El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
—¡Qué no se mueva! —gritó Jennat con voz ahogada, esquivando los golpes que daba Cyllan con el brazo—. Pronto sabremos la verdad.
—¡Alto! —gritó la Hermana Liss, consternada—. ¡Esto es indecoroso, Jennat! Eres una Hermana de Aeoris, ¡no una moza pendenciera de taberna! ¡Levántate en seguida!
Jennat no le prestó atención, había introducido una mano debajo de la camisa de Cyllan, rasgando la tela, y cerró los dedos sobre la piedra-alma. Cyllan se debatía como un gato salvaje, pero no podía soltarse, y Jennat se puso triunfalmente en pie.
—¡Hermana Liss!
Una radiación fría y blanca brotó de la palma de Jennat cuando abrió la mano para mostrar la joya, la otra mujer se estremeció e hizo rápidamente la Señal de Aeoris.
— ¡Qué los dioses nos amparen!
Las Hermanas que no sujetaban a Cyllan contra el suelo acudieron, lanzando exclamaciones. Una de ellas alargó una mano como para tocar la piedra, pero la retiró rápidamente. Liss se volvió para mirar a la muchacha que yacía sobre la hierba, y el mudo desafío que vio en los ojos de Cyllan desterró sus últimas dudas.
—Conque hemos estado todo el tiempo amparando a una serpiente —dijo, con voz insegura—. ¡Que los dioses nos ayuden! Apenas puedo creerlo... —Entonces contrajo los labios en una dura línea—. Esconde esa joya, Jennat. Es una cosa maligna, y no debemos arriesgarnos a que nos contagie. Envuélvela en un paño. No tiene que volver a ver la luz del día hasta que la pongamos en manos del Sumo Iniciado.
Jennat miró la piedra y se pasó la lengua por los labios, inquieta.
—¿Y la muchacha? ¿Qué vamos a hacer con ella?
—¡Pobre niña! —Liss siguió mirando gravemente a Cyllan—. ¿Cómo puede una mujer tan joven estar tan corrompida...?
—¿Vamos a llevarla a la ciudad más próxima para que la juzguen? —preguntó Fanal.
—No; esto no es competencia de los ancianos locales, ni siquiera del Margrave de la provincia. Debe ser entregada en el Castillo de la Península de la Estrella, para que la juzgue el propio Círculo. —Su mirada se fijó un momento más en Cyllan, y después sacudió la cabeza y se volvió, diciendo—: Y pensar que ha podido engañarnos de esa manera.
—Incluso el Sumo Iniciado se dejó engañar por estos endemoniados —le recordó solemnemente Fanal—. No debemos reprocharnos nada, Hermana.
—No. No, tal vez tienes razón. Aunque, ahora que lo pienso, de no haber sido por la Hermana Jennat..., bueno, dejemos esto. Debemos prestar nuestra atención a lo práctico. Necesitaremos una escolta armada que nos conduzca a la Península de la Estrella, y si hubiese algunos Adeptos visitando la provincia que pudiesen ayudarnos, me sentiría mucho más tranquila para el viaje. —Recogió la engorrosa falda de su hábito—. Atad a la muchacha, Hermanas, y sujetadla bien sobre la silla del poney. Descansaremos esta noche en la población más próxima y mañana nos dirigiremos hacia el norte.
CAPÍTULO 6
Keridil Toln observó el halcón que partía hasta que no fue más que un punto diminuto en el cielo, indistinguible entre los jirones de nubes que salpicaban el azul. Si podía confiar en los cálculos del halconero Faramor, y la experiencia le decía que podía hacerlo, el mensaje vital llegaría a su primer destino en menos de dos días, y sería entregado en el segundo el día después.
Dio las gracias a Faramor, pero atajó toda ulterior con versación; ahora tenía demasiado en qué pensar para perder el tiempo en chanzas. Subió rápidamente la escalinata de la entrada del Castillo y cruzó la puerta, estremeciéndose involuntariamente al sentir el vivo contraste entre el calor del interior y el frío de la mañana. Después se dirigió a sus habitaciones.
El estudio estaba vacío, pero pudo oír que alguien se movía en los aposentos privados contiguos. Keridil se detuvo un instante para calentarse las manos en el hogar y, después, abrió la puerta de sus habitaciones, pensando que encontraría a Sashka esperándole. Pero, en vez de ella, vio a Gyneth Linto, el viejo mayordomo que había estado antes al servicio de su padre. Gyneth estaba inclinado sobre un arcón en el rincón más lejano de la estancia, y al entrar Keridil, se irguió e hizo una profunda reverencia.
—¿Ha partido el halcón sin novedad, Señor?
—Sí.
Keridil cruzó la habitación y contempló con cierto disgusto los artículos que el viejo estaba sacando del arca. Una capa larga con grandes bordados en hilo de oro... , un broche de oro macizo con su sello..., una diadema de oro..., el cetro de Sumo Iniciado...
—La diadema está un poco deslustrada, Señor —dijo Gyneth, acercándosela para que la inspeccionase—. Pero nada que no pueda arreglarse puliéndola un poco.
—Está bien. —Keridil desdeñó la diadema con un ademán, no queriendo pensar en los atributos de su cargo hasta que las circunstancias le obligaran a ello—. Quiero viajar ligero, Gyneth —añadió—.
Sin mucho equipaje, ni muchos acompañantes. El tiempo es esencial en este viaje.
Las palabras brotaron de su boca más secamente de lo que había pretendido y el viejo le miró unos momentos antes de responder plácidamente:
—Desde luego, Señor. —Volvió a colocar cuidadosamente la diadema sobre la capa plegada y después, con un discreto tono de timidez, añadió—: ¿Algún contratiempo, Señor? ¿Puedo atreverme a decir que pareces turbado?
La astucia y la experiencia habían dado a Gyneth una percepción más exacta que la de cualquier vidente, y Keridil suspiró.
—Nada importante. Pero observar el vuelo de aquel pájaro, sabiendo que ya no había manera de volver atrás... me hizo dudar de mi propio juicio. Ojalá hubiesen querido los dioses que mi padre estuviese aún con vida.
Gyneth frunció los labios. Raras veces se atrevía a dar una opinión sobre materias del Círculo, pero le entristecía ver a su señor tan inquieto.
—El antiguo Sumo Iniciado era un hombre muy sabio, Señor. En todos los años que le serví, nunca le vi tomar una decisión precipitada o imprudente. —Su mirada se fijó en la de Keridil—. Creo que, de haberse hallado en tu lugar, habría actuado exactamente como tú.
Keridil sonrió débilmente.
—Gracias, Gyneth. Aprecio tu fidelidad, tanto si tienes razón como si no la tienes. —Se restregó las todavía frías manos y dio a su voz una vivacidad que no sentía—. Sin duda podríamos discutir sobre esto durante todo el día, pero no puedo permitírmelo. Lo hecho, hecho está, y debemos pensar en el futuro. —Miró a su alrededor—. Parece que casi has terminado los preparativos.
—Sí, Señor. Hay un par de cosillas por arreglar, pero pueden esperar hasta más tarde.
—Bien. ¿Dónde está la Señora Sashka?
Gyneth le dirigió una extraña mirada que, pensó, tenía un débil matiz de desaprobación.
—Se retiró a sus habitaciones, Señor. Me dijo que te dijese que estaba empaquetando sus cosas para el viaje.
—¿Sus cosas? —Keridil se quedó perplejo—. ¡Pero si habíamos quedado en que no me acompañaría!
—Cierto, Señor. Sin embargo, pensé que yo no era quién para decirlo.
—No...
La relación entre Sashka y Gyneth era incómoda en el mejor de los casos; Sashka no disimulaba su antipatía por el viejo y su recelo de la influencia que tenía sobre Keridil, y aunque nada induciría a Gyneth a confesarlo, Keridil sospechaba que aquel sentimiento era mutuo. Pero Gyneth era un servidor demasiado educado para publicar sus sentimientos, y la convicción de que Sashka sería pronto consor te del Sumo Iniciado le hacía doblemente respetuoso en su actitud hacia ella: no se habría atrevido a discutir. Sin embargo, Sashka estuvo de acuerdo, ante la insistencia de Keridil, en que el largo viaje era demasiado pesado y posiblemente demasiado peligroso para que ella lo emprendiese. Y si él podía arriesgar su propia seguridad, nada en el mundo le habría inducido a poner en peligro la de ella, y había pensado que el asunto estaba resuelto.