El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]
- Автор: Шоу Боб
- Год: 1971
- Язык: испанский
- Год: Veron
- ISBN: 978-84-7255-005-6
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]». Краткое содержание книги:
Mack resulta ser un veterano de la guerra que los terrestres mantienen con los psitcanos, una raza alienígena que persigue nuestro exterminio.
También aparecen en escena los “egones” que vienen a ser como las almas de los humanos, que viven en el espacio sideral.
Aquí es donde el libro está mejor logrado, pues esto de los egones es una idea creo bastante original. Es bonito ver como estos seres tienen un papel crucial en la guerra contra los psitcanos, aunque su desenlace no esté bien resulto desde el punto de vista argumental.
—Está bien, sargento — Puede dejarnos solos ahora. No creo que proporcione ningún problema.
—Si, señor.
El sargento se marchó de la puerta.
—¡Ah, sargento!
—¿Señor?
—Vuelva de nuevo cuando llegue la caja.
—Sí, señor.
El sargento desapareció.
—No me gusta usted, Tavernor — le dijo Farrell cuando estuvieron solos —. ¿Y sabe por qué me fastidia usted?
—Podría ser porque usted se está quedando calvo y yo no.
—Muy bueno, coronel, chistecitos cuando está en las últimas — Farrell movió las piernas con despreocupación —. La razón de por qué me disgusta tanto, aparte del hecho de que usted es, si puedo utilizar un arcaísmo, un palurdo, es que se interfiere en mi camino.
—¿Va a tirarme otra vez por la escalera?
—Continúe así, coronel. Como estaba diciendo, se está usted interfiriendo en mi camino y no puedo permitirme el lujo de que haya alguien que quiera echarme la zancadilla, cuando el sendero es ya bastante pedregoso para un pariente del Presidente que quiere hacerse una carrera militar por sus propios esfuerzos.
Tavernor intentó hacer un gesto de burlona simpatía; pero algo le barbotó en la garganta. Sospechó que era sangre.
—Ese pequeño asunto del helicóptero de la pasada noche ha sido forjado contra mí. El general Martínez lo está utilizando como una excusa para trasladarme a otros deberes.
—¡Ah! Eso es muy duro.
—Una cosa como esa podría perjudicar mi historial. Pero ahora que usted mismo ha tenido la bondad de colocarse bajo mi custodia, el historial va a tener otro aspecto.
—¿De veras?
—Sí, porque usted va a decirme ahora mismo dónde puedo cazar a sus amigos, y sin más complicaciones.
—Lo lamento… Ignoro dónde puedan estar.
Tavernor se dio cuenta repentinamente de que podía fácilmente olvidarse del dolor que sufría en el pecho. El haber venido al hogar de Lissa bajo tales circunstancias había sido realmente una locura, una indulgente broma con la muerte, pero también había sido un imperdonable egoísmo. Sabía exactamente dónde planeaban la cita los otros. Ya habían pasado los días en que un hombre determinado podía negarse a facilitar información a los inquisidores.
—¿Conque no sabe usted dónde están? — inquirió Farrell sin alterarse, sacando un cigarrillo del bolsillo de la túnica —. Entonces no tiene por qué preocuparse al respecto, de ningún modo.
Encendió el cigarrillo, soltando una bocanada al aire y afectando la mayor serenidad. Su aspecto le recordó a Tavernor el personaje de una ópera y su mente comenzó a rebuscar el título entre sus recuerdos.
Se oyó como llamaban a la puerta y ésta se abrió. Tavernor vio entrar unas figuras uniformadas. El sargento Se situó delante, portando una pequeña caja negra en la mano. Cerró la puerta rápidamente.
—Bien, sargento, ¿ha llegado ya el pelotón del jefe de la policía?
—No, señor, aunque viene de camino.
—Muy bien, esto no nos llevará mucho tiempo. ¿Sabe usted cómo utilizar una aguja?
—No, señor.
El sargento pareció sentirse confuso.
—Es algo sencillo. No hay más que pinchar en el cuello y empujar. Vamos, démela.
Farrell apuntó hacia la pistola del sargento hasta que la hubo sacado de la funda y se la entregó en la mano.
—Ahora, adelante.
El sargento abrió la pequeña caja negra y con cierta tribulación sacó de ella una jeringa. Sus ojos, fijos en Tavernor, parecían pedirle perdón. A Tavernor le latía el corazón alocadamente. No estaba seguro de lo que contenía la jeringa; pero tenía la certeza de que a los pocos segundos recibiría en su torrente circulatorio alguna droga que le haría decir todo lo que Farrell quería saber. Luchó con las ataduras de la espalda, mientras que sus nervios temblaban enloquecidos con un mensaje de desesperación una y otra vez: «Padre, madre, mujer de cara pálida y negros cabellos, perdonadme, perdonadme…» La silenciosa estridencia se desvaneció conforme halló la puerta de escape, bostezando en una misericordiosa noche sin estrellas.
Con la cabeza baja, permitió que el sargento le hundiera la aguja en el cuello. No sintió dolor, sólo una sensación de cálido hormigueo. Esperó hasta que la aguja le fue retirada y las manos del sargento se hubieron relajado, y entonces se lanzó de cabeza desde la silla con toda la fuerza de sus piernas.
Farrell, que todavía seguía sentado en el borde de la mesa, se quedó demasiado asombrado para quitarse a tiempo de enfrente. Tavernor le empujó hacia atrás, descubriendo la garganta de su enemigo y, antes de que pudieran apartarle, sus dientes se cerraron sobre su tráquea. Mientras hincaba profundamente los dientes como una fiera, oyó el espantado sollozo de Farrell y sintió que una pistola se apoyaba en su costado. La pistola explotó una, dos veces. Conforme las balas le atravesaban el pecho, la muerte floreció ante los ojos de Tavernor como una rosa negra, desplegando los pétalos de la noche.
Y cayó en ella, entregando agradecido una vida que sintió que nunca le había pertenecido realmente.
11
Melissa Grenoble no tuvo idea de cuanto tiempo había permanecido de pie en la alta ventana con la frente pegada al frío cristal.
La aurora había bosquejado sus primeros trazos grises fantasmales en el cielo, cuando les vio llevarse el ataúd metálico dentro del cual yacía el cuerpo de Mack Tavernor. Fue sólo cuando el coche militar arrancó llevándose el féretro, que sus lágrimas comenzaron a fluir a torrentes por sus mejillas. Desde entonces, la joven había vuelto a vivir todos los momentos de su vida con él, multiplicándolos una y otra vez, soportando lo que parecían siglos de amargura y sufrimiento, y, con todo, el mundo exterior no había cambiado en nada. Seguía siendo el amanecer de un nuevo día. Una luminosa neblina plateada se extendía por el mundo, destrozando en cierta forma la perspectiva de manera tal, que los edificios de El Centro aparecían como unas extrañas siluetas medio recortadas y borrosas.
El cristal de la ventana parecía haberle succionado todo el calor de su cuerpo; se sentía incapaz de moverse de donde estaba. Una simple palabra reverberaba en el frío que le agarrotaba la mente. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿En qué había consistido la totalidad de la vida de Mack, la finalidad de su existencia?
Por debajo de su dolor moral, yacía una sombría sensación de perplejidad. Cuando se encontró por primera vez con Mack, Lissa había quedado impresionada por su potencia física y su arrogante autosuficiencia y, como la mayor parte de otras personas, repelida por su exagerada cautela en las complicaciones emocionales y la aparente determinación de apartarse de cualquiera a quien conociese. Pero ella había sentido a otro Mack Tavernor oculto, un hombre diferente, que miraba a cualquier aspecto de la vida con una compasión sin limites. Lissa había luchado por descubrir a ese otro hombre y había encontrado un nuevo nivel de satisfacción en la creciente esperanza que ella sentía en tal última forma de arte creativo. La última noche que pasaron juntos había sido toda la prueba que ella necesitaba.