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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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– En ese caso, tendré que pensar en una nueva forma de atraer clientes, ¿no?

– Sí, supongo que sí.

– No la vi por unos días.

– Estuve atareada. Le escribí una carta a la Primera Dama, agradeciéndole que se haya establecido la Ley Seca en la Casa Blanca.

– ¿La vieja Lucy Limonada?

Agatha estalló en carcajadas, y trató de contenerse con un dedo.

– Qué irrespetuoso, señor Gandy.

Medio país llamaba así a la Primera dama, pero nunca le había parecido tan gracioso.

– Yo y muchos más. La mantiene más seca que el gran Sahara.

– Como sea, le escribí, pues The Temperance Bannemos insta a los miembros a hacerlo. También le escribí al gobernador St. John.

– ¡A St. John! -No se mostró tan despreocupado ante esa novedad. Los rumores acerca del proyecto de enmienda a la Constitución estatal ponían muy nerviosos a los propietarios de bares de Kansas-. Caramba, caramba. Qué activas, ¿no?

Observándola, tomó el cigarro y dio una honda calada. El humo se elevó entre los dos antes de que se diera cuenta de lo que hacía.

– Oh, perdóneme. Olvidé que usted odia estas cosas, ¿no es cierto?

– Después de la máquina de coser, ¿cree que puedo negarle el placer, más todavía teniendo en cuenta que estamos en su territorio?

Gandy se levantó, fue a la ventana con el cigarro entre los dientes y subió el bastidor de la ventana. Agatha observó cómo el chaleco de satén se tensaba en la espalda y se preguntó quién de los dos ganaría a la larga. Scott permaneció mirando afuera, fumando y preguntándose lo mismo. Después de unos momentos, apoyo una bota en el alféizar, un codo sobre la rodilla y se dio la vuelta para mirarla sobre el hombro.

– Usted es distinta de lo que me imaginé al principio.

– Usted también.

– Está… esta guerra en la que estamos enzarzados, le parece divertida, ¿no?

– Quizás, en cierto modo. Nada resulta como lo imaginé. Es decir, ¿qué general le revela sus planes de batalla al enemigo?

Agatha sonrió y su rostro se convirtió en el semblante joven y hermoso que Violet había comentado antes. Los ojos claros se suavizaron. La austeridad se esfumó.

– Cuénteme, ¿qué nombre le puso el señor Potts a su «Dama del Óleo»?

– Me extraña que no lo haya oído la otra noche, cuando entró con sus huestes invasoras.

Otra vez, la hizo reír.

– Sólo éramos cuatro.

– ¿Nada más?

– Además, ¿cómo podíamos oír nada con ese barullo?

– El nombre completo es Dierdre en el Jardín de las Delicias, pero los hombres le pusieron de sobrenombre Delicia.

– Delicia. Ah… Estoy segura de que la señora Potts está encantada de que su esposo haya ganado el concurso. La próxima vez que la vea debo recordar felicitarla.

Gandy respondió con una carcajada franca.

– Ah, señorita Downing, usted es una digna rival. Debo confesarle que he llegado a admirarla. Por otra parte, la otra noche no duró mucho en la taberna.

– Nos superaron.

– Qué contrariedad -dijo, chasqueando la lengua y moviendo la cabeza lentamente.

La mujer resolvió que era hora de dejar de jugar al gato y al ratón.

– Usted es mi enemigo -afirmó con calma-. Y cualquiera sea mi opinión personal sobre usted, y cómo está cambiando lentamente, nunca debo perder de vista ese hecho.

– ¿Por qué vendo alcohol?

– Entre otras cosas.

Era difícil creer esas otras cosas al verlo reclinado en el alféizar de ese modo, desbordando encanto, buen humor y atractivo masculino. Pero entendía con toda claridad con cuánta desvergüenza aprovechaba ese encanto, ese humor y ese atractivo para desviarla de sus buenas intenciones.

– ¿Qué más?

El corazón le latió con excesiva fuerza y no se detuvo a medir la prudencia ni las consecuencias de lo que iba a decir:

– Dígame, señor Gandy, ¿fue usted el que clavó una nota amenazadora en mi puerta, la otra noche?

El buen humor desapareció del semblante de Gandy. Se le crispó la frente y el pie golpeó el piso.

– ¿Qué?

El corazón de Agatha latió con más fuerza aún.

– ¿Fue usted?

– ¿Cómo diablos puede preguntar una cosa así? -preguntó, enfadado.

Los latidos se intensificaron más. Pero se puso de pie, sacó la pluma del soporte y se la extendió:

– Por favor, ¿puede hacer una cosa? ¿Puede escribir las palabras bueno, quedarse y qué en un papel, en letras mayúsculas, ante mi vista?

Ceñudo, el hombre miró la pluma y luego a la mujer. Metió el cigarro entre los dientes y le arrebató la pluma. Flexionando la cintura, trazó las letras en un trozo de papel. Cuando se irguió, miró en los ojos de Agatha sin hablar. No le tendió el papel ni retrocedió, y se quedó tan cerca del escritorio que Agatha tuvo que apartarlo para mirar.

– Permiso.

Casi chocó con él, que se mantuvo firme en su sitio.

– No abuse de su suerte -le advirtió entre dientes, encima de la oreja.

Agatha levantó el papel y retrocedió. El humo del cigarro le quemaba las fosas nasales mientras observaba la escritura.

– ¿Satisfecha?

El alivio le hizo cerrar los párpados y exhalar levemente por la nariz. Gandy permaneció ante ella, bullendo de cólera. ¿Qué diablos quería esa mujer de él?

Agatha abrió los ojos y lo enfrentó.

– Lo lamento. Tenía que estar segura.

– ¿Y lo está? -le espetó.

Aunque se ruborizó, se mantuvo firme:

– Sí.

El hombre giró hacia el escritorio, apagó el cigarro con dos movimientos coléricos de la muñeca y se abstuvo de mirarla otra vez.

– Si me disculpa, tengo mucho que hacer. Estaba encargando un lote de ron cuando me interrumpió.

Se sentó y comenzó a escribir de nuevo.

El corazón traidor le desbordó de remordimientos:

– Ya le dije que lo lamentaba, señor Gandy.

– Buenos días, señorita Downing.

Con el rostro ardiendo, se dio la vuelta y arrastró los pies hacia la puerta, la abrió y se detuvo, de espaldas a él.

– Gracias por la máquina de coser -dijo en voz queda.

Gandy alzó la cabeza con brusquedad y miró fijo la espalda. ¡Maldita arpía! ¿Qué tenía, que se le había metido bajo la piel? Agatha dio otro paso hacia la puerta hasta que un ladrido del hombre la detuvo.

– ¡Agatha!

No creyó que recordara el nombre. ¿Qué importaba si lo recordaba?

– Quisiera ver la nota, si aún la tiene.

– ¿Por qué?

El semblante se crispó todavía más.

– No sé por qué diablos me siento responsable por usted, pero así es, ¡maldición!

Si no toleraba los juramentos, ¿por qué no lo regañaba por eso?

– Yo puedo cuidarme sola, señor Gandy -afirmó, y cerró la puerta al salir.

El hombre se quedó mirándola fijo, mientras oía abrirse y cerrarse la puerta de afuera. Con una violenta maldición, arrojó la pluma, que dejó una mancha de tinta en la orden que estaba escribiendo. Lanzó otra maldición, desgarró el papel en dos y lo tiró. Encerró un puño en el otro, los apretó contra el mentón y miró ceñudo la pared de la oficina hasta que los pasos que se arrastraban al fin dejaron de entrar por la ventana abierta.

Capítulo 7

Las damas de la U.M.C.T. aprendieron una canción nueva. La noche siguiente, la cantaban con creciente entusiasmo en cuatro tabernas.

¿Quién tiene pena? ¿Quién tiene dolores?

Los que no se atreven a decir no.

Los que se dejan llevar al pecado.

Y se regodean en el vino.

Entregaban panfletos a los hombres y seguían solicitando firmas para los compromisos. Para sorpresa de todos, Evelyn Sowers se adelantó varias veces y se interpuso con audacia ante los concurrentes a las tabernas. Con sus ojos intensos y su gesticulación un tanto dramática, desplegaba un asombroso talento oratorio que nadie conocía.

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