Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
¿Qué me importa?, respondió Maia, con un encogimiento de hombros. Con el navegante y el segundo oficial perdidos en la tormenta, y el primer oficial en cama con una concusión, sólo había una persona a bordo capaz de ayudar al capitán del Wotan a pilotar aquella bañera. Tras esforzarse por convertir una afición en una habilidad útil, Maia había aprendido rápidamente por qué según la tradición se requería más de un ojo en el sextante, para comprobar cada medición. La costumbre prevaleció durante las dos últimas terribles semanas, hasta que recuperaron el rumbo. Todos ellos habían cometido a menudo errores que podrían haber causado algún desastre, si los demás no hubieran estado allí para darse cuenta.
Pero aquí estamos. Eso es lo que importa, supongo.
Estaba dispuesta a satisfacer el deseo del capitán para este ejercicio final, comparando notas sobre técnica en una bahía segura, cuya posición oficial era conocida al centímetro. Ayudaba a pasar el tiempo mientras sus heridas sanaban, y mientras miraba por rutina el mar, esperando divisar una vela que sabía que nunca iba a aparecer.
El capitán recogió su punzón y descubrió una carta en la que aparecían las coordenadas de la bahía de Grange Head.
—Bien, tienes razón. No tenía visión de amanecer a causa del satélite rojo en el Arado. Son cinco pulsos, no tres. Por eso mi longitud estaba mal.
Maia intentó ser amable, por Naroin.
—Es un error fácil de cometer en el crepúsculo, capitán. Los Exteriores han colocado un nuevo señalizador este verano, como favor a la Autoridad de Navegación de Caria, después de que la antigua luz de cinco segundos se apagara.
—Mm. Si tú lo dices… Un nuevo satélite pulsador. Qué bien. Debe de haber sido publicado. Nuestra tele santuario ha estado estropeada, pero eso no es ninguna excusa. Ya debe estar arreglada, maldición.
»Lo hemos tenido fácil durante mucho tiempo —suspiró—. Es raro que una tormenta de verano se produjera tan tarde este año.
Puedes decirlo otra vez, pensó Maia. Los efectos de la galerna habían aparecido sobre las aguas aún revueltas al día siguiente, cuando los vientos por fin se calmaron lo suficiente para que pudieran buscar. Tablones y otros restos de naufragio rescatados indicaban que el suyo no había sido el único drama vivido durante la noche. El momento culminante llegó mientras surcaban las aguas de un lado a otro, buscando desesperados, y encontraron un trozo de madera a la deriva que, tras ser izado a bordo, mostró parte de las letras Z—E—U.
Las pasajeras y la tripulación se quedaron mirando en un aturdido silencio. Los días siguientes tampoco aportaron ninguna esperanza. El silencio en la radio se volvió desesperante. Ayudar a la tripulación a llevar a puerto su barco herido proporcionó a Maia una bendita distracción a su dolor y su ansiedad.
Tengo que llegar a puerto. Tal vez la sensación de estar en tierra firme me ayude.
—Gracias por todo lo que me ha enseñado, capitán —dijo Maia, inexpresivamente—. Pero veo que ya han terminado de cargar la barcaza. No debería hacerlos esperar.
Se inclinó torpemente para coger la correa de su petate, pero Pegyul se le adelantó y se la echó al hombro.
—¿Estás segura de que no quieres quedarte?
Ella sacudió la cabeza.
—Como usted mismo ha dicho, hay una posibilidad de que mi hermana esté viva por ahí. Tal vez llegará a puerto, o tal vez haya sido rescatada por otro barco. De todas formas, éste era nuestro destino cuando nos alcanzó la tormenta. Aquí es donde vendrá, si puede.
El hombre pareció vacilar. También él había sufrido pérdidas con la desaparición del Zeus.
—Serás bienvenida entre nosotros. Tendrás un hogar hasta la primavera, y cada tres cuartos de año después.
A su modo, era una oferta generosa. Otras mujeres, como Naroin, habían elegido ese camino, viviendo y trabajando en la periferia del extraño mundo de los hombres. Pero Maia negó con la cabeza.
—Tengo que quedarme aquí, por si aparece Leie.
Maia vio que él aceptaba su decisión con un suspiro, y se preguntó cómo podía ser la misma persona a la que había despreciado allá en Puerto Sanger por considerarla sin interés. Sus defectos seguían siendo evidentes, pero ahora formaban parte de una mezcla sorprendentemente compleja para una criatura tan simple como era el hombre. Tras pasar el petate al piloto de la barcaza, llena de oscuro carbón, el capitán Pegyul sacó de uno de sus bolsillos una sólida herramienta de bronce.
—Es el sextante del segundo de a bordo —explicó, mostrándole cómo se desplegaban los tres brazos. Tenía dos tiras de cuero para atarlo al brazo de su propietario—. Un instrumento portátil. Esto indica el reflector principal. ¿Ves? Es una especie de lanzadera. Incluso tiene un indicador para la Vieja Red, ¿la ves aquí?
Maia se maravilló ante el objeto. Los viejos indicadores nunca volverían a encenderse, claro. Lo señalaban como una reliquia de otra época, cascada y sin nada que ver con los hermosos aparatos hechos a mano en los talleres de los santuarios modernos. Con todo, el sextante era a la vez un objeto que reverenciar y de utilidad.
—Es muy bonito —dijo. Cuando el capitán volvió a plegarlo, Maia vio en la cubierta un grabado de una nave aérea, un diseño caprichoso y extravagante que obviamente nunca podría volar.
—Es tuyo.
Maia alzó la cabeza, sorprendida.
—Yo… no podría.
Él se encogió de hombros, tratando de quitar solemnidad a lo que ella notó que era un gesto cargado de emoción.
—Me he enterado de cómo intentaste salvar a Micah con el cubo. Pensaste rápido. Podría haber funcionado… si la suerte hubiera sido diferente.
—En realidad yo no…
—Micah era hijo mío. Un chico grande, fuerte, alegre. Pero había demasiado de Ortyn en él, si entiendes lo que quiero decir. Nunca pudo aprender a utilizar bien un sextante.
Pegyul tomó la pequeña mano de Maia entre las suyas y colocó firmemente en su palma el instrumento de bronce, cerrando sus dedos en torno al disco frío y liso.
—Dios te guarde —dijo, con un temblor en la voz.
—Y que Lysos te guíe. Eia —respondió Maia.
Él asintió con un leve movimiento de cabeza, y se dio la vuelta.
Cargada hasta arriba, la barcaza de carbón cruzó lentamente la cristalina bahía. Grange Head no parecía gran cosa, pensó Maia, sombría. Había poca industria aparte del transporte de productos a las incontables granjas repartidas por las llanuras de tierra adentro que accedían al mar mediante pequeños ferrocarriles solares. La energía solar no era suficiente para permitir que los trenes cargados remontaran las empinadas montañas costeras, así que una pequeña planta generadora era un cliente fijo para el carbón de Puerto Sanger. El muelle solitario carecía de espacio para que atracara el viejo Wotan, por ello el cargamento llegaba a tierra barcaza tras barcaza.
Naroin fumaba su pipa y observaba en silencio a Maia.
—Quería comentarte —dijo por fin—, que utilizaste un buen truco durante la avalancha.
Maia suspiró, deseando que se le hubiera ocurrido mentir sobre el maldito cubo, en vez de farfullar semiinconsciente toda la historia a sus rescatadores.
Su acto reflejo no había sido suficientemente premeditado como para ser considerado generoso, mucho menos heroico. Simple instinto, eso fue todo. De todas formas, el fútil gesto no había salvado al pobre hombre.
Sin embargo, resultó que Naroin no se refería a esa parte del episodio.
—Usar la pala de la forma en que lo hiciste —dijo—. Eso sí que fue pensar rápido. La hoja te dejó un pequeño recoveco para respirar. Y el mango alzado de aquella manera nos indicó dónde cavar. Pero dime una cosa, ¿sabías que hacemos esos mangos de bambú hueco? ¿Supusiste que el aire podría pasar?