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El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]

Электронная книга - «El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]». Краткое содержание книги:

El libro relata las aventuras y desventuras de Mack Tavernor, un terrestre que vive en un planeta alejado de las rutas comerciales de la Federación Terrestre.
Mack resulta ser un veterano de la guerra que los terrestres mantienen con los psitcanos, una raza alienígena que persigue nuestro exterminio.
También aparecen en escena los “egones” que vienen a ser como las almas de los humanos, que viven en el espacio sideral.
Aquí es donde el libro está mejor logrado, pues esto de los egones es una idea creo bastante original. Es bonito ver como estos seres tienen un papel crucial en la guerra contra los psitcanos, aunque su desenlace no esté bien resulto desde el punto de vista argumental.
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Caminó hacia el sur en una corta distancia, ocultándose entre los matorrales y las hierbas más altas y buscó el desagüe mas cercano. Varias veces, durante su marcha reptando a través del túnel de desagüe, criaturas a quienes no podía ver se despertaban bajo sus manos y salían disparadas hacia delante o se le enroscaban entre las piernas. «Cerulea está casi completamente libre de formas de vida venenosa», siguió repitiéndose para sí, lo que le sirvió de algún alivio. El enorme gusano en forma de mano humana que encontró reptando por su pecho era una criatura no venenosa e incluso casi amigable.

Cuando pudo incorporarse al otro extremo, junto a la orilla del mar, todo su cuerpo estaba recubierto de suciedad e inmundicias y el pie le latía ardoroso y con fuerza. Se desplazó a lo largo de la línea de árboles jóvenes que flanqueaban la valla de la carretera general. Las casas, sumidas en el sueño y la calma, todavía aparecían bañadas por la luz del nuevo día, con sus diversos colores y, a los ojos de Tavernor, como algo irreal. ¿Seria él lo que constituía algo irreal? El era el que no pertenecía a aquella o a otra sociedad, el helado fantasma de un hombre que pudo haber sido, desprovisto de casi todas las cálidas y positivas emociones humanas y como una negación de la humanidad, orientado hacia la culpabilidad mientras otros hombres lo estaban hacia la alegría, a odiar como los otros a amar. Los pocos momentos de contacto con personas como Lissa, Shelby e incluso la pequeña Bethia, sirvieron solo para recordarle sus propias deficiencias; porque ellos habían estado dando, mientras que todo lo que él pudo hacer fue tomar, con los torpes dedos de un chiquillo que roba los huevos de un nido…

El suave movimiento de un letrero le captó la atención a una distancia de varios cientos de yardas. Se aproximó y vio en él el nombre de un médico, sintiendo una inmensa gratitud hacia el nostálgico tradicionalismo que invariablemente lleva a la gente en mundos extraños a poner buzones y verdes contraventanas en sus tranquilas casas. Aquel hombre, NORMAN R. PARSONS, Doctor en Medicina, tenía probablemente un piso moderno en El Centro y en el imponente edificio del Centro Médico; pero, aun así, había clavado el letrero en la puerta principal de su residencia de campo. Tavernor esperó y confió en que la conducta sentimental del Dr. Parsons no le ocasionara en aquellos momentos mayor número de dificultades de las que ya había tenido que soportar.

La casa de una sola planta era pequeña y acogedora y su entrada principal llevaba a un bonito porche. Decidió no hacer más ruido del necesario para despertar al médico, sin que los vecinos se apercibieran de lo que estaba ocurriendo. Mientras que con una mano sostenía un cuchillo, con la otra presionó el timbre, el cual sonó musicalmente, lo que le produjo aún una mayor nostalgia. Pasaron cinco largos minutos sin que obtuviera ninguna respuesta, hasta que comenzó a aceptar su buena suerte. El Dr. Parsons podía estar muerto, borracho como una cuba o fuera de casa. Se apresuro a dar un rodeo a la casa y miró en el garaje. Estaba vacío.

Tavernor reunió sus escasas fuerzas y rogando interiormente porque no existiesen dispositivos de alarma contra los ladrones, arrimó el hombro a la puerta trasera. El cerrojo saltó y penetró inmediatamente para hacer una rápida inspección de las habitaciones contiguas y convencerse de que todo aquello estaba a su entera disposición. Estaba vacío; pero allí aparecían objetos, ropas y pertenencias de un hombre y una mujer, sugiriendo que los dueños no estarían fuera por mucho tiempo.

Una de las habitaciones aparecía amueblada como un estudio y oficina al propio tiempo. Tavernor abrió una caja pintada de blanco y extrajo instrumentos quirúrgicos, un tubo de carne artificial y una Variedad de antibióticos. En el armario de un dormitorio halló toda una fila de trajes, que daban la impresión de ser bastante estrechos de hombros y largos de piernas; sin embargo, con cualquiera de ellos habría estado infinitamente más presentable que los harapos que le cubrían. Otro armario dé cajones le mostró toda una gran abundancia de camisas, ropa interior y calcetines, además de zapatos que resultaron ser solo una fracción más grandes que los de su número.

Reuniendo aquel tesoro, se fue al cuarto de baño, se desnudó, y se limpió el pie herido. El dedo había sido amputado limpiamente por su base. Al quitar la suciedad que envolvía la carne, comprobó que no quedaban astillas de hueso. Aquello le resultó una tarea nauseabunda, aun con su gran tolerancia para el dolor físico. Continuó su tarea, imaginando que otras manos que no eran, las suyas estaban realizando la cura. «Es este dedo del pie, Dr. Parsons; no sé la correcta designación médica que le corresponde Vamos, Dr. Parsons, por amor de Dios… deje de lamentarse y observe lo que está haciendo… Ese cerdito se quedó en casa… Me temo que no sea ésta la expresión más adecuada…»

Con la herida limpia, rociada con polvos antibióticos, precintada con carne artificial y vendada con una envoltura impermeable, abrió el grifo de la ducha y casi gritó de alegría al comprobar que disponía de un gran espacio en el fondo. Llenó el baño de agua caliente, la dejó correr; se lavó cuidadosamente y después cambió el agua. La segunda vez, el agua estaba más caliente que la primera. Puso en marcha el termostato fijándolo a aquella temperatura y se sumergió en el baño, relajándose, flotando en él. Algo le advirtió que no debería permitirse el gastar demasiado tiempo en darse aquel gusto; pero la idea le pareció carente de significado.

«El sueño es lo mejor», pensó. «El comer algo sería estupendo; pero ya comeré más tarde. El sueño lo es todo. Dormir… dormir…»

Se despertó súbitamente al ambiente de una difusa luz del atardecer. Perdido, desorientado, permaneció en el agua hasta que su memoria funcionó para aclarar sus ideas. El sueño, la pequeña muerte, le había realmente reclamado. Salió del baño, se restregó 4e prisa y se vistió con la mayor urgencia posible. Resultaba evidente que los propietarios de la casa aún no habían vuelto; pero todo era una pura suerte, pues en tales circunstancias confiar en ella era de lo más estúpido. Sí, se había comportado como un tonto o como cualquiera que subconscientemente quiere fracasar.

Recogió sus viejas ropas, el cuchillo y su baqueteada pipa, además del abultado tollo de billetes de banco, cuyo exterior estaba completamente negro por el polvo y la grasa. Sus brazos y piernas temblaban por la debilidad a causa de la pérdida de sangre y la larga inmersión en agua caliente. Su principal necesidad entonces era el alimento. Echó las ropas viejas por el conducto que las llevaría al horno para quedar reducidas a cenizas, intentando borrar la evidencia de su presencia en aquella casa y posible identificación. En el frigorífico encontró filetes de carne, pescado y huevos sintéticos. Tomó dos buenos filetes y seis huevos sintéticos. Los puso en la parrilla de la cocina eléctrica y a poco los filetes olían de forma deliciosa, al tiempo que freía aparte los huevos. Mientras esperaba que estuvieran a punto, se bebió dos botellas de leche. La leche, elaborada artificialmente a base de hierba nativa del planeta, tenía un sabor peculiar a levadura; pero Tavernor se la bebió con delicia. Cuando los filetes y los huevos estuvieron a punto, se sentó.

En la mesa de la cocina había una radio. Tavernor la encendió y escuchó complacido la música mientras comía, creando en su entorno una atmósfera de seguridad doméstica. Se puso en pie, sacó del rollo de billetes uno de cien estelares y lo puso sobre la mesa. Con el descanso, ropas limpias y el estómago lleno, se sintió pronto listo para emprender la caminata hacia el norte que le llevaría a encontrarse con los demás fugitivos, que se encaminaban al punto de cita, en las orillas del lejano lago Bruce. Después de todo, el confiar en su buena suerte había sido una buena idea. Los sufrimientos, el cansancio y la suciedad habían quedado atrás y todo lo que entonces tenía que hacer era salir a la carretera y seguir andando.

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