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Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]

Электронная книга - «Entre los latidos de la noche [Between the Strokes of Night - es]». Краткое содержание книги:

2010 D.C.
Sólo unos pocos seres humanos que habitan en las primitivas colonias en órbita en torno a la Tierra logran escapar a la hecatombe Nuclear. Deben iniciar el éxodo en busca de nuevos mundos lejos de la Tierra destruida.
27.698 D.C.
A estos mundos llegan los inmortales, seres con extraños lazos con la vieja tierra, que parecen vivir eternamente, que pueden recorres años luz en sólo unos días, y que utilizan sus extraños poderes apara controlar la existencia de los simples mortales. En el planeta Pentecostes, un pequeño grupo se prepara para encontrar a los Inmortales y enfrentarse a ellos. Pero en la búsqueda deberán transformase ellos mismos en inmortales y descubrirán una nueva amenaza que se cierne no sólo sobre ellos mismos sino sobre toda la galaxia.
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Elissa se giró para mirarle, mientras él aún la observaba en la fila. Ella le sonrió y él rápidamente apartó la mirada. Si Elissa no se clasificaba entre los ganadores, Peron lo consideraría también una mala noticia, porque estaba convencido de que la clasificación de ella estaría por encima de la de él.

Miró una vez más la pantalla. Los marcadores estaban mostrando los nombres de los participantes que quedaban. Peron los contó a medida que iban apareciendo. Sólo setenta y dos. Las últimas pruebas habían sido terriblemente difíciles, lo suficiente para eliminar por completo a la cuarta parte de los finalistas. Ya estarían de regreso a sus ciudades natales, demasiado decepcionados para esperar y descubrir quiénes eran los afortunados ganadores.

Peron frunció el ceño y volvió a mirar la fila de finalistas. ¿Dónde estaba Sy? ¿Habría fallado? No, allí estaba, a unos pocos metros de los otros. Como de costumbre, era fácil perderle de vista… se fundía inopinadamente en cualquier escena, por eso a Peron le había llevado un instante localizarle. No tendría que haber sido difícil de distinguir, porque tenía el pelo negro, los ojos grises y brillantes y el brazo izquierdo ligeramente deformado. Pero, de alguna manera, era difícil verle. Podía hundirse en el fondo y quedarse observándolo todo en silencio con aquella expresión cínica y presumida que Peron encontraba tan irritante… ¿Quizá porque sospechaba que Sy era realmente superior? Ciertamente, en todo lo que requiriera poderes mentales había sobrepasado sin esfuerzo a Peron (y a todos los demás, según la apreciación de Peron); y donde era necesaria agilidad o fortaleza física, Sy encontraba de alguna manera un medio para compensar su brazo deforme. Era un misterio cómo lo hacía. Nunca ocupaba el primer lugar en la mayor parte de las pruebas físicas, pero teniendo en cuenta su defecto estaba en una posición mucho más alta de lo que podía suponerse.

Sy ignoraba la pantalla y concentraba su atención en sus compañeros participantes, evaluando claramente su estado. Peron sospechó de repente que Sy ya sabía que estaba en los veinticinco puestos superiores y estaba mirando más allá, haciendo planes para las pruebas que tendrían lugar fuera del planeta y que determinarían quiénes serían los diez ganadores definitivos.

Peron deseó poder sentir tanta confianza. Estaba seguro (¿no?) de que se encontraba entre los treinta mejores. Esperaba estar entre los veinte, y en su imaginación se veía en el cuarto o quinto puesto. Pero con contendientes venidos de todo el planeta, y siendo la competición de tal calibre…

La multitud rugió. ¡Por fin! Las puntuaciones empezaron a aparecer. Las pantallas fueron conectadas lenta y dolorosamente. Los jueces se reunían en gran secreto, sabiendo que los resultados serían propagados instantáneamente por todo el planeta y que un error arruinaría su reputación; y los responsables individuales de las pantallas habían sido contagiados por la misma obsesión por el cuidado y la precisión. Todo era comprobado y revisado antes de que apareciera.

Peron había visto grabaciones de las Planetfiestas recientes una y otra vez, pero esta era diferente y más elaborada. Las pruebas se celebraban cada cuatro años. Normalmente, los premios eran altos cargos en el gobierno de Pentecostés, y tal vez la oportunidad de ver los Cincuenta Mundos. Pero los juegos que tenían lugar cada veinte años, como en este caso, tenían un nivel de importancia completamente distinto. Seguían ofreciendo los mismos grandes premios de siempre. Pero éstos no eran la recompensa auténtica. Se rumoreaba que también había un premio mayor: la oportunidad de ver a los Inmortales y trabajar con ellos.

¿Y qué significaba eso? ¿Quiénes eran los Inmortales? Nadie podía decirlo. Nadie, que Peron supiera, había visto nunca a uno. Eran las figuras misteriosas, los que vivían para siempre, los que regresaban cada generación para traer el conocimiento de las estrellas. Las estrellas que podían alcanzar en unos pocos días, según se creía… en conflicto con todo lo que los científicos de Pentecostés creían sobre las leyes del Universo.

Pero aún estaba reflexionando sobre esto cuando el rugido de la multitud, separada de los contendientes por una barricada y por guardias armados, le hizo recobrar la atención. El primer ganador, en el puesto vigésimo quinto, acababa de ser anunciado. Era una muchacha, Rosanne. Peron la recordaba de la Larga Marcha por el Desierto de Talimantor, cuando los dos habían formado una alianza temporal para buscar agua subterránea. Era una muchacha alegre e incansable que acababa de rebasar la edad mínima permitida para participar, los dieciséis años, y que se apretaba el pecho con la mano, pretendiendo tambalearse y desvanecerse de alivio porque acababa de clasificarse por los pelos.

Todos los demás contendientes miraron a la pantalla con una nueva intensidad. El método para anunciar a los vencedores era una costumbre bien establecida, pero no había ni un solo participante que no deseara que se hiciera de forma diferente. Desde el punto de vista de la multitud, era muy agradable anunciar a los vencedores en orden ascendente, para que el nombre del vencedor definitivo se diera el último. Pero durante las competiciones, todos los participantes se formaban una idea aproximada de sus posibilidades comparándose directamente con sus oponentes. Era fácil equivocarse por cinco puestos, pero eran poco probables los errores mayores. Pero, a medida que los nombres eran anunciados gradualmente y se adjudicaban la vigésimo cuarta, la vigésimo tercera y la vigésimo segunda posición, la mayor parte de los contendientes empezaron a sentir incertidumbre creciente, pánico o sumisión. ¿Era posible que se hubieran colocado tan alto? ¿O es que ya estaban eliminados, como parecía lo más probable?

Los anuncios continuaron lentamente. La vigésima posición. La decimo-séptima. La decimocuarta.

Por fin se alcanzó el número diez: Wilmer. Un muchacho alto y delgado cuya cabeza estaba completamente desprovista de pelo. O bien se afeitaba a diario o era prematuramente calvo. Siempre tenía hambre y siempre estaba despierto. Los demás habían bromeado al respecto: Wilmer hacía trampa, rehusaba irse a dormir hasta que todos los demás lo hubieran hecho. Entonces dormía más rápido que los demás, lo que no era justo. Wilmer se lo tomaba bien. Podía permitírselo. Al necesitar menos horas de sueño que los demás, podía pasar más tiempo preparándose para la prueba siguiente.

Ahora estaba tumbado sobre las piedras, con los ojos cerrados. Siempre había dicho que cuando terminara esta etapa de las pruebas, dormiría diez días de un tirón.

La lista avanzó hasta la quinta posición. Era Sy. El joven moreno parecía tan impasible como siempre, sin ningún gesto visible de placer o alivio. Estaba de pie, con la cabeza ligeramente inclinada, sosteniendo su codo izquierdo con la mano derecha y sin mirar a nadie más.

Peron notó que su estómago se tensaba. Había sobrepasado la clasificación que había esperado ocupar y ahora estaba en una zona donde sólo cabían las esperanzas más desaforadas.

Número cuatro: Elissa. Ella dio un suspiro de alivio. Peron sabía que tendría que sentirse contento, pero ahora no tenía tiempo para eso. Se apretó las manos una contra otra para hacer que dejaran de temblar, y esperó. La pantalla estaba quieta, sin cambiar. El coliseo parecía lleno de un silencio terrible, aunque sabía que la multitud estaría vitoreando salvajemente.

Número tres. Las letras aparecieron lentamente P-e-r-o-n d-e T-u-r-c-a-n-t-a. Sintió que sus pulmones se relajaban con un suspiro largo y tortuoso. Había estado conteniendo inconscientemente la respiración durante muchos segundos.

¡Lo había conseguido! Tercer lugar. ¡Tercer lugar! Nadie de su región se había colocado nunca tan alto en los cuatrocientos años de los juegos de la Planetfiesta.

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