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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Tras deslizarse por un desmoronadizo talud, Maia llegó a un escenario infernal, allí donde las tablas rotas permitían que toneladas de carbón se vertieran hacia la derecha en grandes montañas inclinadas. Otras vars se habían unido ya a los hombres de abajo y luchaban por domar el rebelde cargamento lanzándolo paletada a paletada sobre las paredes crujientes de otros compartimentos que aún seguían enteros. Alguien tendió a Maia una pala y se puso a cavar, ayudando en el penoso esfuerzo. A través de la sofocante neblina, vio que un trío de clónicas también trabajaba con ahínco: pasajeras de primera clase cuyo clan debía haber enseñado a sus hijas que unas manos sucias eran preferibles a la muerte.

Una buena cosa a tener en cuenta para el currículum de nuestras hijas, reflexionó una parte remota de Maia, arrinconada junto con otras partes que seguían gimiendo llenas de ciego terror. No había tiempo para el miedo ni para la objetividad mientras se disponía a cumplir con su tarea.

Llegaron más ayudantes cargando cubos. Un oficial empezó a gritar y señalar, organizando una cadena humana: las mujeres en el centro pasaban cubos de plástico mientras los hombres los llenaban a paletadas en un extremo, lanzando el carbón de una partición a otra. El trabajo de Maia era proporcionar constantemente cubos vacíos y luego ponerlos en movimiento cuando estaban llenos. Aunque la desesperación guiaba su fuerza, y las hormonas de peligro superaban sus náuseas, tenía problemas para mantener aquel ritmo frenético. El torso del marinero se alzaba como una gran bestia, emitiendo un calor tan palpable que Maia temió que prendiera el carbón y los enviara a todos al infierno patarkal convertidos en una gigantesca bola de fuego.

El ritmo se incrementó. La agonía corría desde sus manos a sus fatigados brazos y cruzaba su espalda. Todos los demás eran mayores, más fuertes, más experimentados, pero eso apenas contaba, estando las vidas de todos en peligro. Sólo el trabajo en equipo contaba. Cuando Maia volcó un cubo, le pareció que se terminaba el mundo.

¡Concéntrate, maldita sea!

No se terminó, todavía no. Nadie la reprendió, y ella no lloró, porque no había tiempo. Otro cubo ocupó el lugar del caído y ella se agachó, esforzándose por trabajar más deprisa.

Cubo a cubo, fueron reduciendo el carbón caído. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, el volumen parecía aumentar. La montaña negra parecía cada vez más alta en el mamparo de estribor. Peor todavía: el depósito que habían estado cargando, a popa, empezó a gemir y a chirriar, y sus planchas a abultarse hacia fuera. Nadie podía decir cuánto aguantaría aquella partición la creciente inversión de la gravedad. Todos los cubos que arrojaban no hacían más que aumentar la carga.

De repente, un chasquido ensordecedor sonó en cubierta. Algo pesado debía de haberse soltado por fin de los cordajes. A través del resonar en su cráneo, Maia oyó sonidos de distantes vítores. Casi de inmediato, sintió que el carguero se libraba de las frustradas garras del viento. Con un gemido palpable, el timón del Wotan respondió por fin a la fuerza de su piloto y el barco se liberó, girando para huir de la tormenta.

En la bodega, junto a Maia, una var soltó un largo suspiro cuando la horrible inclinación empezó a reducirse. Una de las clones se echó a reír, soltando la pala. Maia parpadeó cuando alguien le palmeó la espalda. Sonrió y empezó a soltar el cubo que tenía en las manos…

—¡Cuidado! —gritó alguien, señalando la montaña de carbón de la derecha. Sus esfuerzos habían sido recompensados, sí. Demasiado rápido. Cuando la inclinación a estribor se redujo, el impulso hizo oscilar la nave más allá de la vertical en un movimiento contrario. La negra masa tembló, luego empezó a desmoronarse.

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritó un oficial, sin que hiciera falta, pues la tripulación y las pasajeras saltaban hacia las escaleras, se subían a los depósitos de madera o, simplemente, echaban a correr. Todos menos los que se encontraban más cerca de la avalancha, para quienes ya era demasiado tarde. Maia vio una expresión de estupefacción cruzar el rostro del gran marinero que estaba a su lado, mientras la negra ola se desplomaba hacia ellos. Tuvo tiempo de parpadear, luego su alarido de sorpresa se ahogó cuando Maia alzó el cubo sobre sus hombros, cubriéndose la cabeza.

El impulso de su salto la llevó hacia arriba, de forma que el tsunami de antracita no la cogió de inmediato. El corpachón del pobre marinero protegió a Maia por un instante, luego se sintió nadar a través de una bruma de piedras afiladas, mientras se arrastraba frenéticamente colina arriba. Al intentar aferrarse a algo, su mano chocó con el mango de una pala y lo agarró espasmódicamente, mientras sus piernas y abdomen quedaban atrapados, Maia apenas consiguió alzar la herramienta y usar la hoja de acero para protegerse la cara.

Un sonido como el fin de toda la eternidad trajo consigo una súbita oscuridad.

El pánico, una intensa fuerza animal que la sacudía y agitaba convulsivamente contra el entierro y la asfixia, se apoderó de ella. Una ceguera aterradora y un peso aplastante la envolvieron. Quiso golpear al enemigo que la apretaba por todas partes. Quiso gritar.

El ataque pasó.

Pasó porque nada se movía, no importaba cuánto se esforzara. Nada. El cuerpo de Maia retornó al control consciente simplemente porque el pánico demostró ser completamente inútil. La consciencia era la única parte de ella que podía pretender moverse.

Con su primer pensamiento coherente, al encontrarse sepultada por toneladas de duro carbón, Maia advirtió que había en efecto cosas peores que la acrofobia o el mareo. Y sin embargo, algo encabezaba el catálogo de sorpresas.

No estoy muerta.

Todavía no. En medio de la oscuridad y la terrible agonía, esforzándose por encontrar una zona entre el desmayo y la histeria, Maia se aferró a ese hecho e intentó hacer uso de él. La presión del caliente acero oxidado contra su cara le daba una pista. La hoja de la pala no había impedido que la avalancha la enterrara, pero había protegido un pequeño espacio, una bolsa de aire rancio sin carbón. Así que tal vez se asfixiara, en vez de ahogarse. No parecía haber mucha diferencia, aunque el fuerte olor del metal era preferible a tener la nariz llena del horrible polvo.

Pasó el tiempo. ¿Segundos? ¿Fracciones de segundo? Ciertamente, no minutos. No podía haber tanto aire.

El barco había dejado de mecerse, gracias a Stratos, o el movimiento de la carga la habría convertido rápidamente en pulpa. Incluso con el lecho de carbón inmóvil, sentía casi cada centímetro cuadrado de su cuerpo magullado y lacerado por las duras rocas. Sin nada más que hacer excepto el inventario de sus agonías, Maia descubrió que era posible distinguir sutiles diferencias de textura. Cada pedazo de roca que apretaba su cuerpo tenía una sádica personalidad tan individual que podía ponerles nombre… ésta, Aguja; la que tenía debajo del pecho izquierdo, Pellizco, y así sucesivamente.

Mientras los segundos se sucedían, notó un único punto de contacto: una tensa y latente constricción que parecía suave pero rítmicamente inflexible. Advirtió con sorpresa que ¡alguien le agarraba una pierna! Albergó la esperanza de haber sido derribada boca arriba y de tener un pie al descubierto, y que aquellos apretones significaran que venían en su ayuda.

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