Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
Pensó en los otros: Dyar, Tucker, Starr, Didier y los demás. Le pareció que ninguno de ellos había tomado en serio a la U.M.C. T.
¿Y Gandy?
Tendida de espaldas, cruzó los brazos sobre el pecho.
¿Gandy?
Sí, Gandy.
¿Gandy, con sus hoyuelos y su «buenas noches, señoras»?
El mismo.
Pero Gandy no tiene motivos.
Es propietario de una taberna.
La que más se llena en el pueblo.
Por el momento.
Es demasiado seguro de sí mismo para recurrir a amenazas.
¿Y lo que pasó la otra noche, en el rellano de la escalera?
No pensarás que, en realidad… iba a…
Lo pensaste, ¿no es así?
Pero esta noche se mostró encantador con todas nosotras, y vi que se molestaba cuando Alvis Collinson empujó a Evelyn.
Es un hombre inteligente.
¿Qué estás diciendo? ¿Qué estás diciendo?
No. Me niego a creer semejante cosa de Gandy.
¿Lo ves, Agatha? ¿Ves lo que pueden unas monedas de oro?
La Gilded Cage cerró a medianoche. Dan Loretto se fue a la casa. Marcus Delahunt lustró el cuello del banjo y lo guardó en el estuche forrado de terciopelo. Ivory Culhane bajó la tapa del piano y Jack Hogg lavó los vasos. Pearl se estiró, Ruby bostezó, y Jubilee observó cómo Gandy cerraba las puertas de calle. Cuando se dio la vuelta, le sonrió.
También sonriendo, pasó entre las mesas y se acercó a ella:
– ¿A qué se debe esa sonrisa?
La muchacha se encogió de hombros y caminó con él hacia la barra.
– Estoy contenta de haber vuelto, eso es todo. Eh, muchachos, ¿no es bueno estar todos juntos otra vez? -Se estiró hacia Ivory y le dio un cariñoso abrazo-. Jesús, nunca pensé que os echaría tanto de menos.
– Eh, ¿y a mí, qué? -reclamó Jack Hogg.
Jubilee se estiró sobre la barra, lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.
– A ti también, Jack. -Se apoyó con los codos sobre la lustrada superficie de caoba y alzó la barbilla-. ¿Y cómo anduvieron las cosas por aquí?
Gandy la observó a ella y a los otros que se habían juntado. Jack, Marcus, Ivory, Pearl, Ruby y Jubilee: la única familia que tenía. Una banda de solitarios que habían sufrido alguna clase de golpe en la vida. No todas las cicatrices se veían, como las de Jack, pero de todos modos existían. Cuando los reunió a todos, dos años atrás, después de la explosión del barco, sucedió algo mágico: sintió una unidad espiritual, un lazo de amistad que colmaba los vacíos en las vidas de todos ellos. Lo superficial no importaba para nada: el color de la piel, la belleza del rostro, o la falta de ella. Lo que importaba era lo que cada uno aportaba al grupo como unidad. Estuvieron separados durante un mes, mientras instalaba el Gilded Cage y lo ponía en marcha, y le pareció el doble de largo.
– Fui a New Orleans, a visitar a las chicas en una guarida en la que solía trabajar -contaba Pearl.
– Mientras no te sintieras tentada de quedarte -comentó Ivory.
– ¡Ah, no! Nunca más. -Todos rieron-. Jack, ¿viste al médico en Louisville?
– Claro que sí. -Jack se quitó el delantal blanco y lo dejó sobre la barra-. Dijo que no pasará mucho tiempo hasta que esté tan lindo como Scotty.
Rieron otra vez. Ruby enlazó un brazo con el de Scotty:
– ¿Para qué quieres una cara así? A mí me parece un poco descolorida.
Cuando Jack rió junto con los demás, la cicatriz se puso más brillante.
– Y tú, Ruby, ¿dónde fuiste?
– A Waverley, a visitar la tumba de mamá.
Todos se volvieron a Scotty, que no reveló nada de lo que sentía.
– ¿Cómo está?
– Se ve descuidado, lleno de malezas. Algunos de los viejos todavía están ahí, arreglándoselas solos, cultivando verduras y viviendo en las cabañas. Leatrice aún está ahí, esperando Dios sabe qué.
Las novedades provocaron a Gandy una punzada de nostalgia, pero se limitó a preguntar:
– ¿Le diste un beso de mi parte?
– No. Si quieres darle un beso a Leatrice, irás y se lo darás tú mismo.
Pensó un momento, y respondió:
– Quizás, algún día.
Jubilee, cerca de Marcus, semiapoyada en él, dijo:
– Marcus y yo nos ocupamos de hacer fabricar la jaula e hicimos unos trabajos aquí y allá, tocando y cantando antes de encontrarnos con las chicas, en Natchez. Actuamos en un sitio llamado La Sandalia Plateada. -Puso un codo sobre el hombro de Marcus y adoptó una expresión complacida-: Insistieron mucho en que nos quedáramos, ¿no es cierto, Marcus? Atrajimos multitudes que llenaban el sombrero todas las noches.
Marcus sonrió, asintió e hizo ademanes como de contar billetes. Todos rieron.
– Eh, ¿vosotros dos estáis presionándome? -preguntó Scotty-. Ya os pago más de lo que valéis.
– ¿Qué te parece, Marcus? -Jubilee se colgó del hombro de Marcus mientras miraba, provocadora, a Scott-. ¿Tendremos que ir enfrente y ofrecer nuestros talentos a uno de las tabernas de ahí?
– Haced la prueba -replicó Scott, amenazando con el dedo índice la linda nariz rosada de Jubilee como si fuese una pistola.
– ¿Y qué dices de ti, Ivory? -preguntó Pearl.
– Yo me quedé con el patrón. Había que traer el piano hasta aquí, afinarlo, y muchas cosas para arreglar este lugar. Tuve que ayudarlo a elegir el cuadro para la pared. -Ivory alzó una ceja y se volvió a medias hacia el desnudo-. ¿Qué opináis de ella?
Los hombres sonrieron, complacidos. Las mujeres apartaron la vista y arquearon las cejas con aire de superioridad.
Pearl dijo:
– Con esos muslos, no creo que sea capaz de voltear un sombrero de una silla con una patada, mucho menos de la cabeza de un hombre, ¿no, Ruby?
– Tampoco creo que sea capaz de entonar una nota.
– No, no -agregó Jubilee-. Y la pobre está muy gorda.
Cuando subieron las escaleras, todos estaban de muy buen humor. Ivory y Jack fueron al primer dormitorio a la izquierda. Marcus, al de al lado. Pearl y Ruby compartieron el que estaba encima de la jaula dorada, que ahora estaba en el centro del salón, debajo de la puerta trampa. Quedaban Jubilee y Scotty.
La muchacha entró en su cuarto y encendió la lámpara, mientras el hombre se apoyaba contra el marco de la puerta.
– Es un hermoso cuarto, Scotty. Gracias.
Se limitó a encogerse de hombros.
Jubilee tiró la boa blanca sobre un sofá rosado de respaldo oval.
– Una ventana. Vistas a la calle.
Se acercó al frente de la ventana, apoyó las palmas en el alféizar y miró abajo, contemplando la fila de lámparas de aceite. Luego, miró sobre el hombro al hombre que estaba en la puerta:
– Me gusta.
Scott asintió. Era agradable mirarla. Era una mujer de asombrosa belleza y la había echado de menos.
– ¡Uff! -Jubilee giró, estirando los brazos hacia el techo, y encogiendo los hombros-. Qué día tan largo. -Se sacó la pluma del cabello, la dejó y tomó un desabotonador. Se derrumbó en el sofá y se lo tendió-. ¿Me ayudas con los zapatos, Scotty?
La voz era serena.
Por unos segundos, no se movió. Los ojos de ambos intercambiaron mensajes. Sin prisa, apartó el hombro del marco de la puerta y cruzó la habitación para arrodillarse ante la mujer. Acomodó la bota blanca en la ingle y comenzó a soltar, sin prisa, los botones. Sin levantar la vista, preguntó: