El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]
- Автор: Шоу Боб
- Год: 1971
- Язык: испанский
- Год: Veron
- ISBN: 978-84-7255-005-6
- Переводчик: Francisco Cazorla Olmo
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]». Краткое содержание книги:
Mack resulta ser un veterano de la guerra que los terrestres mantienen con los psitcanos, una raza alienígena que persigue nuestro exterminio.
También aparecen en escena los “egones” que vienen a ser como las almas de los humanos, que viven en el espacio sideral.
Aquí es donde el libro está mejor logrado, pues esto de los egones es una idea creo bastante original. Es bonito ver como estos seres tienen un papel crucial en la guerra contra los psitcanos, aunque su desenlace no esté bien resulto desde el punto de vista argumental.
Al ir a coger la manecilla de la puerta, oyó en la radio una señal de cambio de programa y de una nueva emisión. Tavernor se detuvo, por si podía oír algo relacionado con la reacción del ejército en las pasadas actividades nocturnas.
… las grandes noticias del día, están relacionadas con el hecho importantísimo, en sociedad, de la boda del año, que tendrá lugar muy en breve aquí en El Centro, entre la señorita Lissa Grenoble, hija del Administrador Planetario, y el teniente coronel Gervaise R. Farrell, actualmente agregado a Cerulea número 1 y que, como ustedes saben, es el sobrino del Supremo Presidente Berkeley H. Gough.»
La voz profesional del locutor se detuvo un instante para respirar.
«El compromiso ha sido anunciado personalmente esta mañana por el Administrador Grenoble, quien ha manifestado haber recibido un taquigrama de felicitación y enhorabuena del Presidente Gough. Proporcionaremos mas detalles en sucesivos programas…»
Tavernor apagó la radio, sacudiendo la cabeza con énfasis y casi estúpidamente. ¡Lissa y Gervaise Farrell! Aquello era imposible. Su mente volvió hacia la última noche con Lissa a bordo del aparato volador de la joven. Lissa había sido suya. Y ahora lo sería de Farrell… La idea rebotó furiosa en su cabeza, resultándole imposible aceptarla. Salió al exterior, quedándose por un momento fijo en la contemplación de la calma del azul océano que se extendía más allá de los árboles. «No puedo reprochárselo», razonó mentalmente. «¿Qué alternativa le quedaba?» De una parte estaba Farrell, joven, apuesto, rico, famoso, de su misma categoría social, un¿ de los mejores partidos entre los solteros de toda la Federación, y de la otra, él, Tavernor… un hombre ya maduro, fugitivo, con las venas llenas de agua helada y un espíritu trastornado por el odio y la autocompasión.
«No, no puedo reprochárselo», repitió en voz alta, cerrando los ojos y apoyándose en el quicio de la puerta, mientras sentía un agudo dolor y una tremenda angustia. Y, con aquel dolor, le llegó a la mente una nueva apreciación interior de sí mismo. Sus frecuentes autoanálisis habían sido un fraude, una ficción; no eran sino una forma desviada de erigir otra pantalla alrededor del verdadero Tavernor, ya que la verdad auténtica era que sí se lo reprochaba a Lissa. Desde luego que era demasiado viejo para ella y que el matrimonio con Lissa estaba fuera de toda cuestión; pero Tavernor deseaba que la joven pasara el resto de su vida en una especie de luto solitario por él, como una princesa encarcelada en una alta torre, inalcanzable para otro hombre. Era una ridícula visión de la época del rey Arturo; pero era exactamente lo que estaba demandando el espíritu hinchado e incierto de Mack Tavernor, su ego descarriado. Mack se alejó lentamente de la casa.
Algún tiempo después comprobó que caminaba en dirección contraria, dirigiéndose al sur, hacia El Centro y hacia Lissa Grenoble, pero le fue imposible volver sobre sus pasos…
10
La Residencia del Administrador era un enorme edificio hexagonal impresionante y majestuoso, con toda la fachada de mármol y que ocupaba la cima de una colina redonda, como la capa de azúcar en una tarta. Tavernor menospreció su aspecto a la luz del día por la patente relación que ostentaba con la arquitectura colonial terrestre en el pasado; pero por la noche cobró una vista más sugestiva.
Saltó el muro que circundaba la colina, sintiendo un agudo dolor en la herida del pie y se dirigió hacia arriba atravesando grandes extensiones de arbustos y plantas de jardín. El edificio, inundado de luz que se expandía por las ventanas y balcones, muchos de ellos abiertos, se alzaba imponente frente a él. Suponiendo que Grenoble estuviera enfrascado en alguna de las recepciones o cenas de gala que tanto le gustaban, Tavernor fue dando la vuelta por la colina, hacia la puerta trasera del gran edificio. La corriente enjoyada del cinturón lunar del cielo de Mnemosyne se extendía sobre su cabeza.
Intentó de nuevo decidir qué iba a decirle a Lissa, en el caso de que pudiera ponerse en contacto con ella y de no ser capturado. ¿Qué iba a decirle? ¿Que sabía instintivamente que Farrell no era el hombre indicado para ella, a pesar de joven, rico, guapo y famoso? ¿Que él, Tavernor, había considerado generosamente sus anteriores decisiones y que ella podía casarse con él, siendo la esposa de un hombre fugitivo, huyendo probablemente de una sentencia de muerte? ¿O seria simplemente para decirle adiós? Fuese lo que fuese, había que decirlo con palabras.
La suite residencial, situada detrás del edificio, se hallaba en la oscuridad, excepto por la luz difusa procedente de otras habitaciones. Tavernor rodeó la piscina, cruzó un jardín y un patio. Intentó abrir todas las puertas y las ventanas que fue hallando a su paso; las encontró cerradas y acabó subiendo por una columna metálica hacia la galería. Uno de los dormitorios de la primera planta pertenecía a Lissa. Desde el exterior, sin embargo, no podía decir cuál era y, en cualquier caso, ella no podría hallarse allí, si estaba asistiendo a una fiesta en la planta baja. El mejor plan era esconderse en alguna parte hasta que todo el mundo se fuera a la cama y después entrar y encontrar la habitación de Lissa. Allí había una serie de cómodos sillones y de plataformas que giraban lentamente siguiendo el cinturón lunar del cielo de Mnemosyne, próximas a la balaustrada; pero daban la impresión de ser un mal escondrijo.
—Nunca viene nadie a mi habitación — dijo entonces una voz diminuta y familiar —. ¿ Por qué no te escondes allí?
—¡Bethia! — exclamó Tavernor, ocultando su sorpresa al volverse —. ¿ Qué te hace pensar que quiero esconderme?
La figurita de Bethia, vistiendo un largo camisón de dormir que le llegaba hasta los tobillos, le estaba observando desde el umbral de una arcada al final de la galería; por un momento Tavernor sintió rabia contra las circunstancias que forzaban a la niña a crecer siempre en la soledad.
—Ven por aquí — le advirtió Bethia.
Tavernor había notado la forma en que la niña había dejado de lado su contrapregunta y sonrió. Para una criatura de tres años de edad, no había nada de extraño en tener que esconderse con frecuencia en sus juegos. Siguió sonriendo divertido y la siguió por la arcada. Ella iba delante con el apagado ruido de sus zapatillas, asegurándose de que nadie hubiera en el corredor, y acabó por hacerle un gesto de conspiración con la mano.
La habitación de la niña era la primera a la derecha. Estaba iluminada sólo por la lamparita de la cama. Tavernor quedó de nuevo sorprendido por el hecho de que ningún objeto de la estancia proporcionaba evidencia de que su ocupante era una niña.
—¿Dónde guardas tus juguetes, Bethia?
—En un armario, por supuesto.
—¿Y por qué no te llevas alguno a la cama? Una muñeca, o algo así…
—No estaría ordenada y limpia.
—Pero te proporcionaría compañía.
Bethia hizo un gesto de impaciencia y después se ocultó la nariz con la mano.
—¡Una muñeca de compañía!
Bethia se movió de un lado a otro de la estancia profiriendo una silenciosa carcajada y Tavernor se sintió embarazado por una emoción que era incapaz de identificar. Amor, tal vez, pero pesadamente recubierto con — y encontró la palabra — respeto. Aquel diminuto fragmento de humanidad, tenía, con sus tres cortos años, desarrollada ya la inteligencia, el humor, la sabiduría y la autosuficiencia. Bethia, sintió Tavernor súbitamente, era el principal derecho del Hombre para sentirse orgulloso de pertenecer a la raza humana y la ascendencia sobre los pitsicanos. Excepto que algo había ido mal en alguna parte y que, a cada instante, cientos de Bethias como aquella, cada hora que pasaba, estaban siendo destruidas por los guerreros pitsicanos en las lejanas fronteras, cada vez más contraídas, de la Federación.