Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Maia se preguntó dónde se metería Naroin en verano, para así poder evitar quedar atrapada en la misma ciudad.
—Suerte, contramaestre. Estás equivocada si ves algo más en ello. Sólo pura suerte.
La maestra de armas se encogió de hombros.
—Esperaba que dijeras eso.
Para alivio de Maia, la mujer dejó correr las cosas, permitiéndole realizar el resto del trayecto en silencio. Cuando la barcaza llegó al muelle de la ciudad, con su fila de grúas de madera, la contramaestre se levantó y gritó.
—Muy bien, escoria, manos a la obra. ¡Tal vez podamos salir de este agujero en la costa antes de la marea!
Maia esperó a que la barcaza estuviera bien atracada y los demás saltaran a tierra antes de pisar con cuidado la tabla con su petate a cuestas. El firme muelle de piedra la mareó un momento, como si el movimiento de un barco fuera más natural que una superficie anclada sobre roca. Apretando los labios para no mostrar su dolor, Maia se dirigió a la ciudad sin echar una mirada atrás. Contando su bonificación, podría permitirse descansar y sanar durante algún tiempo antes de buscar trabajo. Con todo, las siguientes semanas serían un tiempo de prueba, de mirar el mar, de aferrar la lupa de su pequeño sextante con la vana esperanza de ver una vela asomar entre los acantilados, de luchar para impedir que la depresión la envolviera como una mortaja.
—¡Hasta la vista, mocosa Lamai! —gritó alguien a su espalda, presumiblemente la var de duro rostro que se mostró tan hostil aquel primer día en el mar. Esta vez el insulto no tenía mala intención, y probablemente denotaba hasta respeto. Maia carecía de voluntad para replicar ni siquiera con el obligatorio y amigable gesto obsceno. Simplemente, no tenía fuerzas.
En los antiguos días, en las viejas tribus, los hombres obligaban a sus mujeres e hijas a adorar a un dios masculino de ceño fruncido, a una deidad vengadora de relámpagos y reglas bien ordenadas cuya costumbre era gritar y tronar para luego dejarse llevar por arrebatos de sentimentalismo y de perdón. Era un dios como los propios hombres: un señor de extremos. Sacerdotes vocingleros interpretaban las interminables y complejas reglas de su Creador. Disputas abstractas conducían a la persecución y a la guerra.
Las mujeres podrían habérselo dicho —continuaba supuestamente Lysos—, si los hombres hubieran cesado de disputar y nos hubieran preguntado la opinión. La creación misma podría haber sido un astuto golpe de genio, un trazado de leyes. Pero atender al mundo día a día es un asunto complicado, más parecido al inspirado caos de una cocina que a la estéril precisión de una sala de mapas o de un estudio.
Brisas intermitentes agitaban la página que estaba leyendo. Apoyada en la vieja pared de piedra del huerto de un templo, mirando más allá de los tejados de Grange Head, Maia alzó la cabeza para ver cómo las nubes bajas ocultaban por un instante un mar brillante y plácido, cuyas olas verdes destellaban con plateados bancos de peces y la sombra aleteante de los pájaros pescadores. Los colores eran encendidos, voluptuosos. Mezclados con los olores que transportaba el viento fuerte y húmedo, componían un festín para los sentidos, sazonados con los fecundos aromas de la vida.
La belleza era inflexible, reconfortante. Ella comprendió el sentido: la vida continúa.
Con un suspiro, Maia volvió a prestar atención al librito.
Un planeta vivo requiere una metáfora mucho más compleja para la deidad que sólo un Padre grande con un puño enorme —continuaba el párrafo—. Que un Padre omnisciente y todopoderoso ignore tus oraciones es algo personal. Oye sólo el silencio durante el tiempo suficiente y empezarás a preguntarte por Su poder. Su justicia. Su existencia misma.
Pero la excusa de un Mundo—Madre para no responder es simple. Nunca ha mantenido una omnipotencia egoísta. Tiene a incontables otras criaturas aferradas a Su delantal, incluidas miríadas de especies incapaces de hablar por sí mismas. A Sus criaturas mayores les dice: Id a buscarlo al frigorífico. Salid a jugar fuera. Buscad un trabajo.
¡O mejor aún, echadme una mano! No tengo tiempo para quejas estúpidas.
Maia cerró el libro con un suspiro. Había pasado buena parte de la tarde reflexionando sobre aquel pasaje que, según se decía, había escrito la Gran Fundadora en persona. No era parte de un escrito formal. Sin embargo, mientras trabajaba en el jardín del templo, Maia no dejó de pensar en él. La Sacerdotisa—Madre Kalor le había prestado el libro cuando lecturas más tradicionales no consiguieron aliviar su dolorido corazón. Contra toda expectativa, la había ayudado. El tono, más abierto y llano que el de la liturgia, era agudamente irónico a veces. Por primera vez, Maia descubrió que podía imaginarse a Lysos como una persona a la que le habría gustado conocer. Después de semanas de depresión, Maia consiguió su primera sonrisa.
Sus heridas eran peores de lo que nadie esperaba cuando desembarcó del Wotan semanas atrás. O tal vez carecía de voluntad para sanar. Cuando la encargada del sucio hotelito la encontró en cama una mañana, sudorosa y febril, la clónica mandó llamar a sus hermanas del templo local para que acudieran a atenderla.
—Lo sentimos mucho, pequeña hermana —repetían las acólitas cada mañana—. No hay rastro del Zeus. Ninguna mujer parecida a ti ha desembarcado.
La madre del templo incluso pagó de su propio bolsillo llamadas por Red a Lanargh y otros puertos. El barco en el que viajaba Leie había sido declarado como desaparecido. Su cofradía había reclamado el importe del seguro y estaba de luto oficial.
Maia dio las gracias a Madre Kalor por su amabilidad, luego fue a su celda y se arrojó, sollozando, sobre el estrecho jergón. Lloró con los dientes apretados, golpeando el colchón hasta que los dedos se le quedaron insensibles. Se pasaba casi todo el día durmiendo, se agitaba y revolcaba cada noche, y perdió interés en la comida.
Quería morirme, recordó.
Madre Kalor no parecía preocupada.
—Esto es normal. Pasará. Las vars tendemos a intimar más cuando estamos unidas a alguien. Eso hace que la pérdida sea más dura de lo que ninguna clon puede comprender.
»A menos que la clon haya perdido a toda su familia de una vez, claro está. Ni tú ni yo podemos imaginar esa devastación.
Pero Maia sí podía imaginarlo. En cierto modo había perdido una familia, un clan. Leie había estado ahí toda su vida. A veces irritante o enojosa, aquella presencia también había sido su compañera, su aliada, su reflejo. La idea de Maia de separarse la mañana de la partida había sido para desarrollar habilidades independientes, pero siempre con un objetivo final conjunto. El sueño compartido.
Se maldijo. Es culpa mía. Si hubieran permanecido juntas, ahora estarían unidas, vivas o muertas.
La sacerdotisa dijo todas las cosas de rigor sobre que las supervivientes no debían considerarse culpables, que Leie habría querido que Maia prosperase, que la vida debía continuar. Maia apreciaba sus esfuerzos. Al mismo tiempo, sentía resentimiento hacia esta mujer por interferir en su miseria. Esta var que había elegido convertirse en «madre» porque era algo seguro y conveniente.
Al fin, en parte debido al agotamiento, Maia empezó a recuperarse. La juventud y una buena alimentación aceleraron la mejoría física. Las contemplaciones teológicas también jugaron un pequeño papel. Antes me preguntaba cómo es que los hombres tienen aún un dios del trueno. Una deidad que todo lo ve y que observa cada acción, preocupándose por todos los pensamientos.