El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
—¿Quieres enviar recado a la Señora de que deseas verla, Señor?
La voz de Gyneth interrumpió sus pensamientos.
— ¡Oh! No, Gyneth; dejemos esto por ahora. Más tarde hablaré con ella y veré lo que hay que hacer.
—Muy bien, Sumo Iniciado. Entonces, con tu permiso, iré a ver a Fin Tivan Bruall para lo referente a los caballos.
Keridil asintió con la cabeza, para darle las gracias y despedirle, y cuando el viejo hubo salido de la estancia, se sentó en la cama, apartando a un lado las cuidadosamente plegadas prendas que había sobre ella. Al día siguiente tenía que emprender un viaje del que podía depender el futuro de toda la Tierra... y en ese momento habría dado casi todo lo que tenía para que retrocediese el tiempo y pudiese anular la decisión que había tomado esta mañana al salir el sol.
Había pasado toda la noche arrodillado delante de la llama votiva que ardía perpetuamente en su estudio, y había rezado fervorosamente en solicitud de guía. El amanecer le encontró exhausto y con los ojos fatigados, pero con la profunda certidumbre de lo que tenía que hacer. Rígido por el cansancio, se había sentado a su mesa y tomado las dos cartas que había sobre ella, releyéndolas por centésima vez, aunque se sabía de memoria el contenido: la petición formal de la Matriarca Ilyaya Kimi de que convocase un Cónclave de los Tres, y el rígido pergamino que había llegado el día siguiente, con el sello de la Corte de la Isla del Verano y de puño y letra del Alto Margrave, Penar Ele-car, con idéntica petición.
Keridil sabía que lo más fácil habría sido acatar el veredicto de la mayoría y convocar el Cónclave sin pensarlo más. Pero tenía un vivo sentimiento de su responsabilidad como custodio de las leyes del mundo espiritual y primer vehículo de la palabra y de la voluntad de los dioses. En toda la larga historia, desde la caída de los Ancianos, no se había convocado nunca un Cónclave, y estaba claramente escrito que sólo debía convocarse en caso de un peligro mortal que ningún otro poder pudiese conjurar.
¿Era ésta la ocasión? ¿O acaso el despertar de los antiguos y dormidos temores se había apoderado con demasiada fuerza de ellos y había deformado exageradamente la verdad? Keridil sabía que nunca podría estar seguro de la respuesta; debía confiar en su propio juicio. El Cónclave sería poco más que una formalidad; su resultado estaba previsto de antemano, y él, como Sumo Iniciado, debería subir al santuario de la Isla Blanca, abrir el cofre sagrado y estar preparado para encontrarse cara a cara con Aeoris.
Llamar al gran dios para que volviese al mundo.. , era una responsabilidad que le helaba la sangre. Si el juicio del Cónclave era equivocado, ¿de qué cólera sería él víctima? ¿Qué castigos caerían sobre todos ellos? Jugar con un dios era la insensatez suprema... ¿Qué pasaría si la decisión de abrir el cofre resultaba un error?
Keridil miró de nuevo las dos cartas y, después, el creciente montón de informes y declaraciones que habían llegado de casi todas las provincias, traídos por aves mensajeras o por mensajeros a caballo. Juicios, acusaciones, ejecuciones; inundaciones y cosechas perdidas; terrores inarticulados y súplicas de ayuda o de consejo al Círculo... El miedo al Caos cundía por toda la Tierra, y nada, salvo la destrucción de aquellas fuerzas del mal, podía detenerlo. Los Adeptos habían probado todo lo que sabían para descubrir a los fugitivos y, con ellos, la piedra del Caos; pero sus ritos y conjuros habían resultado inútiles, y eso bastaba para convencer a Keridil de la gravedad del peligro con el que se enfrentaban.
En una ocasión, había mirado a la cara al Caos, y el recuerdo se había grabado para siempre en su cerebro. Yandros, la quintaesencia del mal, con sus cabellos de oro y sus ojos siempre cambiantes y su bella y maligna sonrisa... Yandros, que se había burlado del Círculo y les había desafiado a plantarle cara, si se atrevían, cuando se alzasen sus fuerzas para conquistar el mundo... Yandros, que había llamado hermano a Tarod...
No, pensó Keridil, no jugaría con un dios... , pero tampoco jugaría con el Caos. Y si la piedra-alma no era encontrada y destruida, las puertas que habían estado cerradas durante tantos siglos contra los poderes de las tinieblas serían derribadas, y el mundo se sumergiría en la locura.
Y así, con mano no del todo firme, había tomado pluma y pergamino, y escrito las palabras vitales que le comprometerían irrevocablemente en su decisión. Solamente el Sumo Iniciado tenía autoridad para convocar el Cónclave, y al estampar el sello sobre el papel, la inseguridad de su mano se había convertido en un temblor de apopléjico, hasta el punto de que la cera caliente salpicó toda la superficie del pergamino.
Ya estaba hecho. Dentro de unos minutos, el mensaje podría estar en camino, llevado a su destino por un halcón. Podía enviar a buscar al halconero... o rasgar el pergamino, quemar los fragmentos y olvidar que había considerado aquella acción.
Keridil se pasó la lengua por los secos labios y tocó una campanilla que tenía sobre la mesa. Cuando Gyneth respondió a la llamada, levantó la cabeza y dijo:
—Gyneth, ¿quieres enviar a buscar al halconero Faramor y pedirle que se reúna inmediatamente conmigo en el patio?
Ahora ya no podía volver atrás. En cuanto llegase su mensaje a la Residencia de la Matriarca en Chaun del Sur, Ilyaya Kimi empezaría los preparativos para el viaje a Shu Nhadek. Y un día o dos más tarde, un barco zarparía de la Isla de Verano, llevando al joven Alto Margrave y a su séquito. Keridil emprendería el viaje por la mañana y, con unos pocos compañeros elegidos, cabalgaría velozmente hacia el sur para encontrarse con sus iguales.
Miró fríamente las prendas que Gyneth había sacado del arca y se dio cuenta de lo cansado que estaba. Este era el precio de una noche sin dormir e incluso de noches anteriores, cuando habiendo buscado refugio en la cama había sido hostigado por las pesadillas. No estaría en condiciones de emprender un viaje de ocho días, a menos que pudiese descansar un rato, y hasta que volviese más tarde Gyneth, estaría a salvo de interrupciones.
Apartó a un lado las prendas plegadas, haciendo sitio en la cama, y se tumbó en ella. Durante unos minutos, siguieron asaltándole ideas inquietantes; después, gracias a los dioses, se sumió en un profundo sueño.
Keridil fue despertado dos horas más tarde por el ligero contacto de una mano en su frente. Se movió y, después, abrió los ojos y vio a Sashka sentada a su lado, con una dulce sonrisa en el semblante.
—Has dormido, amor mío —dijo ella, apartando un mechón de cabellos de su boca.
Keridil pestañeó y se incorporó haciendo un esfuerzo.
—¿Qué hora es?
—Más de mediodía. Habría venido más pronto, pero estaba con mis padres en nuestras habitaciones. —Hizo una pausa y después añadió—: Preparando el equipaje.
El recordó lo que le había dicho Gyneth y alargó una mano para asir la de ella y estrecharla.
—No estarás pensando en venir conmigo, Sashka. Después de todo lo que dijimos...
—Sé lo que dijimos, Keridil. Pero, ¿crees realmente que voy a dejar que te marches sin mí? Quiero estar a tu lado, y tengo la impresión de que me necesitarás.
Tiene más razón de lo que cree, pensó Keridil; pero no podía acceder.
—No, amor mío —le dijo—. Es un viaje demasiado largo, y demasiado peligroso. Todo el mundo está alborotado, y sólo los dioses saben lo que vamos a encontrar en el camino hacia el sur. Si los poderes del Caos supiesen lo que se está preparando, tratarían de impedir que llegásemos a nuestro destino, y si te ocurriese algún mal por mi causa, ¡no me lo perdonaría nunca!