Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Eso son cuentos —le espetó Arya sin poder contenerse—. Los lobos no comen bebés.
—¿Y tú qué sabes de eso, muchacho? —quiso saber el hombre de la capa verde.
—No le hagas caso —dijo Yoren, agarrándola por el brazo antes de que se le ocurriera qué responder—, al chico le ha sentado mal la cerveza, está mareado.
—No es verdad. No comen bebés…
—Afuera, chico… y no vuelvas hasta que no aprendas a tener la boca cerrada mientras hablan los hombres. —La empujó sin miramientos hacia la puerta lateral que daba a los establos—. Largo. Ve a ver si el mozo de cuadras ha dado de beber a los caballos.
—No comen bebés —murmuró Arya indignada entre dientes al salir. Le dio una patada a una piedra, que rodó hasta detenerse debajo de los carromatos.
—Chico —lo llamó desde dentro una voz amistosa—. Chico guapo.
Uno de los hombres encadenados hablaba con ella. Arya se acercó con precaución, con la mano en la empuñadura de Aguja.
El prisionero alzó la mano en la que tenía el pichel. Sus cadenas tintinearon.
—A uno le gustaría otro trago de cerveza. A uno le entra sed, de tanto llevar estos grilletes tan pesados. —Era el más joven de los tres, esbelto, de rasgos delicados, siempre sonriente. Tenía el cabello rojo por un lado y blanco por el otro, lleno de la suciedad de la jaula y del viaje—. A uno le iría bien un baño, también —siguió al ver que Arya lo miraba—. Y el chico se ganaría un amigo.
—Ya tengo amigos —replicó Arya.
—¿Dónde están? —dijo el que no tenía nariz. Era recio y rechoncho, con manos enormes. Un espeso vello negro le cubría los brazos, las piernas y el pecho, incluso la espalda. A Arya le recordó un dibujo que había visto en un libro, la imagen de un simio de las Islas del Verano. Con aquella oquedad en la cara costaba trabajo mirarlo mucho rato seguido.
El calvo abrió la boca y siseó como si fuera un inmenso lagarto blanco. Cuando Arya retrocedió un paso, sobresaltada, abrió la boca y agitó la lengua en dirección a ella. Pero no era una lengua, sino un muñón.
—No hagas eso —barboteó.
—En las celdas negras uno no puede elegir a sus compañeros —dijo el atractivo, el del pelo blanco y rojo. Su manera de hablar tenía algo que le recordaba a Syrio; era semejante y muy diferente al mismo tiempo—. Estos dos carecen de todo sentido de la cortesía. Uno tiene que pedir disculpas. Te llamas Arry, ¿verdad?
—Chichones —dijo el que no tenía nariz—. Chichones Carasucia Espadapalo. Ten cuidado, Lorath, que te pega con el palo.
—Uno se avergüenza de los que lo acompañan, Arry —siguió el atractivo—. Uno tiene el honor de ser Jaqen H’ghar, otrora de la Ciudad Libre de Lorath. Y desearía estar allí. Los descorteses compañeros de cautiverio de uno son Rorge… —Hizo un gesto con el pichel en dirección al hombre sin nariz—. Y Mordedor. —Mordedor siseó de nuevo en dirección a ella, mostrando los dientes amarillentos y limados en punta—. Todo el mundo debe tener un nombre, ¿no? Mordedor no habla y Mordedor no escribe, pero tiene los dientes muy afilados, así que uno lo llama Mordedor, y él sonríe. ¿Estás fascinado?
—No. —Arya retrocedió para alejarse del carromato. «No me pueden hacer daño —se dijo—. Están encadenados.»
—Uno está a punto de llorar —dijo el hombre poniendo boca abajo su pichel.
Rorge, el que carecía de nariz, soltó una maldición y le tiró su jarra. Los grilletes le entorpecían los movimientos, pero aun así habría estrellado el pesado pichel de peltre contra su cabeza si Arya no se hubiera apartado de un salto.
—¡Tráenos más cerveza, grano de pus! ¡Venga!
—¡Cierra el pico!
Arya trató de imaginar qué habría hecho Syrio. Desenvainó su espada de madera, la de entrenamiento.
—Acércate más —dijo Rorge—, ¡te voy a meter ese palo por el culo hasta el cuello!
«El miedo hiere más que las espadas —pensó Arya, y se obligó a acercarse al carromato. Cada paso le costaba más que el anterior—. Fiera como un carcayú, tranquila como las aguas en calma.» Las palabras cantaban en su mente. Syrio no habría tenido miedo. Ya estaba tan cerca como para tocar la rueda cuando Mordedor se puso en pie y trató de agarrarla entre el tintineo de las cadenas. Los grilletes detuvieron sus manos a diez centímetros de la cabeza de Arya. El hombre siseó.
Arya lo golpeó. Con fuerza, justo entre los ojos diminutos.
Mordedor retrocedió entre gritos y luego se lanzó hacia ella con todo su peso, tirando de las cadenas. Los eslabones se deslizaron y se tensaron, y Arya oyó el crujido de la madera vieja y seca cuando las grandes argollas de hierro estuvieron a punto de saltar de los tablones del carromato. Unas enormes manos blancuzcas sacudieron el aire en dirección a ella, y las venas se hincharon a lo largo de los brazos de Mordedor, pero las cadenas aguantaron, y por fin el hombre se derrumbó hacia atrás. La sangre le manaba de las llagas de las mejillas.
—Un chico con más valor que sentido común —observó el que había dicho llamarse Jaqen H’ghar.
Arya se alejó del carromato, sin darle la espalda. Al notar una mano en el hombro, se giró de un salto blandiendo de nuevo la espada de madera, pero no era más que el Toro.
—¿Qué haces? —El muchacho había alzado las manos en gesto defensivo—. Yoren dijo que no nos acercáramos a esos tres.
—A mí no me dan miedo —dijo Arya.
—Será porque eres idiota. A mí sí me dan miedo. —El Toro puso la mano en el puño de su espada, y Rorge se echó a reír—. Vámonos lejos de ellos.
Arya arrastró los pies por el suelo, pero siguió al Toro. Dieron la vuelta al edificio hasta llegar a la fachada de la posada, seguidos por las carcajadas de Rorge y los siseos de Mordedor.
—¿Quieres pelear? —preguntó al Toro. Tenía ganas de propinar golpes.
El muchacho la miró y parpadeó, sobresaltado. Los mechones de espeso cabello negro, todavía mojados tras el baño, le caían sobre los ojos azules.
—Te puedo hacer daño.
—No me harás daño.
—No sabes lo fuerte que soy.
—Y tú no sabes lo veloz que soy yo.
—Tú te lo has buscado, Arry. —Desenvainó la espada larga de Praed—. Es de acero barato, pero acero real.
—Ésta es de buen acero —dijo Arya mientras sacaba a Aguja de su funda—, así que es más real que la tuya.
El Toro sacudió la cabeza.
—¿Prometes que no llorarás si te corto?
—Lo prometo si tú lo prometes. —Giró de lado para adoptar su postura de bailarina del agua, pero el Toro no se movió. Tenía los ojos clavados en un punto detrás de ella—. ¿Qué pasa?
—Capas doradas.
Su rostro se tensó.
«No es posible», pensó Arya, pero al darse la vuelta los vio cabalgando por el camino real, eran seis hombres con las cotas de malla negras y las capas doradas de la Guardia de la Ciudad. Uno de ellos tenía rango de oficial. Llevaba una coraza negra esmaltada, adornada con cuatro discos dorados. Se detuvieron delante de la posada. «Mira con los ojos», le susurró la voz de Syrio. Sus ojos vieron espuma blanca bajo las sillas; aquellos caballos habían galopado un largo trecho. Tranquila como las aguas en calma, cogió al Toro por el brazo y lo arrastró detrás de un seto en flor.
—¿Qué pasa? —le preguntó el muchacho—. ¿Qué estás haciendo? Suéltame.
—Silencioso como una sombra —susurró ella al tiempo que lo obligaba a agacharse.
Otros pupilos de Yoren estaban sentados ante la casa de baños, a la espera de que les llegara su turno.