Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
– Señor Looby, vuelva a poner la tapa. Llévela otra vez a la estación.
– Como quiera.
– Creo que sé quién la pidió, y esa persona pagará el gasto de vuelta.
– Sí, señora.
Puso los clavos y levantó el martillo.
– ¡Espere un minuto!
Looby, impaciente, frunció el entrecejo.
– Bueno, ¿qué hago?
– Sólo quiero verla un minuto. Un vistazo. Después, puede llevársela.
Ese vistazo fue fatal. Nadie que hubiese cosido tanto tiempo como Agatha podía echar un vistazo a una maravilla del ingenio americano sin codiciarla de manera especial. La pintura negra brilló. El logo dorado resplandeció. El volante plateado la tentó.
– Pensándolo mejor, déjela.
– ¿La dejo?
– Sí.
– Pero, ¿no dijo que…?
– Le agradezco mucho la entrega, señor Looby. -Lo acompañó hasta la puerta-. Caramba, tenemos un tiempo ideal. Si se mantiene, pronto las calles estarán secas.
Looby la miró, luego a la caja, y otra vez a ella. Se sacó la gorra y se rascó la cabeza. Sin embargo, penetrar en los misterios de la mente femenina estaba más allá de su capacidad.
Cuando Looby se fue, Agatha miró la hora: eran casi las once. Violet llegaría en cualquier momento. ¡Que se diera prisa!
Cuando entró en la tienda la menuda mujer de cabello blanco, encontró a Agatha al otro lado de la cortina, con las manos bajo la barbilla.
– ¡Oh, Violet, creí que nunca llegarías!
– ¿Pasa algo malo?
– ¿Malo? ¡No! -Agatha abrió los brazos y lanzó una sonrisa radiante a los cielos-. ¡Nada podría ser mejor! -Se volvió hacia el taller-. Te lo mostraré. -Llevó a Violet directamente a la caja de madera-. ¡Mira!
Los ojos de Violet se agrandaron.
– ¡Por todos los santos, una máquina de coser! ¿De dónde ha salido?
– De Filadelfia.
– ¿Es tuya?
– Sí.
Violet no recordaba haber visto nunca a Agatha tan feliz. ¡Hasta estaba hermosa! Cosa curiosa, Violet nunca lo comprendió hasta el momento. Los claros ojos verdes estaban iluminados de excitación. Y la sonrisa… ¡cómo le transformaba el rostro esa sonrisa! Le sacaba cinco años de encima y le daba la apariencia de la edad real que tenía.
– ¿Por qué no me lo dijiste?
– Era una sorpresa.
Violet caminó alrededor del embalaje de madera. El entusiasmo de Agatha era contagioso.
– Pero… pero, ¿de dónde sacaste el din…? -Se interrumpió y la miró-. Las diez monedas de oro del señor Gandy.
– Seis. Le devolví cuatro.
En los ojos de Violet aparecieron chispas de especulación.
– Vamos a hacer los vestidos de cancán, ¿no es así, Agatha?
– ¡Por Dios, Violet! No he tenido tiempo de pensarlo. Ven, ayúdame a sacarla del embalaje. -Perdió por completo su reserva habitual y se ajetreó como una chica despreocupada, buscando un martillo y un destornillador. Estaba tan radiante que Violet no pudo dejar de observarla y sonreír. Encontró las herramientas y se dispuso a trabajar-. Voltearemos el frente de la caja y sacaremos directamente la máquina. Entre las dos, podremos hacerlo.
A Violet le costaba creer el súbito cambió en esa mujer que había visto sombría durante años.
– ¿Sabes lo que estás haciendo, Agatha?
Levantó la vista.
– ¿Lo que estoy haciendo?
– Estás arrodillada.
Agatha miró abajo. ¡Qué día tan glorioso! Pero estaba demasiado excitada para dejar de hacer palanca con el destornillador entre dos tablas de madera.
– Es cierto. Me duele un poco, pero no importa. Vamos, Violet, mete los dedos aquí y tira.
Pero Violet tocó con ternura el hombro de Agatha, y ésta levantó el rostro.
– ¿Sabes, querida?: tendrías que hacerlo más a menudo.
– ¿Qué cosa?
– Sonreír. Comportarte como una joven atolondrada. No tienes idea de lo bonita que te pones así.
Las manos de Agatha se inmovilizaron.
– ¿Bonita?
– Sin la menor duda. Si pudieras ver tus ojos ahora: están brillantes como un trébol primaveral bajo el rocío de la mañana. Y tienes rosas en las mejillas que nunca te vi antes.
Estaba estupefacta.
– ¿Bonita? ¿Yo?
Desde la muerte de la madre, nadie le había llamado bonita. Las rosas de las mejillas se intensificaron al pensar en sí misma bajo esa luz. Como no estaba acostumbrada a recibir elogios, incómoda, reanudó el trabajo.
– Violet, creo que estuviste demasiado tiempo bajo el sol del mediodía, ¿sabes? Ayúdame con esto.
Trabajaron juntas para desembalar la máquina de coser y la arrastraron hasta el taller. Agatha la tocó con ademán reverente, los ojos resplandecientes.
– ¿Te imaginas lo distinto que será para el negocio? Si bien no quería admitirlo, últimamente estaba preocupada. Casi no había ganancias. Pero ahora… -Probó el bruñido volante de acero, rozó casi con afecto el terso gabinete de roble-. Dejemos de lado los sombreros. Podemos hacer vestidos, ¿no te parece, Violet?
Violet sonrió con cariño a la amiga tan cambiada que tenía delante:
– Sí, podemos. Tan extravagantes como quieran.
De súbito, Agatha se puso seria, y su rostro expresó preocupación:
– Estoy haciendo lo correcto, ¿no?
– ¿Lo correcto?
Realista, Violet apretó los labios y afirmó:
– Ganaste ese dinero, ¿no?
– No sé. ¿Lo gané?
– Sin la menor duda, jovencita. Hiciste un trabajo urgente que ninguna otra persona en el pueblo podría haber hecho. Y lo hiciste con el mejor satén que se puede conseguir. El precio de esa tela tendría que elevarse, ¿no?
– ¿En serio lo crees, Violet?
– Lo sé. Y ahora, ¿piensas pasarte toda la tarde ahí parada, o vas a enhebrar ese aparato y a ponerlo en marcha?
Con ayuda del manual de instrucciones, cargaron la bobina, la metieron en el compartimiento en forma de bala según el diagrama, y colocaron el hilo en la parte de arriba. Cuando enhebraron la aguja y colocaron un trozo de tela bajo el pie, se miraron, expectantes.
– Bueno, aquí va. -Agatha puso los pies en el pedal, dio un impulso y saltó hacia atrás-. ¡Ay! ¡Retrocedió!
Levantó la vista hacia Violet en busca de ayuda, pero ésta se encogió de hombros:
– Yo no sé. Prueba otra vez.
Probó otra vez, pero de nuevo la tela fue hacia atrás. Se levantó de la silla.
– Prueba tú.
Violet la reemplazó y probó con vivacidad el pedaclass="underline" otra vez la tela retrocedió. Se miraron y rieron.
– Cuarenta y nueve dólares por una máquina de coser que sólo funciona hacia atrás.
Cuanto más reían, más divertido se volvía todo. Al siguiente intento, la máquina dio una puntada para adelante, una atrás, otra adelante. Las dos rieron hasta quedar sin aliento.
Por fin, Agatha exclamó:
– ¡El manual! Leamos el manual.
En un momento dado, comprendieron que para que la máquina marchara en la dirección correcta tenían que darle un impulso al volante. Agatha se sentó, una larga tira de algodón que estaba bajo el pie de la aguja comenzó a avanzar con fluidez. La correa zumbaba suavemente arrastrando el mecanismo. El brazo de la aguja seguía una cadencia rítmica. Casi como si fuese magia, hermosas puntadas regulares y apretadas aparecieron a una velocidad que aturdía. Al pedalear, a Agatha le dolía la cadera pero estaba demasiado entusiasmada para notarlo. Tuvo que esforzarse para cederle el lugar a Violet y dejarle probar la máquina por segunda vez.
– ¿No es milagroso?
Se inclinó sobre el hombro de Violet, mirando cómo la tela azul se movía sin tropiezos, escuchando el maravilloso sonido de la maquinaria bien aceitada que funcionaba a una velocidad increíble.
«¡Oh, Gandy!, -pensó-. ¿Cómo podré agradecértelo?»
A las cinco en punto, Agatha le dio una última caricia a la máquina, le puso encima con cuidado la tapa de madera y cerró la tienda. Al pasar, echó un vistazo a la puerta trasera de la taberna y vio que estaba cerrada, pero oía ruidos dentro. Sin duda, esa noche habría mucho más. Ése sería un mejor momento para hablar con él. Quizá pudiera entrar sin ser vista y hacerle una seña de que fuese al pasillo del fondo un momento.