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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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El viejo Bennett le había hablado de su fe, que consideraba plenamente en consonancia con la devoción a Madre Stratos. Al parecer se transmite en los santuarios masculinos, y ya no podría ser erradicada ni siquiera aunque las sabias y las consejeras lo intentaran.

¿Pero cómo comenzó? No había hombres entre las Fundadoras, cuando las primeras cúpulas—hábitat florecieron en el Continente del Aterrizaje. Múltiples generaciones diseñadas en laboratorios vinieron y se fueron antes de que los Grandes Cambios se completaran. Nuestras antepasadas sólo sabían lo que las Fundadoras decidieron contarles.

¿Entonces cómo supieron de Dios aquellos primeros hombres de Stratos?

Era algo más que un ejercicio intelectual. Si Leie ha muerto, tal vez su espíritu se haya reunido con el del planeta y sea parte del arco iris que veo allí. La imagen era poética y hermosa. Sin embargo, también había algo tentador en la idea del viejo Bennett de una vida después de la muerte en un lugar llamado cielo, donde se aseguraba una continuidad más personal, con recuerdos y un sentido del yo. Según Bennett, los muertos también podían oírte cuando rezabas.

¿Leie?, proyectó lenta, solemnemente. ¿Puedes oírme? Si lo haces, ¿podrías mandarme una señal? ¿Cómo es el otro lado?

Podría haber habido una respuesta en la forma en que la luz jugueteaba sobre el agua, o en los distantes gritos de las gaviotas. Si así fue, resultó demasiado sutil para que Maia la captara. Así que se consoló imaginando cómo habría respondido su hermana gemela a una petición tan impertinente.

Eh, acabo de llegar, idiota. Además, si te lo cuento estropearé toda la diversión.

Con un suspiro, Maia se dio la vuelta y sacó unas tijeras de podar del bolsillo de su bata prestada. Mientras sanaba, había pagado cama y mesa ayudando a cuidar el patio de árboles nativos de Stratos que cada templo estaba obligado a mantener como parte de su deber hacia el planeta. Era un trabajo agradable, y parecía llevar consigo su propia lección.

—Tú y yo estamos ambos en peligro, ¿no? —le dijo al bajo matorral retorcido que había estado cuidando antes de abstraerse. Eones de evolución habían dotado las hojas del árbol jacar con defensas químicas para mantener a raya a los herbívoros locales. Aquellas toxinas habían resultado inútiles para detener a las criaturas procedentes de la Tierra. Desde los conejos a los ciervos o los pájaros, todos encontraban el jacar delicioso, y sólo rara vez se cultivaba. Los cinco especímenes de aquel jardín constaban en el catálogo mantenido en la lejana Caria.

—Tal vez los dos pertenecemos a un lugar como éste —añadió Maia, haciendo un último corte y dando un paso atrás para observar su trabajo terminado. Entonces se volvió hacia el huerto, los lechos de flores, el templo de paredes de estuco del refugio. ¿Te lo estás pensando mejor?, se preguntó a sí misma. Un poco tarde, ahora que has dicho que te marchas.

De camino al cobertizo de la jardinera, dejó atrás las paredes desmoronadas de un edificio aún más viejo. Un templo anterior, le había explicado una de las hermanas, sugiriendo a Maia que, si quería saber más, se lo preguntase a Madre Kalor. Primero Maia exploró las ruinas por su cuenta, y se quedó asombrada al encontrar un erosionado bajorrelieve, aún ligeramente visible entre los pegajosos dedos de enredadera. La figura más fácil de reconocer era la de un feroz dragón protector, sus alas extendidas sobre una escena de tumulto. Chorros de llamas parecían brotar de sus fauces abiertas hacia una especie de rueda flotante, reducida casi a la nada. Tras mirar con más atención, Maia descubrió que el «fuego» consistía en finas líneas cuyo origen eran los dientes del dragón.

Después de excavar bajo la bestia metafórica, descubrió, medio enterrada en el limo, una batalla de demonios (un grupo llevaba cuernos en la cabeza y el otro barbas); estaban enzarzados en un combate mano a mano tan feroz que, incluso enmudecida por la edad, la escultura le produjo a Maia un escalofrío.

Más tarde se enteró de que era una obra antigua, de la época inmediatamente posterior a la llegada del Enemigo, que casi destruyó la cultura homínida en Stratos. Y, no, explicó Madre Kalor cuando se lo preguntó, aquellos cuernos de demonio eran alegóricos. El oponente real no los tenía.

Al inspeccionar de cerca las gastadas caras de piedra, descubrieron que sólo la mitad de las figuras defensoras llevaban barba. Sin embargo, Maia preguntó:

—¿Eran herejes?

—¿Quiénes construyeron este templo? No lo creo. Hay Perkinitas y demás tierra adentro, por supuesto. Pero que yo sepa, Grange Head siempre ha sido ortodoxa.

Madre Kalor le ofreció el libre uso de los archivos del templo, y Maia se sintió tentada a aceptar. Si hubiera venido aquí por cualquier otro motivo, podría haber dejado que la curiosidad la guiase. Pero no parecía haber razón alguna, ni tenía energía que malgastar entre el tedio del pesar y la recuperación. De todas formas, Maia se había hecho un juramento: ser práctica de ahora en adelante, y vivir de día en día.

Tras llegar al cobertizo, se quitó la bata y tendió las tijeras de podar a la jardinera jefa, que estaba sentada ante una mesa cuidando retoños. La sonrisa beatífica de la anciana monja demostraba la paz que podía conseguirse siguiendo este camino en la vida. El amable camino llamado el Refugio de Lysos.

La sacerdotisa—madre no pareció ofendida por la negativa de Maia a tomar los hábitos de novicia. Consideró un tributo a las atenciones del templo que Maia estuviera dispuesta a partir una vez más.

—Tu lugar está en el meollo de las cosas —dijo Kalor—. Estoy segura de que el destino y el mundo te tienen un papel reservado.

La amabilidad y gentileza del trato recibido allí alegraron el corazón de Maia. Siempre recordaré este lugar. Era como doblar un recordatorio para guardarlo en un desván. Podría llevarse el recuerdo para observarlo de vez en cuando, pero no para vivirlo de nuevo.

En otros tiempos había sentido algo especial al dar con alguna nueva idea, o persona, o cosa.

Siempre había disfrutado de comentárselo a su gemela. Era mucho mejor que recordar simplemente por su propio placer. Pero, a partir de ahora, Maia tendría que aprender a apreciar ella sola las cosas buenas que encontrara en el mundo.

Ese hecho desnudo siguió constituyendo un profundo vacío interior, a pesar de la reducción gradual del dolor. Aunque suavizada por el tiempo, la sensación de pérdida continuaría acompañándola mientras viviera, y la llamaría infancia.

Consideremos las pesadillas de los niños. O nuestros propios temores cuando recorremos alguna calle a oscuras. ¿Inventáis fantasmas? ¿Bestias depredadoras? ¿O toman la mayoría de esos horribles fantasmas la forma de hombres que acechan en las sombras con viles intenciones? Para adultos y niños, mujeres y hombres, el miedo suele vestir atuendos masculinos.

Oh, y a menudo también la salvación. Nuestra facción nunca sostuvo que todos los hombres fueran brutos. Al contrario, la historia habla de maravillosos seres humanos que fueron varones. Pero consideremos cuánto tiempo y energía pasaron esos buenos hombres contrarrestando a los malos. Hagamos balance y ¿qué nos queda? Más problemas de los que esos buenos se merecen.

Ésa fue la razón de los primeros experimentos partenogenéticos en Herlandia: intentar apartar por completo la masculinidad del proceso humano. Intentos que fallaron. La necesidad de un componente masculino parece profundamente arraigada en la química de la reproducción de los mamíferos. Ni siquiera nuestras técnicas más avanzadas pueden suplirla con garantías.

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