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El Club De Las Chicas Temerarias

Электронная книга - «El Club De Las Chicas Temerarias». Краткое содержание книги:

El club de las chicas temerarias está formado por seis prósperas mujeres latinas que se conocen desde que comenzaron la universidad. Provenientes de diferentes ambientes económicos, culturas y religiones, consolidan su inquebrantable amistad reuniéndose cada seis meses, pase lo que pase, para cenar, cotillear, compartir sus éxitos o ayudarse en los peores momentos de sus vidas.
Vicepresidenta de una importante compañía, Usnavys es un divertido ciclón negro, Sara es una modélica madre y la esposa de un abogado y respetado miembro de la comunidad judía, Elizabeth es copresentadora de un programa de televisión matutino y portavoz nacional de una organización cristiana, Rebecca es sencillamente perfecta, la creadora de Ella, la revista de la mujer hispana más popular del país, Amber, cantante y guitarrista de rock, espera su gran oportunidad, y Lauren es la redactora más joven y la única hispana del diario Gazette. ¡Son las temerarias!
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– Un desperdicio total y absoluto de una mujer guapa -dice Roberto, examinando de cerca la fotografía de nuevo. Levanta una sola ceja insinuante y añade-: Lo que pasa es que no ha dado con el hombre adecuado.

Vilma recoge el periódico, chista a Roberto y me sirve el desayuno.

– ¿Para qué quiere molestarla? -pregunta en español-. Déjela tomarse el desayuno -y me dice-: Coma. Necesita estar fuerte.

– ¿De qué lado estás, Vilma? -pregunta. Me mira, mira el huevo y dice-: No te hace falta comer tanto. Estás engordando demasiado. Ya te lo he dicho.

Vilma sigue limpiando y yo pincho el huevo.

– No puede ser verdad -digo-. De ser cierto lo habría sabido hace mucho. Conozco a Liz desde hace diez años. Ese periódico es tan sensacionalista. Retocan las fotos. Deben de tener algo contra ella.

Roberto se encoge de hombros y sostiene el periódico delante de él. Empieza a leerlo con su poderosa voz con ligero acento españoclass="underline"

Spy [8] descubrió anoche a la encantadora e inteligente presentadora del programa matinal de WRUT, Elizabeth Cruz, en un recital de poesía en el bar Davios, en Central Square. Para aquellos que no lo sepan, el miércoles por la noche Davios es «sólo para mujeres». Liz, actualmente en espera de un puesto de presentadora para una cadena nacional, también estuvo allí la semana anterior y en ambas ocasiones se marchó con la conocida poetisa lesbiana Selwyn Wbmyngold.

No hay que ser una lumbrera para saber que esta ancla pertenece a un barco atracado en la isla de Lesbos.

– Oh, Dios. Es lo más estúpido que he oído -digo-. ¿Ves cómo escriben? Es horrible. ¿Cómo puedes fiarte de alguien que escribe tan mal?

La reina de la belleza colombiana y ex modelo ha sido escogida por la revista Beantown de Boston como una de las solteras más codiciadas desde hace tres años, desde que su aparición en el programa matinal de WRUT disparó los índices de audiencia y catapultó el programa al primer puesto. Era la primera vez que un canal en Boston había contratado a una presentadora con acento, una opción arriesgada que resulto rentable porque Liz era tan vivaz y encantadora que todos encontraban excitante su pronunciación y aspecto exóticos. La pregunta es, ahora que sabemos que la esbelta latina juega para el equipo contrario, ¿seguirán los bostonianos adorando a la adorable Liz? ¿O deberíamos llamarla «la adorable Les»?

Escucho el resto del artículo, tan mal escrito como la primera parte, y me siento fatal.

– Deben de tener algo contra ella -digo.

– No sé, esta foto parece auténtica.

– Deben de estar intentando hundirla por alguna razón.

– No creo.

– Voy a llamarla. Vilma, por favor, acérqueme el teléfono.

– No, no lo harás -dice Roberto apuntando con el dedo a mi cara-. No quiero que vuelvas a hablar con ella, ¿has entendido?

Vilma sale del cuarto suspirando en alto.

– ¿Por qué?

Me lanza esa mirada, la misma que cuando cree que me estoy tirando al vendedor de entradas de la ópera o al viejo abogado sentado a mi lado en «la Fiesta» (léase: Navidad) de la empresa de Roberto.

– Oh, por favor -digo-. ¿Qué te pasa? ¿Crees que quiero montármelo con mi mejor amiga? ¿Estás loco?

– No soy yo el que tiene un problema -dice-. Ya lo sabes. Eres tú quien lo tiene. Las mujeres normales, las mujeres decentes no tienen esos problemas, y sabes de qué te estoy hablando. Tu clítoris y todo eso.

– No me lo puedo creer. ¿Piensas que voy a liarme con Elizabeth? ¿Es eso lo que estás intentando decirme?

– Tú lo has dicho. No yo.

– Sólo porque la hayas deseado durante años, no me acuses de lo mismo. Estás mal de la cabeza. Enfermo y retorcido.

– ¿A quién, a ella? Es negra, Sara. No me gustan las negras.

– Vamos. Admítelo. He visto cómo la miras. ¿Crees que estoy ciega?

– ¿De qué estás hablando? No la miro. Nunca miro a nadie más que a ti.

Se ríe.

– Lo que tú digas, Roberto.

– No quiero que hables con ella. Y no quiero verla por aquí. Se acabaron los almuerzos los domingos. ¿Entendido?

– Para decirlo claro, Roberto, puede que ni sea lesbiana, y lo sabes. Probablemente sea hetero. Pero si lo fuera ¿qué más da? ¿Importa?

– Te gustaría averiguarlo, ¿verdad? Sí, apostaría a que sí.

– ¿Qué?

Se acerca, me agarra por el cuello y me agita ligeramente.

– Sin llamadas. Sin visitas. Sin… clítoris.

– ¿De qué demonios estás hablando?

– Ya lo sabes.

Me aprieta hasta hacerme daño.

Me zafo de sus manos.

– Sólo quieres pelea -digo-. Tranquilízate. Ahora mismo no me siento con ganas de pelear.

– No es eso. Piensa en ello, nunca tiene novio, ¿verdad? La he visto mirarte en muchas ocasiones. Apostaría a que ya lo sabías, ¿no? Las mejores amigas de la universidad, ¿eh? ¿Qué otras cosas hacíais?

– Oh, cállate.

– Hablo en serio. La he visto mirarte como lo haría un hombre. Te lo dije una vez, ¿recuerdas? Apostaría a que te gustó.

– Dios, Roberto. Cállate. Estás desvariando.

– Lo sabías.

– No, no lo sabía. No quiero oír nada más.

– Eh, eh. No me hables así -dice, con el pecho erguido y su voz reverberando contra el azulejo del suelo-. Te lo advierto: no quiero que vuelvas a salir con ella. Es una pervertida. No quiero volver a verla en esta casa. Y más vale que no me entere de que ya lo sabías, ¿entiendes? No quiero descubrir que estoy casado con una pervertida.

– Es Elizabeth, Roberto. Mi dama de honor. Mi mejor amiga. Nuestros hijos la quieren como a una tía. ¿Por qué te preocupa tanto con quién se acueste? Dios mío.

– Mis hijos no quieren a ninguna lesbiana.

– ¡Pero si ni siquiera sabes si esta basura es verdad!

Da un golpecito en la esfera del reloj.

– Tengo que irme a trabajar. No quiero llegar a casa y descubrir que has hablado por teléfono con ella. Sin llamadas. ¿Entendido?

Recojo el periódico y miro la fotografía de nuevo. No parece retocada. Y se ve su camioneta al fondo.

– No -digo, recostando la cabeza sobre la mesa. Intento controlar el impulso de vomitar-. No lo entiendo. No entiendo nada en absoluto.

Hoy el gimnasio estaba abarrotado y la semana pasada no había nadie. En mi clase de spinning debe de haber treinta personas nuevas, todas con el mismo propósito de año nuevo: adelgazar. La entrenadora nos recordó que la mayoría de los recién llegados desaparecerá en dos semanas, o a fin de mes a más tardar. Dijo que cada año pasa lo mismo. ¡Es tan triste! No quiero ser una de las que se rinden, y no quiero que vosotras os rindáis. Así que hoy he llamado a mi amiga Amber, la persona más persistente que conozco. Lleva esperando un contrato disco-gráfico desde hace casi diez años, y todavía no ha perdido la esperanza. ¿Su consejo?: «Cree en ti misma, especialmente cuando nadie más lo hace».

De «Mi vida», de LAUREN FERNÁNDEZ

Capítulo 5. AMBER

Gato quiere que baje al foso. ¡Este tío está loco! La última vez terminé con una costilla hecha puré y cubierta del vómito de una chávala con subidón de éxtasis. Estoy perfectamente bien aquí, sentada al borde de la pista, mirando.

Querían que tocáramos aquí en Nochevieja, y accedimos al principio pero después nos hicieron una oferta mejor en Hollywood y mandamos este club a la mierda. Fue mejor, creo, porque el asunto de Hollywood nos proporcionó una buena crítica en el L. A. Weekly, con una foto mía gritándole al micro. Vamos a compensar a este club por el incumplimiento tocando los próximos tres fines de semana, hasta fin de mes y el verdadero año nuevo. Nochevieja. Menuda gracia. Gato y yo éramos reticentes a celebrar esa fiesta porque sólo es Nochevieja en el calendario gringo. Llamé a mis amigas de Boston en Nochevieja. Siguen compartiendo lo que llaman la «Primera Noche», que es pasear a pleno frío y mirar esculturas de hielo de payasos en el Boston Common. Me las encontré en el Government Center, en esa escalinata exterior estalinista, mirando al cielo sobre el puerto, esperando a que empezaran los fuegos artificiales. Les recordé que estaban celebrando un año nuevo falso, les dije que el año nuevo prehispánico no se celebra en «las Américas» hasta febrero. Casi podía oír cómo volvían sus ojos hasta ponerlos en blanco, todas menos Elizabeth, que escucha, y Lauren, que siempre está tan enfadada por todo como para no reparar en mí. Rebecca no quiso ni hablarme, por supuesto. Así que le pedí a Usnavys que le diera la lista de nombres en los que debería pensar. Son tantos los extinguidos. Zapotecas, mixtecas, otomíes, tarascanos, olmecas. Un continente entero desapareció, salvo por los pocos que quedamos, y ahora todo el mundo intenta llamarnos latinos de forma que la sangrienta historia de este hemisferio desaparezca por las buenas y parezcamos extranjeros aunque seamos los únicos con derecho a reivindicar estas tierras. ¿Qué está pasando?

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[8] Nombre ficticio de un reportero anónimo. Juego de palabras que literalmente significa «Yo Espía». (N. de la T.)

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