Deberes y devociones. Ubicada en la Inglaterra de principios del siglo XIX, Sentido y sensibilidad presenta las alegrías y sinsabores de las hermanas Dashwood. Desamparadas tras la muerte de su padre y a merced de su medio hermano, Elinor y Marianne deberán enfrentarse a los contrastes del amor y a las exigencias de la sociedad, siempre acompañadas de su madre y su hermana menor. Están ya en edad casadera y sin embargo, ni su carácter ni sus habilidades las ayudan a concretar una relación. El tiempo sigue pasando y todo parece indicar que no lograrán una estabilidad emocional.
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
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. -¿Por qué tienen que invitarnos? -dijo Marianne apenas se marcharon-. El alquiler de esta casita es considerado bajo; pero las condiciones son muy duras, si tenemos que ir a cenar a la finca cada vez que alguien se está quedando con ellos o con nosotras.

– No pretenden ser menos corteses y gentiles con nosotros ahora, con estas continuas invitaciones -dijo Elinor- que con las que recibimos hace unas pocas semanas. Si sus reuniones se han vuelto tediosas e insulsas, no son ellos los que han cambiado. Debemos buscar ese cambio en otro lugar.

CAPITULO XX

Al día siguiente, en el momento en que las señoritas Dashwood ingresaban a la sala de Barton Park por una puerta, la señora Palmer entró corriendo por la otra, con el mismo aire alegre y festivo que le habían visto antes. Les tomó las manos con grandes muestras de afecto y manifestó gran placer en verlas nuevamente.

– ¡Estoy feliz de verlas! -dijo, sentándose entre Elinor y Marianne- porque el día está tan feo que temía que no vinieran, lo que habría sido terrible, ya que mañana nos vamos de aquí. Tenemos que irnos, ya saben, porque los Weston llegan a nuestra casa la próxima semana. Nuestra venida acá fue algo muy repentino y yo no tenía idea de que lo haríamos hasta que el carruaje iba llegando a la puerta, y entonces el señor Palmer me preguntó si iría con él a Barton. ¡Es tan gracioso! ¡Jamás me dice nada! Siento tanto que no podamos permanecer más tiempo; pero espero que muy pronto nos encontraremos de nuevo en la ciudad.

Elinor y Marianne se vieron obligadas a frenar tales expectativas.

– ¡Que no van a ir a la ciudad! -exclamó la señora Palmer con una sonr isa -. Me desilusionará enormemente si no lo hacen. Podría conseguirles la casa más linda del mundo junto a la nuestra, en Hanover Square. Tienen que ir, de todas maneras. Créanme que me sentiré feliz de acompañarlas en cualquier momento hasta que esté por dar a luz, si a la señora Dashwood no le gusta salir a, lugares públicos.

Le agradecieron, pero se vieron obligadas a resistir sus ruegos.

– ¡Ay, mi amor! -exclamó la señora Palmer dirigiéndose a su esposo, que acababa de entrar en la habitación-. Tienes que ayudarme a convencer a las señoritas Dashwood para que vayan a la ciudad este invierno.

Su amor no le respondió; y tras inclinarse ligeramente ante las damas, comenzó a quejarse del clima.

– ¡Qué horrible es todo esto! -dijo-. Un clima así hace desagradable todo y a todo el mundo. Con la lluvia, el aburrimiento invade todo, tanto bajo techo como al aire libre. Hace que uno deteste a todos sus conocidos. ¿Qué demonios pretende sir John no teniendo una sala de billar en esta casa? ¡Qué pocos saben lo que son las comodidades! Sir John es tan estúpido como el clima.

No pasó mucho rato antes de que llegara el resto de la concurrencia.

– Temo, señorita Marianne -dijo sir John -, que no haya podido realizar su habitual caminata hasta Allenham hoy día.

Marianne puso una cara muy seria, y no dijo nada.

– Ah, no disimule tanto con nosotros -dijo la señora Palmer-, porque le aseguro que sabemos todo al respecto; y admiro mucho su gusto, pues pienso que él es extremadamente apuesto. Sabe usted, no vivimos a mucha distancia de él en el campo; me atrevería a decir que a no más de diez millas.

– Mucho más, cerca de treinta -dijo su esposo.

– ¡Ah, bueno! No hay mucha diferencia. Nunca he estado en la casa de él, pero dicen que es un lugar delicioso, muy lindo.

– Uno de los lugares más detestables que he visto en mi vida -dijo el señor Palmer.

Marianne se mantuvo en perfecto silencio, aunque su semblante traicionaba su interés en lo que decían.

– ¿Es muy feo? -continuó la señora Palmer-. Entonces supongo que debe ser otro lugar el que es tan bonito.

Cuando se sentaron a la mesa, sir John observó con pena que entre todos llegaban sólo a ocho.

– Querida -le dijo a su esposa-, es muy molesto que seamos tan pocos. ¿Por qué no invitaste a los Gilbert a cenar con nosotros hoy?

– ¿No le dije, sir John, cuando me lo mencionó antes, que era imposible? La última vez fueron ellos los que vinieron acá.

– Usted y yo, sir John -dijo la señora Jennings- no nos andaríamos con tantas ceremonias.

– Entonces sería muy mal educada -exclamó el señor Palmer.

– Mi amor, contradices a todo el mundo -dijo su esposa, con su r isa habitual-. ¿Sabes que eres bastante grosero?

– No sabía que estuviera contradiciendo a nadie al llamar a tu madre mal educada.

– Ya, ya, puede tratarme todo lo mal que quiera -exclamó con su habitual buen humor la señora Jennings-. Me ha sacado a Charlotte de encima, y no puede devolverla. Así es que ahora se desquita conmigo.

Charlotte se rió con gran entusiasmo al pensar que su esposo no podía librarse de ella, y alegremente dijo que no le importaba cuán irascible fuera él hacia ella, igual debían vivir juntos. Nadie podía tener tan absoluto buen carácter o estar tan decidido a ser feliz como la señora Palmer. La estudiada indiferencia, insolencia y contrariedad de su esposo no la alteraban; y cuando él se enfadaba con ella o la trataba mal, parecía enormemente divertida.

– ¡El señor Palmer es tan chistoso! -le susurró a Elinor-. Siempre está de mal humor.

Tras observarlo durante un breve lapso, Elinor no estaba tan dispuesta a darle a él crédito por ser tan genuina y naturalmente de mal talante y mal educado como deseaba aparecer. Puede que su temperamento se hubiera agriado algo al descubrir, como tantos otros de su sexo, que por un inexplicable prejuicio en favor de la belleza, se encontraba casado con una mujer muy tonta; pero ella sabía que esta clase de desatino era demasiado común para que un hombre sensato se sintiera afectado por mucho tiempo. Más bien era un deseo de distinción, creía, lo que lo inducía a ser tan displicente con todo el mundo y a su generalizado desprecio por todo lo que se le ponía por delante. Era el deseo de parecer superior a los demás. El motivo era demasiado corriente para que causara sorpresa; pero los medios, aunque tuvieran éxito en establecer su superioridad en mala crianza, no parecían adecuados para ganarle el aprecio de nadie que no fuera su mujer.

– ¡Ah! Mi querida señorita Dashwood -le dijo la señora Palmer poco después-, tengo un favor tan grande que pedirles, a usted y a su hermana. ¿Irían a Cleveland a pasar un tiempo estas Navidades? Por favor, acepten, y vayan mientras los Weston están con nosotros. ¡No pueden imaginar lo feliz que me harán! Mi amor -dijo, dirigiéndose a su marido-, ¿no te encantaría recibir a las señoritas Dashwood en Cleveland?

– Por supuesto -respondió él con tono despectivo-, fue mi único propósito al venir a Devonshire.

– Ahí tienen -dijo su esposa-, ya ven que el señor Palmer las espera; así que no pueden negarse.

Las dos, Elinor y Marianne, declinaron la invitación de manera clara y decidida.

– Pero no, deben ir y van a ir. Estoy segura de que les gustará por sobre todas las cosas. Los Weston estarán con nosotros, y será sumamente agradable. No pueden imaginarse la delicia de lugar que es Cleveland; y lo pasamos tan bien ahora, porque el señor Palmer está todo el tiempo recorriendo la región en la campaña electoral; y vienen a cenar con nosotros muchas personas a las que nunca he visto antes, lo que es absolutamente encantador. Pero, ¡pobre!, es muy fatigoso para él, porque tiene que hacerse agradable a todo el mundo.

A duras penas pudo Elinor mantenerse seria mientras concordaba en la dificultad de tal empresa.

– ¡Qué delicia será -dijo Charlotte- cuando él esté en el Parlamento! ¿Verdad? ¡Cómo me voy a reír! Será tan cómico ver que sus cartas le llegan dirigidas con las iniciales M.P. * Pero, saben, dice que nunca enviará mis cartas con las franquicias que él tendrá por ser parlamentario. Ha dicho que no lo hará, ¿no es verdad, señor Palmer?

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* Member of Parliament, Miembro del Parlamento.

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