Juegos De Azar
- Автор: Spencer LaVyrle
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
– ¿Cómo fueron las cosas en Natchez? ¿Conociste a alguien que te impresionara?
Jubilee contempló el cabello grueso y negro.
– No. ¿Y tú?
– Tampoco.
– ¿Ninguna dulce niña de Kansas, recién salida de los brazos de la madre?
Le sacó una bota, la dejó caer, y alzó la mirada, riendo.
– No.
Tomó la otra bota y comenzó a desabotonarla. Jubilee contempló las conocidas manos morenas atareadas en algo tan personal. A la luz de la lámpara, el anillo chispeó contra la piel oscura.
– ¿Ninguna viuda de Kansas que estuvo sola durante la guerra?
Se le formaron los hoyuelos mientras contemplaba los conocidos ojos almendrados y hablaba en tono perezoso:
– Las viudas de Kansas no simpatizan con los soldados confederados apostadores, que instalan tabernas en sus pueblos.
Jubilee entrelazó los dedos en el cabello, sobre la oreja derecha:
– Jesús misericordioso, somos de la misma clase. Las madres de Natchez tampoco dejan a sus hijos a merced de las mujeres casquivanas transformadas en bailarinas.
Scott dejó la segunda bota, le besó los dedos de los pies y los frotó con el pulgar.
– Te eché de menos, Jube.
– Yo también, apostador.
– ¿Quieres venir a mi cuarto?
– Intenta mantenerme fuera.
Se levantó y le tendió la mano. Pasó con ella junto a un biombo tapizado, tomó del borde la bata turquesa y se la echó sobre el hombro.
– Trae la lámpara. Esta noche no la necesitarás aquí.
En la oscuridad al otro extremo del corredor, una puerta quedó entreabierta. Desde la oscuridad de su propio cuarto, Marcus vio la luz de la lámpara inundando el corredor. Entre las barras de la jaula dorada, vio a Scott llevar a Jube de la mano hasta la puerta de su alcoba. El cabello de la muchacha brillaba con tal intensidad que parecía capaz de iluminar por sí solo el camino. El vestido blanco y los brazos desnudos tenían un aspecto etéreo, mientras pasaba silenciosa, tras Scotty. ¿Cómo sería llevarla de la mano? Caminar con ella, descalza, hasta la cama. Quitarle las hebillas de ese cabello de nieve y sentirlas caer en sus manos…
Desde la primera vez que la vio, Marcus trataba de imaginarlo. Durante el mes pasado, mientras viajaban los dos solos, hubo veces en que Jubilee lo tocó. Pero tocaba a todos sin pudor. Una caricia no significaba para Jube lo mismo que para Marcus. Esa noche, en el bar, le había pasado el brazo por los hombros. Y no sospechaba, siquiera, lo que ocurría dentro de él cuando la mano de ella le tomaba el codo, le acomodaba la solapa o, sobre todo, le daba un beso en la mejilla.
Lo besaba en la mejilla cada vez que sentía deseos de hacerlo. Sólo media hora atrás había besado a Jack. Todos conocían las costumbres de Jube.
Pero nadie sabía el tormento oculto de Marcus Delahunt.
Con frecuencia, tenía que tocarla para llamarle la atención, y por eso sabía cómo era su piel. En ocasiones, cuando se daba la vuelta para verlo comunicar un mensaje silencioso, Marcus debía recordar de hacer los gestos. Al contemplar los ojos de Jube, esas asombrosas ventanas castañas claras, que asomaban al alma de la muchacha, perdía su propia alma. Cuántas veces anheló decirle lo bella que era, pero encerrado en la mudez, sólo podía pensarlo. Muchas veces, tocaba el banjo para ella, pero lo único que Jube oía eran las notas.
Allá en el pasillo, la puerta de Scotty se cerró. Marcus lo imaginó sacando el vestido blanco del cuerpo de Jube, acostándola en la cama, murmurándole palabras de amor, diciéndole los miles de cosas que Marcus quería decirle. Se preguntó si se sentiría el sonido cuando salía de la garganta. Cómo se sentiría la risa cuando era algo más que sacudidas del pecho, y cómo serían los susurros.
Para amar a una mujer, había que ser capaz de hacer todas esas cosas. Se imaginó a Scotty haciéndolas. Ningún otro que Marcus conociera merecía a Jube. Su belleza pálida armonizaba con la apostura morena de Scotty. La risa brillante, la sonrisa irónica del patrón. El cuerpo perfecto de ella, merecía el de un hombre también perfecto.
¿Qué era lo primero que decía un hombre?
Eres hermosa.
¿Qué hacía primero?
Acariciar: la mejilla, los cabellos de ángel.
¿Qué sensación darían?
Como si tuviese toda la gloria del mundo en las manos.
Jube… Jube…
– Jube, déjame hacerlo -decía Scott, en el cuarto al otro extremo del pasillo.
Hizo todas las cosas que Marcus Delahunt sólo podía soñar. Quitó una por una todas las hebillas del cabello blanco y esponjoso de Jube. Lo sintió caer en las manos y lo alisó sobre los hombros lechosos. Desabotonó el vestido, soltó los ganchos del corsé y contempló el cuerpo de piernas largas emerger de entre las enaguas y la ropa interior, de las que se libró a puntapiés. Cuando se dio la vuelta y le rodeó el cuello con los brazos, Scott puso las manos en los costados de los pechos, besó el lunar entre ellos que, para todo el mundo, Jube pegaba con engrudo cada mañana. Besó la boca que se ofrecía, la acarició de la manera que mantenía a raya la soledad por un tiempo. La acostó en la cama murmurando palabras amorosas, le dijo cuánto la había echado de menos y cuan contento estaba de tenerla otra vez entre sus brazos. Unió los cuerpos con la caricia más íntima, y encontró en ella la suspensión del vacío. Al terminar, la limpió a ella y se limpió él mismo. Y la abrazó estrechamente en la cama grande y blanda, y durmieron desnudos, con el pecho de ella en su mano.
Pero entre ellos jamás se pronunció la palabra amor.
Capítulo 6
El primer rebaño de cuernos largos de Texas llegó al día siguiente. Llegaron mugiendo, tercos, conducidos por hombres que habían estado tres meses sobre la montura, por un camino polvoriento y seco. Tanto el ganado como los hombres estaban sucios, sedientos, hambrientos y cansados. Proffitt estaba preparado para atender todas esas necesidades.
Las calles desusadamente anchas estaban hechas, en primer lugar, para que pasaran las desagradables bestias con cuernos que tenían dos veces el largo de sus cuerpos; en segundo, para aliviar las frustraciones de los fatigados vaqueros de Texas que las traían.
Agatha miró por la ventana de la sombrerería y vio que dos niños cruzaban corriendo la calle: era la última oportunidad que tendrían en bastante tiempo. Desde el extremo distante del pueblo ya se sentía el retumbar de los cuernos. Resignada, dijo:
– Aquí vienen.
La manada pasó por Proffitt de oeste a este, una masa movediza, cambiante, a veces inmanejable de carne que formaba una corriente roja, castaña, blanca y gris de cuero hasta donde alcanzaba la vista. Junto a ella cabalgaban los vaqueros, tan ásperos como los cientos de kilómetros de meseta que habían cruzado. Cansados de la montura, solitarios, ansiaban tres cosas: un trago, un baño y una mujer, por lo general en ese orden.
Las prostitutas ya habían regresado a los prostíbulos del extremo oeste del pueblo, después de invernar en los burdeles de Memphis, St. Louis y New Orleans.
– ¡Hola, vaquero! ¡No te olvides de preguntar por Crystal!
– ¿Estás cansado de cabalgar, vaquero? La pequeña Delilah tiene algo más blando para que cabalgues.
– ¡Aquí arriba, grandote! ¡Mira esa barba, Betsy! -Ahuecando las manos alrededor de la boca, gritó-: No te afeites esa barba, cariño. ¡Me encaaantan las barbas!
Los hombres, fatigados del camino, desde las monturas, agitaban los sombreros, los dientes blancos iluminando las caras sucias.
– ¿Cómo te llamas, tesoro?
– ¡Lucy! ¡Pregunta por Lucy!
– ¡Manténlo al fuego, Lucy! ¡El Gran Luke está de vuelta!
El ganado se desbordaba por la calle de poste a poste, y a veces hasta subía a las aceras. Rebeldes y estúpidos, en ocasiones volvían a su naturaleza salvaje e indómita, e irrumpían por las puertas abiertas de las tabernas, rompiendo ventanas con los cuernos, haciendo girar los ojos y cargando contra cualquier cosa que se interpusiera en su camino.