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El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]

Электронная книга - «El palacio de la eternidad [The Palace of Eternity - es]». Краткое содержание книги:

El libro relata las aventuras y desventuras de Mack Tavernor, un terrestre que vive en un planeta alejado de las rutas comerciales de la Federación Terrestre.
Mack resulta ser un veterano de la guerra que los terrestres mantienen con los psitcanos, una raza alienígena que persigue nuestro exterminio.
También aparecen en escena los “egones” que vienen a ser como las almas de los humanos, que viven en el espacio sideral.
Aquí es donde el libro está mejor logrado, pues esto de los egones es una idea creo bastante original. Es bonito ver como estos seres tienen un papel crucial en la guerra contra los psitcanos, aunque su desenlace no esté bien resulto desde el punto de vista argumental.
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Tavernor arrugó la frente al creer que olía de nuevo la pestilencia de los pitsicanos. ¿Cuántos años tendría aquella Bethia que entonces tenía frente a sí, antes de que aquellos seres monstruosos y extraños llegaran a Mnemosyne. ¿Veinte? Quizá menos. Ninguna comunicación, ninguna idea, ni una sola palabra se había entrecruzado jamás entre los humanos y los extraterrestres pitsicanos; pero el traslado del Cuartel General del COMSAC a Mnemosyne podría ser observado por los pitsicanos, en cuyo caso el planeta se convertiría en el objetivo número uno.

—¿Has venido para llevarte a Lissa?

—No. Me gustaría hacerlo, pero ahora es imposible. Sólo quiero hablar con ella.

—¿Por qué no te la llevas lejos de aquí?

—No puedo — dijo Tavernor vacilante —. Además, ¿no va a casarse con el coronel Farrell?

—Sí, pero…

—Pero, ¿qué?

—Es un hombre oscuro.

—¿Oscuro?

Tavernor detectó un extraño énfasis en la palabra y decidió comprobarlo.

—Lissa también es oscura.

Una mirada que pudo haber sido de decepción apareció en la carita de muñeca de Bethia.

—Es un hombre oscuro — repitió despacio, pero tú y Lissa tenéis… como una luz. Es algo extraño.

—¿Qué quieres decir, Bethia?

—Ahora me voy a la cama — dijo ella con determinación, arreglándose la camisa de dormir.

Tavernor la ayudó a subirse al enorme lecho y la recubrió con las ropas, tapándola completamente. La niña descansaba en el centro, con los bracitos a ambos lados y una mirada de pacífica contemplación en su rostro.

—Buenas noches, preciosa — le dijo Tavernor, sin que obtuviera respuesta.

Estudió aquella miniatura por un momento, fijándose en el resplandor de perla de su cutis suave, con un creciente sentimiento de tristeza. Después apagó la luz. La inutilidad de su propia vida parecía rodearle más de cerca con los muros de la oscuridad. Se aproximó a la ventana pensando no solamente en la futilidad de su vida, sino en la de toda la vida humana y apartó los pesados cortinajes. Los fragmentos lunares resplandecían en la quieta superficie de la piscina, parpadeando con un brillo argentino. Más allá de los árboles, las luces de El Centro y el resplandor de la nueva ciudad proclamaba la presencia del Hombre en aquella parte de la Galaxia, pero… ¿por cuanto tiempo? Incluso sin la amenaza de los pitsicanos, ¿por cuánto tiempo podría la larga caravana de la humanidad seguir sus pasos entre la infinitud de los tesoros que constituían el Universo? ¿Cuántos siglos? El espíritu exigía que la respuesta fuese por un número infinito, ya que otra cosa no le dejaría satisfecho; pero la mente tenía otra convicción diferente. Resultaba extraño pensar cómo un hecho insignificante, cual la detección de una partícula nuclear elemental, en un pequeño laboratorio de la Tierra, hubiese tenido el poder de barrer todas las esperanzas del Hombre en su colectiva inmortalidad.

El taquión, incapaz de existir a velocidades inferiores a la de la luz, ganaba en velocidad mientras disminuía su energía, acelerándose hasta poder cruzar la gran espiral galáctica en una fracción de segundo. Había abierto el espacio al género humano, pero, al propio tiempo, le había cerrado las puertas del futuro. El continuo espacio-tiempo estaba vacío. Con el comunicador taquiónico, la civilización humana podía haber hablado a otras civilizaciones existentes a distancias que era preciso medir en años luz por miles, con la sola limitación de la disminución de su energía en función del incremento de velocidad. Pero en lugar de un éter burbujeante de voces inteligentes, el indagador taquiónico no había encontrado nada.

La extensión del tiempo era demasiado grande. Las civilizaciones podían surgir, florecer y morir en profusión, pero los momentos culminantes del tiempo galáctico, cuando tales civilizaciones vecinas se hallaban en el cenit de su vida tecnológica, raramente coincidían.

Sólo un puñado de pulsares[1] — unos faros cósmicos operantes artificialmente señalaban con su luz crepitante y paciente, el susurro de culturas que ya habían gozado la breve hora de su vida y se habían desvanecido en el inimaginable pasado. Y la nueva información significaba que los valores utilizados en la impresionante tabla de von Hoerner para los tiempos de duración y probabilidades de destrucción de las civilizaciones técnicas tenían que ser drásticamente revisados. La civilización de la Tierra estaba entrando en la fase de desarrollo descrita como del tipo II, capaz de utilizar y canalizar la totalidad de la entrada de radiaciones de su estrella, centro del sistema solar, en la cual, de acuerdo con la tabla original de von Hoerner, su duración vital podría ser de unos 65.000 anos.

Pero la revisión post-taquión había reducido la cifra a sólo unos 2.000 años. Y la absurda broma cósmica que había colocado a los humanos y pitsicanos tan cerca juntos en el tiempo y el espacio parecía haber reducido más aún tan pobre duración hacia el punto final.

Las cifras, las matemáticas y los cálculos rebullían en la cabeza de Tavernor como hojas muertas en un torbellino, cuando oyó la voz de Gervaise Farrell al exterior de la ventana.

Miró hacia la derecha, a través de los cortinajes separados y vio que la balaustrada terminaba sólo a pocos pies de la ventana de Bethia. Farrell se hallaba inclinado sobre la baranda mirando fijamente hacia el sur de la nueva ciudad. Un cigarrillo brillaba en sus labios.

… confesarle que me ha sorprendido, hijo mío — era la voz de Howard Grenoble, clara y precisa, aunque se hallaba fuera de la línea de visión de Tavernor —. Encuentro la totalidad del asunto muy difícil de aceptar.

—¿De veras? — preguntó Farrell fríamente —. No estoy acostumbrado a que se dude de mi palabra.

—No, no, no quería implicarle. Es solo que no podía suponer que el COMSAC tuviera tal confianza en las decisiones del MACRON.

—El MACRON es un máquina lógica que tiene a su disposición la totalidad del conocimiento humano. Y no toma decisiones. Es un instrumento de incalculable utilidad para obtener valores sobre probabilidades; pero nunca toma decisiones — en la voz de Farrell se advertía un matiz de irritación —. ¿Me explico con claridad?

—Perfectamente claro, gracias — repuso Grenoble hablando con precisión —. Pero… ¿por qué aquí, en Cerulea? ¿Cuáles han sido los factores que influenciaron al MACRON en hacer su… digamos recomendación?

Farrell tomó un trago de un frasquito de chispas.

—En toda la Federación no hay más de seis hombres que sepan cómo responder a esa pregunta.

—Comprendo.

—¿Comprende usted la necesidad?

—Por supuesto… tal conocimiento tiene que ser restringido. Perdóneme por haberle hecho esa pregunta — Grenoble comenzaba a mostrase sombrío y disgustado —. La guerra pareció estar siempre tan lejos de Cerulea, que el haber visto como la totalidad del Cuartel General ha descendido sobre nosotros…

—Sobre usted. Eso me hace pensar en la plaga de la langosta…

—En absoluto. Me siento honrado. Todo mi personal lo está igualmente. Es solo que ese MACRON parece tener…

Farrell dejó escapar una carcajada sarcástica.

—¿Es que el MACRON se le ha atravesado y le pica en la garganta? ¿No es así, Howard? Yo le diré qué es lo que le molesta a usted en todo este asunto. Es el hecho de que la decisión de planear la instalación del Cuartel General aquí, no ha venido a través de mi tío, diciéndome algo parecido a: «Conozco cuál es el planeta ideal, caballeros. Gozarán ustedes de una feliz estancia en Cerulea. El viejo Howard Grenoble tiene una excelente mesa y una bodega de primera clase…»

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1

Pulsar. Uno de los últimos descubrimientos de la Astronomía. Consiste en una masa estelar que emite frecuencias de diversas radiadas y de las cuales en nuestra Galaxia se han descubierto y están en estudio sólo un reducido número. Emiten como una pulsación periódica, medida a veces en minisegundos, y aunque todavía no se conoce bien su origen y constitución, se las asocia con estrellas de neutrones. Su descubrimiento ha sido posible gracias al radiotelescopio. Es otro gran enigma del Universo.

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