Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]
- Автор: Шеффилд Чарльз
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-7735-934-2
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]». Краткое содержание книги:
Sólo unos pocos seres humanos que habitan en las primitivas colonias en órbita en torno a la Tierra logran escapar a la hecatombe Nuclear. Deben iniciar el éxodo en busca de nuevos mundos lejos de la Tierra destruida.
27.698 D.C.
A estos mundos llegan los inmortales, seres con extraños lazos con la vieja tierra, que parecen vivir eternamente, que pueden recorres años luz en sólo unos días, y que utilizan sus extraños poderes apara controlar la existencia de los simples mortales. En el planeta Pentecostes, un pequeño grupo se prepara para encontrar a los Inmortales y enfrentarse a ellos. Pero en la búsqueda deberán transformase ellos mismos en inmortales y descubrirán una nueva amenaza que se cierne no sólo sobre ellos mismos sino sobre toda la galaxia.
—¿Crees que deberíamos discutirlo con los otros? —Lum se incorporó—. Yo prefiero no decir nada.
—Necesitamos todos los ojos y oídos que podamos encontrar —dijo Peron—. Tendremos cuidado.
Se dirigieron juntos hacia la salida, sin hablar hasta que salieron del comedor y se dirigieron a los centros de comunicación de la Planetfiesta.
Lum y Kallen caminaban delante, dejando a Peron y Elissa paseando codo con codo a través del gélido aire de otoño. Pequeña Luna ya había salido y, cerca del horizonte, el fuego rojo de Cassby producía sombras largas y ocres mientras se ponía.
Elissa se detuvo y miró el cielo. Estaba claro, y las estrellas aparecían lentamente a través de la oscuridad.
—Estaremos ahí arriba dentro de unos cuantos días —dijo Peron. La cogió por el brazo—. Veremos los Cincuenta Mundos y tal vez incluso veamos la Nave. He soñado con eso desde que tenía cuatro años.
—Lo sé. Yo también. Mi tía no cree que exista una Nave. Dice que siempre hemos estado aquí, en Pentecostés.
—¿Qué le dijiste?
—Nada. Para alguien con ese punto de vista, la lógica es irrelevante… creerá lo que quiera, a pesar de la evidencia. Su religión dice que Dios nos colocó aquí, en Pentecostés, y para ella eso es el final de la discusión.
—¿Y tú? —Peron era consciente de que ella estaba muy cerca—. ¿Qué piensas?
—Sabes lo que pienso. Estoy marcada por una mente lógica y mucha curiosidad. Por eso quiero echar un vistazo. En cuanto estemos ahí arriba, fuera del planeta, el cielo cambiará por completo. —Suspiró—, Cuando era pequeña y soñaba con salir del planeta, me parecía que sería igual que ir al cielo. Pensaba que todo sería diferente. Nada de controles, ni de oficiales de seguridad, ni guardias; todo claro y simple. Ahora va a ser otra competición terrible.
Peron asintió.
—Por eso no dejan que los contendientes tengan más de veinte años. Para hacerlo bien en la Planetfiesta, es necesario no cuestionarse mucho lo que se hace. Las pruebas necesitan una mente sin pulir.
—Cosa que no volveremos a tener. Hemos salido del cascarón y ya no hay manera de regresar. Esperemos que existan compensaciones. —Ella le cogió la mano y deslizó suavemente las yemas de sus dedos sobre la palma—. Vamos, terminemos con esa reunión. Luego podrás sacarme a dar ese paseo… el que estabas a punto de pedirme que diéramos cuando llegó Lum.
14
Durante la mayor parte del trayecto de ascensión, el capitán Gilby les había arengado incesantemente. Había señalado las características de la nave, abundando en detalles sobre las cosas que podrían salir mal durante la fase de ascenso; les había dicho, una y otra vez, que la enfermedad de la baja gravedad era psicológica, hasta el punto de que cada vez que tenían que hacerlo vomitaban en privado; y les había pedido a cada uno de los veinticinco que señalaran su propia región de Pentecostés a medida que la órbita les situaba sobre él, arrugando la nariz desdeñosamente ante cada uno de sus fallos. Reconocer una tierra familiar desde el espacio resultó ser mucho más difícil de lo que habían supuesto. Capas de nubes, neblina, y la diferencia de ángulo cambiaban todos los elementos habituales de identificación.
Pero, finalmente, cuando su aparato estaba a nueve mil kilómetros de Pentecostés y se aproximaba a La Nave, Gilby guardó silencio. Éste era uno de los casos en los que había aprendido a dejar que el suceso abrumara por sí solo a los participantes, sin su ayuda.
El aparato que les había transportado desde la superficie de Pentecostés era mayor de lo que ninguno de ellos había esperado. Una nave capaz de alojar a treinta personas no parecía particularmente grande, incluso sabiendo en principio cuánta capacidad hacia falta para el combustible. La realidad les había dejado sin habla. Saldrían al espacio en la punta de un obelisco gigantesco, que destacaba, con sus veinte pisos de altura por encima de la lisa llanura del Desierto de Talimantor.
Ahora estaban contemplando otro cambio de escala. La Nave había aparecido en las pantallas como un puntito de luz, muy lejos de ellos. A medida que se iban acercando lentamente y sus rasgos se volvían visibles, pudieron ver las dimensiones, aunque no comprenderlas. Estaban contemplando un ovoide irregular, una bola pulida cubierta de granulosidades, pelo y rayas, como una fruta medio podrida. Al aproximarse más, localizaron más detalles. Cada uno de los pequeños pezones en la parte inferior era un atracadero, capaz de recibir una nave del tamaño de la suya; las finas protuberancias como cabellos que había en uno de los lados eran torres de aterrizaje; los arañazos regulares estaban compuestos por multitud de finos puntos, cada uno de ellos una puerta de entrada al casco.
Todas las conversaciones cesaron, pues todos comprendían la importancia del momento. Miraban la Nave, la estructura mística, casi mítica, que había transportado a sus antepasados a través del vacío desde la Tierra, un lugar que se encontraba tan lejos en el tiempo y el espacio que estaba más allá de toda imaginación.
—Echad un buen vistazo —dijo Gilby por fin. Seguía siendo su maestro pero su voz tenía un tono diferente—. Ése fue el único hogar de vuestros antepasados durante quince mil años… el triple de lo que hemos vivido en Pentecostés. La Nave viajó de sistema en sistema, sin encontrar ningún sitio que pudiera servir de nuevo hogar. Visitó cuarenta y nueve soles y un centenar de planetas, y en todas partes encontró mundos muertos, congelados, o desiertos abrasadores. Cass fue el quincuagésimo sistema, y encontraron Pentecostés. Era adecuado para albergar vida humana. El paraíso, ¿no? ¿Sabéis lo que pasó entonces?
Todos permanecieron en silencio, abrumados por la presencia abrumadora de la Nave, que llenaba la pantalla situada delante de ellos.
—Discutieron —dijo Gilby. Dejó de juguetear con su galón para ajustarse el cinto—. Discutieron en la Nave sobre si deberían abandonarla y aterrizar en Pentecostés. La Nave era su hogar, y la mitad de la gente no quería abandonarla. Pasaron doscientos años antes de que se hiciera la última transferencia y la Nave quedara desierta. El acto final fue colocarla en una órbita superior, donde podría girar alrededor de Pentecostés para siempre.
Se habían aproximado a un par de kilómetros y daban lentas vueltas en espiral, alrededor del brillante casco. La superficie tenía un acabado mate, difuso, la evidencia de iones que soportaban el impacto de meteoros y el polvo interestelar.
—¿Hay alguna oportunidad de que podamos subir a bordo? —preguntó Wilmer. Tenía la nariz apretada contra el visor transparente, como un niño pequeño.
Gilby sonrió.
—Es un templo. No se permiten visitantes. Los viajeros originales dejaron la Nave en una situación tal que podría ser abierta y utilizada de nuevo. De momento no nos preocupa. La Nave se reabrirá y se volverá a poner a punto sólo si se usan armas nucleares en Pentecostés.
Señaló el ventanal.
—Mirad ahora y fijadla en vuestra memoria. No volveréis a verla.
Mientras hablaba, sintieron que la aceleración constante les hundía en los asientos. La Nave quedó atrás, encogiéndose rápidamente de tamaño. Se dirigían más lejos, al conglomerado de planetas que giraban alrededor y más allá de Cassay y que componían los Cincuenta Mundos.