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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Sam entrecerró los ojos para alzar la vista hacia el Muro. Se elevaba ante ellos como un acantilado de hielo de más de doscientos metros de altura. A veces a Jon le parecía casi como si fuera un ser vivo, con diferentes estados de ánimo. El color del hielo cambiaba con cada matiz de la luz. A veces tenía el azul intenso de los ríos helados, otras el blanco sucio de la nieve pisoteada, y cuando una nube pasaba ante el sol se oscurecía con el gris claro del granito. El Muro se prolongaba de este a oeste, hasta donde alcanzaba la vista, tan inmenso que a su lado las fortalezas de madera y los torreones de piedra del castillo resultaban insignificantes. Era el fin del mundo.

«Y nosotros vamos a ir más allá.»

En el cielo de la mañana aparecían finos jirones de nubes grises, pero la línea color rojo claro se veía tras ellos. Los hermanos negros le habían adjudicado el nombre de Antorcha de Mormont, comentando (sólo en broma a medias) que los dioses debían de haberlo enviado para iluminar el camino del anciano a través del Bosque Encantado.

—El cometa es tan brillante que ya se ve hasta de día —dijo Sam, que se había puesto unos libros sobre los ojos a modo de visera.

—Déjate de cometas, lo que quiere el Viejo Oso son mapas.

Fantasma corría a zancadas ante ellos. Todo parecía desierto aquella mañana porque muchos exploradores estaban en el burdel de Villa Topo, buscando tesoros enterrados y bebiendo hasta la inconsciencia. Grenn se había ido con ellos. Pyp, Halder y Sapo le habían dicho que iban a pagarle su primera vez con una mujer para celebrar su también primera vez en una expedición. Invitaron a Jon y a Sam, pero Sam les tenía tanto miedo a las prostitutas como al Bosque Encantado, y Jon no quería ni oír hablar del tema.

—Haced lo que queráis —dijo a Sapo—. Yo respetaré mi juramento.

Al pasar cerca del sept, oyó voces que entonaban un cántico. «En la víspera de la batalla algunos hombres quieren mujeres, y otros quieren dioses.» Jon se preguntó cuáles se sentirían mejor después. El sept no lo tentaba más que el burdel; sus dioses moraban en templos situados en lugares salvajes, donde los arcianos extendían sus ramas blancas como huesos. «Los Siete no tienen poder al otro lado del Muro —pensó—, pero mis dioses me estarán esperando.»

Ser Endrew Tarth estaba trabajando con unos reclutas nuevos delante de la armería. Habían llegado la noche anterior con Conwy, uno de los cuervos errantes que recorrían los Siete Reinos en busca de hombres para el Muro. La nueva cosecha estaba compuesta por un anciano de barba gris que se apoyaba en un bastón, dos muchachos rubios que parecían hermanos, un joven emperifollado vestido con ropas de seda muy sucias, un hombre andrajoso con un pie zambo y un orate sonriente que se creía un guerrero. Ser Endrew le demostraba en aquel momento cuán equivocado estaba. Era un maestro de armas más amable de lo que había sido Ser Alliser Thorne; pese a todo, sus lecciones producían magulladuras. Sam se estremecía con cada golpe, pero Jon Nieve contempló la pelea a espada con atención.

—¿Qué te parecen, Nieve? —Donal Noye estaba en la puerta de su armería, con el pecho desnudo bajo el delantal de cuero y el muñón del brazo izquierdo por una vez descubierto. Con una barriga inmensa y un torso de barril, no era una visión atractiva, pero sí más que bienvenida. El armero había demostrado ser un buen amigo.

—Huelen a verano —dijo Jon mientras Ser Endrew acosaba a su rival y lo derribaba por tierra—. ¿De dónde los ha sacado Conwy?

—De las mazmorras de un señor, cerca de Puerto Gaviota. Un bandido, un barbero, un mendigo, dos huérfanos y un muchacho que se dedicaba a la prostitución. Con estos elementos tenemos que defender los reinos de los hombres.

—Saldrán adelante. —Jon dirigió a Sam una sonrisa discreta—. Nosotros lo logramos.

—¿Te has enterado de las noticias acerca de tu hermano? —preguntó Noye indicándole que se acercara.

—Sí, anoche. —Conwy y sus protegidos habían traído nuevas del Norte, y en la sala común no se había hablado de otra cosa. Jon aún no habría sabido decir qué sensación le producían. Robb… ¿rey? ¿El mismo hermano con el que había jugado, con el que había peleado, con el que había compartido el primer vaso de vino?

«Pero no la leche materna, eso no. De manera que Robb beberá vino veraniego en copas adornadas con piedras preciosas, mientras que yo me arrodillaré junto a los arroyos para beber con las manos agua de nieve fundida.»

—Robb será un gran rey —dijo con lealtad.

—¿De veras? —El herrero lo miró con franqueza—. Eso espero, muchacho, pero hubo un tiempo en que yo habría dicho lo mismo de Robert.

—Se dice que tú le forjaste su martillo de guerra.

—Así fue. Yo trabajaba para los Baratheon, era herrero y armero en Bastión de Tormentas hasta que perdí el brazo. Tengo tantos años que llegué a conocer a Lord Steffon antes de que el mar se lo llevara, y también conocí a sus tres hijos desde antes de que les pusieran nombre. Y te voy a decir una cosa: desde que se ciñó esa corona, Robert no volvió a ser el mismo. Hay hombres que son como las espadas, nacen para luchar. Si los dejas inactivos, se oxidan.

—¿Y sus hermanos?

—Robert era el auténtico acero —contestó el armero después de meditar un instante—. Stannis es hierro puro, negro, fuerte y duro, sí, pero también quebradizo, como el propio hierro. No se dobla nunca, antes se rompe. Y en cuanto a Renly… ay, Renly es cobre, pulido y brillante, muy bonito, pero a la larga no vale gran cosa.

«¿Y qué metal es Robb?» Jon no quiso preguntarlo. Noye era de los Baratheon, seguramente consideraba que Joffrey era el rey legítimo y Robb un traidor. En la hermandad de la Guardia de la Noche había un pacto implícito, nadie ahondaba demasiado en aquellos temas. Al Muro llegaban hombres procedentes de los Siete Reinos, y por muchos juramentos que se hicieran costaba olvidar los antiguos amores y lealtades… como el propio Jon sabía demasiado bien. Hasta en el caso de Sam sucedía lo mismo, ya que la Casa de su padre era vasalla de Altojardín, cuyo señor, Lord Tyrell, apoyaba al rey Renly. Era mejor no hablar de aquellos temas. La Guardia de la Noche no tomaba partido.

—Lord Mormont nos está esperando —dijo Jon.

—Si vas a reunirte con el Viejo Oso, no te entretengo más. —Noye le dio una palmadita en el hombro y sonrió—. Que los dioses te acompañen mañana, Nieve. Y haced el favor de traernos de vuelta a tu tío, ¿eh?

—Eso haremos —prometió Jon.

El Lord Comandante Mormont había instalado su residencia en la Torre del Rey después de que el fuego consumiera la suya. Jon dejó a Fantasma con los guardias ante la puerta.

—Más escaleras —suspiró Sam con tristeza cuando empezaron a subir—. Odio las escaleras.

—Pues mira, de eso no hay en el bosque.

Cuando entraron en la estancia, el cuervo los divisó al instante.

¡Nieve! —graznó el pájaro.

Mormont interrumpió su conversación.

—Has tardado lo tuyo en encontrar esos mapas. —Apartó a un lado los restos de su desayuno para hacer sitio en la mesa—. Déjalos aquí, luego les echaré un vistazo.

Thoren Smallwood, un explorador nervudo de mentón débil y boca más débil todavía, ambos ocultos bajo una barbita desaseada, lanzó una mirada gélida a Jon y a Sam. Había sido uno de los hombres de confianza de Alliser Thorne, y no les tenía la menor simpatía.

—El lugar del Lord Comandante está en el Castillo Negro, ejerciendo de lord y de comandante —dijo a Mormont, sin hacer caso de los recién llegados—. Es lo que opino yo.

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