El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]
- Автор: Шоу Боб
- Год: 1971
- Язык: испанский
- Год: Veron
- ISBN: 978-84-7255-005-6
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]». Краткое содержание книги:
Mack resulta ser un veterano de la guerra que los terrestres mantienen con los psitcanos, una raza alienígena que persigue nuestro exterminio.
También aparecen en escena los “egones” que vienen a ser como las almas de los humanos, que viven en el espacio sideral.
Aquí es donde el libro está mejor logrado, pues esto de los egones es una idea creo bastante original. Es bonito ver como estos seres tienen un papel crucial en la guerra contra los psitcanos, aunque su desenlace no esté bien resulto desde el punto de vista argumental.
—Creo que está usted yendo demasiado lejos, Gervaise.
—Estoy intentado sencillamente presentarle a usted la realidad. Nosotros, en el ejército, estamos llevando una guerra contra un enemigo poderoso, e inimaginablemente peligroso…
—Sí, claro — interrumpió Grenoble —. He oído que la pasada noche le derribaron un helicóptero.
Durante el denso silencio que siguió, Tavernor sonrió, apreciando la sutileza con que el anciano Administrador Planetario sabía hacer uso del estilete político. Tenía que saber que Farrell seria vulnerable al recordarle que nunca había estado dentro de una distancia de diez años luz como máxima área de interpenetración.
—Su amigo Tavernor fue el responsable — repuso aún más irritado Farrell —. No tengo autorización para utilizar armas pesadas; pero vi que cinco de sus asaltantes no volverán a molestarnos de nuevo, y pronto me haré con el resto.
—¿Va usted a destruir a los demás? Pues según me había comentado el general Martínez, usted estaba destinado a otros servicios.
—Destruiremos el resto… eso es cosa de poca monta. El cigarrillo de Farrell se encendió con furia, como apoyando el odio de sus palabras.
Tavernor respiró con alivio. Los cinco «asaltantes» que Farrell había mencionado tenían que haber sido Shelby y los otros cuatro, incluyendo a Joan Mwabi, quienes fueron aniquilados mientras intentaron pasar por el pasadizo de las estaciones láser. El recordar sus muertos fue doloroso; pero al menos supo que ninguno de los otros había sido cazado. Parecía que, aparentemente, los dos meses de entrenamiento que él les había dedicado habíales servido de mucho. Todos deberían hallarse en camino hacia la cita convenida en el lago Bruce y una vez pasado aquel punto, quedarían libres al norte del archipiélago.
—Bien, creo que ya hemos respirado bastante aire fresco para una sola noche — dijo Farrell.
—Pensé que íbamos a discutir los detalles de la boda. No queda mucho tiempo, ya sabe.
—Le dejaré en sus manos todos los detalles, Howard — repuso Farrell acabando con la bebida —. Esta es la clase de asuntos en que usted puede lucirse. Ahora nuestros invitados estarán imaginando dónde estamos…
Los dos hombres abandonaron la balaustrada. Tavernor permaneció de pie en la ventana por unos cuantos minutos y después volvió a correr el cortinaje. Tal vez pasarían horas enteras antes de que pudiese tener la oportunidad de deslizarse hasta la habitación de Lissa, y un ligero temblor en las rodillas le avisó de que todavía no estaba repuesto de la abundante pérdida de sangre. Se aproximó a la cama y escuchó la respiración de Bethia. Satisfecho al comprobar que estaba dormida, se tumbo en el suelo en la parte más alejada de la puerta y se esforzó a sí mismo a relajarse.
Despertó con la sensación de que la totalidad del edificio se hallaba sumido en una completa calma. Su reloj le indicó que eran las dos de la madrugada en la noche de Mnemosyne. Se puso de pie, fue hasta la puerta y la abrió Con facilidad. Las luces nocturnas del corredor estaban encendidas; pero la completa serenidad del silencio reinante le convenció de que era el momento seguro para salir del escondite. Dedicando una última mirada al cuerpecito de Bethia, cerró el dormitorio y se dirigió hacia la escalera. El dormitorio de Lissa estaba en el mismo piso, pero en el ala opuesta; y para alcanzarlo tenía que pasar alrededor de tres lados de una gran caja de escaleras hexagonal. Vaciló allí donde el corredor empalmaba con la caja, preocupado por la forma en que todo aquello estaba iluminado. Alguien habría, olvidado apagar la gran luz del techo y su agorafobia, cuidadosamente reprimida durante los pasados dos meses anteriores, le hizo ver que el rellano era decididamente inseguro.
Al detenerse, notó la presencia de dos interruptores en la pared del corredor a varias pulgadas del rincón. El de la parte de adentró debería ser, sin duda, para las luces del corredor, pero, ¿ sería el otro el control de la iluminación de la luz en la caja de la escalera? Esperando que el apagar las luces no llamase 4emasiado la atención, oprimió el interruptor de afuera. La luz de la caja de la escalera parpadeó; pero quedó encendida.
Tavernor se quedó mirando al interruptor atónito, intentando ver por alguna parte algún circuito eléctrico que hubiese podido disminuir las luces momentáneamente y después haberlas encendido con toda su potencia. Tal vez el interruptor exterior accionaba algún dispositivo que causaba una disminución de la corriente cuando entraba en acción, en cuyo caso debería tenerlo muy en cuenta. Entonces apretó nuevamente el botón para dejarlo en su posición original. Esta vez la luz del techo se apagó durante un segundo antes de volver a su máxima intensidad.
La alarma se despertó en su subconsciente. «Esto es ridículo», pensó. «Un fallo en…»
La respuesta le llegó de repente.
Existía un circuito eléctrico muy común que era el causante del fenómeno del que acababa de ser testigo. Lo habría producido un interruptor de doble dirección en el caso de haber otra persona al otro extremo del circuito, presionando el interruptor en una fracción de tiempo después de Tavernor. Y aquella otra persona debía encontrarse en el corredor opuesto a solamente unas cuantas yardas de distancia, tapado a su vista ¡ solo por el ángulo de la pared!
—¿Quién anda por ahí? — preguntó en voz alta un hombre.
Tavernor se volvió y corrió silenciosamente a lo largo del corredor, pasando el dormitorio de Bethia y las puertas entonces cerradas que conducían a la balconada, hasta que hubo rodeado otro de los ángulos obtusos del edificio. Se aplastó contra la pared y esperó. Unos segundos más tarde oyó el murmullo de unas pisadas que se aproximaban por la pesada alfombra. Corrió entonces a lo largo del nuevo tramo del corredor, abrió una puerta del final, se puso a descender por la escalera y se encontró cara a cara con un centinela armado. Llevaba el rifle al hombro y en las manos dos tazas de café.
—A su puesto, soldado — dijo Tavernor sacando su mejor voz de antiguo jefe del ejército.
Pasó junto al guardia y se encontró en el principio de la escalera. Su mente discurría locamente. ¿Guardias armados en la Residencia del Administrador? Los invitados a que se había referido Farrell debían ser miembros de la policía secreta militar. Había elegido, por lo visto, la gran noche para ir en busca de Lissa. Comenzó a bajar las escaleras, en dirección a la entrada principal y al amplio recibidor, que parecía desierto. El guardia del descansillo le estaba mirando fijamente con incertidumbre. Tavernor resistió la idea de echar a correr. Estaba todavía cerca de lo alto del tramo de escalera final, cuando se abrió la puerta del corredor y un sargento con cuerpo de toro apareció repentinamente en el rellano. Era el mismo veterano de pelo rojizo que Tavernor había tumbado en la puerta de entrada de la Base.
—¡Detened a ese hombre! — gritó el sargento como una fiera.
Tavernor se tiró literalmente de cabeza por el largo tramo de escalera en una caída controlada, tocando los escalones casi al fondo del tramo. Una larga zancada le colocó en el centro del vestíbulo, en el preciso momento en que apareció otro guardia procedente del exterior. Chocaron uno contra otro, y la carrera de Tavernor le desvió hasta dar contra una columna de mármol. Dio un paso atrás, aparentemente sin haber sufrido mayor daño, para desplomarse al cabo de unos instantes igual que un árbol truncado.
La habitación de la portería era larga y estrecha. Estaba iluminada por una simple luz que proporcionaba al ambiente una fría media luminiscencia sobre la escasa 4e-coración y mobiliario. Tavernor estaba sentado en una dura silla con las manos atadas a la espalda tratando de dominar el dolor que le torturaba el cuerpo a cada movimiento respiratorio. «Mis costillas», pensó desesperado. «Tengo que habérmelas roto.» Enfocó los ojos con dificultad. El sargento pelirrojo estaba de pie en la puerta con una pistola en la mano. Levantando los ojos Vio a Gervaise Farrell sentado en el filo de una mesa. Los cabellos de Farrell caían desordenados por su frente y la túnica que vestía se hallaba a medio abotonar en el pecho. Los ojos le brillaban de excitación.