La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– ¿Para escuchar música? -pregunta el señor Butler.
– Quiero hablar, grabar mis palabras -le respondo.
El señor Butler duda, probablemente se pregunta qué deseo contarle a la grabadora. Luego saca un pequeño objeto negro del mostrador.
– Esto debería servirle. Lo llaman walkman, todos los chicos de ahora lo usan.
– Sí -asiento esperanzada-, eso parece ser lo que necesito.
Seguramente él nota mi inexperiencia, porque empieza a explicarme su funcionamiento.
– Es fácil. Pulse esta tecla, y luego hable aquí -indica, inclinándose hacia delante, mientras me señala un panel de metal perforado en uno de los laterales del aparato. Casi puedo sentir el olor a alcanfor de su traje-. Aquí está el micrófono.
Ruth todavía no ha regresado de la farmacia cuando vuelvo al café de Maggie. En lugar de arriesgarme a que la camarera me haga más preguntas, me envuelvo en mi abrigo y me acurruco en el banco de la parada de autobús. Tanta actividad me ha dejado sin aliento.
Una fresca brisa arrastra consigo envoltorios de golosinas, hojas secas y una pluma de pato marrón verdosa. Danzan a lo largo de la calle, se detienen y se arremolinan con cada nueva ráfaga.
Pensé en Marcus, deambulando por todo el planeta, atrapado por una melodía descompasada de la que no puede escapar. En los últimos tiempos no me cuesta demasiado tener presente a Marcus. Por las noches, mientras el sueño revolotea alrededor de mis visiones como una polilla polvorienta, él invade constantemente mis pensamientos. Como una mustia flor de verano atrapada entre las imágenes de Hannah y Emmeline, y de Riverton, mi nieto, más allá del tiempo y el espacio. Un instante es un niño con la piel sudorosa y los ojos grandes y al siguiente un hombre adulto, consumido por el amor y su pérdida.
Quiero volver a ver su rostro. Tocarlo. Su rostro adorable y familiar, tallado, como todos los rostros, por las manos eficientes de la historia, que habla de la influencia de sus antecesores y de un pasado del que poco sabe.
Volverá algún día, no lo dudo, porque el hogar es un imán que atrae incluso a sus hijos más indiferentes. Pero no puedo adivinar si ocurrirá mañana o dentro de años. Y no tengo tiempo para esperarle. Me encuentro en una fría sala, aguardando a que llegue mi hora, temblando mientras los fantasmas y los ecos de antiguas voces se alejan.
Ése es el motivo por el cual he decidido grabarle una cinta. Tal vez más de una. Voy a contarle un secreto, un antiguo secreto, largamente guardado. Algo que sólo yo sé.
Al principio pensé en escribir, pero cuando encontré una resma de papel amarillento y un bolígrafo negro, los dedos no me respondieron. Y no deseo colaboradores inútiles, incapaces de transformar mis pensamientos en una legible telaraña de garabatos.
Fue Sylvia quien me sugirió una grabadora. Se fijó en mi hoja escrita durante uno de sus arrebatos compulsivos de limpieza, surgido para escabullirse de las demandas de un paciente al que no toleraba.
– ¿Ha estado dibujando? -preguntó, mientras sostenía el papel delante de ella y lo inclinaba, junto con su cabeza-. Muy moderno. Bonito. ¿Qué se supone que es?
– Una carta -contesté.
Entonces me dijo cuál era el método que utilizaba Bertie Sinclair: grababa las cartas y las recibía en casetes que podía oír en su magnetófono.
Eso no quiere decir que desde que lo hace se haya vuelto más tolerable ni menos exigente. Pero si empieza a quejarse de su lumbago, no tengo más que hacer funcionar su grabadora y dejarlo escuchando una de sus cintas, feliz como una alondra.
En el banco de la parada del autobús, jugueteo con el paquete entre las manos, entusiasmada con las cosas que me permitirá hacer no bien llegue a casa.
Ruth me hace señas desde el otro lado de la calle, insinúa una sonrisa adusta y comienza a cruzar el paso de peatones mientras guarda un paquete de la farmacia en su bolso.
– Mamá -me reprende cuando está cerca-. ¿Qué estás haciendo aquí afuera? Hace frío. -Rápidamente mira a ambos lados-. La gente creerá que te he dejado esperando en este lugar. -Entonces me levanta y me lleva de vuelta a su coche. Mis mullidas suelas avanzan silenciosas junto a los tacones de sus zapatos de vestir.
En el camino de regreso a Heathview contemplo a través de la ventanilla la interminable fila de casas alineadas en las calles de piedra gris. En una de ellas, a mitad de camino, silenciosamente acurruca da entre otras dos idénticas, está la casa donde nací. Miro a Ruth, pero no sé si se da cuenta. No tiene motivo para hacerlo, por supuesto. Todos los domingos recorremos el mismo trayecto.
Mientras serpentea el estrecho sendero y el pueblo se convierte en campo, contengo el aliento -sólo un poco- como siempre hago.
Más allá de Bridge Road doblamos la esquina y allí está. La entrada a Riverton. Las puertas enrejadas, tan altas como postes de alumbrado, la entrada al susurrante túnel de árboles centenarios. Está pintada de blanco, en lugar del brillante plateado del año anterior. Ahora, junto a las letras de hierro fundido que dicen «Riverton», hay un cartel donde se lee: «Abierto al público de marzo a octubre, de 10.00 a 16.00. Entrada: Adultos, 4 libras; niños, 2 libras. Sólo visitas guiadas».
He tenido que practicar un poco hasta aprender a utilizar la grabadora. Afortunadamente, conté con la ayuda de Sylvia, quien sostuvo el aparato frente a mi boca y me indico que dijera lo primero que me viniera a la cabeza: «Hola, hola, habla Grace Bradley… probando, uno, dos, tres».
Sylvia apartó el walkman y sonrió burlona.
– Muy profesional. -Luego pulsó una tecla y se oyó un zumbido-. Estoy rebobinando para que podamos escuchar lo que ha grabado.
Un clic indicó que la cinta había vuelto al punto inicial. Sylvia pulsó la tecla «play» y ambas esperamos.
Era la voz de la ancianidad: desvaída, gastada, casi imperceptible. Una pálida cinta deshilachada, donde sólo sobrevivían unas frágiles hebras plateadas. Apenas unas motas de mí, de mi verdadera voz, la que oigo en mi mente y en mis sueños.
– Genial -exclamó Sylvia-. Ya puede hacerlo sola. Llámeme si necesita ayuda.
Cuando se disponía a partir sentí una acuciante inquietud.
– Sylvia…
Ella se volvió para mirarme.
– ¿Qué pasa, querida?
– ¿Qué voy a decir?
– Bueno, no lo sé -repuso, y rió-. Imagine que él está nuevamente sentado junto a usted y dígale sencillamente lo que piensa.
Y así lo hice, Marcus. Imaginé que te habías tendido en el extremo de mi cama, como te gustaba hacer cuando eras pequeño, y comencé a hablar. Te conté lo de la película y Ursula. Fui cautelosa acerca de tu madre, sólo dije que te echa de menos, que ansia verte.
Y te revelé los recuerdos que han estado acechándome. No todos, no es mi objetivo aburrirte con historias del pasado. En cambio, sí te dije que, curiosamente, tengo la sensación de que se están convirtiendo en algo más real que mi vida; te hablé del modo en que inadvertidamente me evado y de la decepción que siento cuando al abrir los ojos descubro que estoy de vuelta en 1999; de cómo está cambiando mi conciencia del tiempo y de que estoy comenzando a sentirme más cómoda en el pasado y como un visitante en esta extraña y pálida experiencia a la que llamar al presente.
Me divierte estar sentada a solas en mi habitación, hablando con una pequeña caja negra. Al principio susurraba, me preocupaba que otros pudieran oír, que mi voz y sus secretos se escurrieran por el pasillo y la sala de estar, como la sirena de un barco que flota desamparada hacia un puerto extranjero. Pero cuando la jefa de las enfermeras llegó con mis opiáceos, su aspecto de sorpresa me tranquilizó.