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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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—¡Eh, vosotros! —les gritó uno de los capas doradas—. ¿Sois los que partisteis para vestir el negro?

—Es posible —fue la cauta respuesta.

—Preferiríamos estar con vosotros —dijo el viejo Reysen—. Se dice que en el Muro hace frío del de verdad.

—Tengo una orden de arresto contra un muchacho… —empezó el oficial de los capas doradas mientras desmontaba.

—¿Y quién busca a ese muchacho? —Yoren salió de la posada, pasándose los dedos por la enmarañada barba negra.

Los otros capas doradas habían desmontado y permanecían junto a sus caballos.

—¿Por qué nos escondemos? —preguntó el Toro en un susurro.

—Vienen a por mí —respondió también en susurros. La oreja del chico olía a jabón—. No hagas ruido.

—Son órdenes de la reina, anciano, nada que te concierna —dijo el oficial al tiempo que se sacaba un documento del cinturón—. Aquí tienes, la orden con el sello de Su Alteza.

Detrás del seto, el Toro sacudió la cabeza en gesto dubitativo.

—¿Por qué te iba a buscar a ti la reina, Arry?

—¡Que no hagas ruido! —Arya le dio un puñetazo en el hombro.

Yoren pasó el dedo por la orden y por el círculo de cera dorada.

—Muy bonito. —Escupió al suelo—. Lo malo es que el chico está ahora en la Guardia de la Noche. Lo que hiciera en la ciudad me importa una mierda.

—A la reina no le interesa tu opinión, anciano —replicó el oficial—, y a mí tampoco. Me voy a llevar al chico.

Arya pensó en escapar, pero sabía que no llegaría lejos a lomos de su burro mientras los capas doradas iban a caballo. Y estaba cansada de escapar. Había escapado cuando Ser Meryn fue a por ella y volvió a escapar cuando mataron a su padre. Si era una verdadera danzarina del agua, saltaría allí mismo con Aguja en la mano, los mataría a todos y no volvería a escapar de nadie.

—No te vas a llevar a nadie —dijo Yoren, testarudo—. La ley lo dice.

—Ésta es la ley —dijo el capa dorada desenvainando una espada corta.

—Eso no es la ley. —Yoren miró el arma—. No es más que una espada. Y da la casualidad de que yo también tengo una.

—Viejo idiota, ¡he venido con cinco hombres! —El oficial sonrió.

—Da la casualidad de que yo tengo treinta. —Yoren escupió.

Los capas doradas estallaron en carcajadas.

—¿Esa pandilla? —dijo un patán corpulento con la nariz rota—. ¿Cuál va primero? —gritó al tiempo que mostraba su acero.

—Yo —contestó Tarber después de arrancar una horca de una paca de heno.

—No, yo —exigió Cutjack, el albañil regordete, sacándose el martillo del delantal de cuero que llevaba siempre.

—Yo. —Kurz se levantó del suelo, con su cuchillo de desollar en la mano.

—Éste y yo. —Koss echó mano de su arco.

—Todos nosotros —dijo Reysen, agarrando el largo cayado de madera que llevaba.

Dobber salió de los baños, desnudo y con sus ropas hechas un fardo, vio lo que estaba sucediendo y lo soltó todo menos la daga.

—¿Hay una pelea? —preguntó.

—Parece que sí —respondió Pastel Caliente, que estaba a cuatro patas y buscaba una piedra grande que tirarles.

Arya no daba crédito a lo que veían sus ojos. ¡Pero si detestaba a Pastel Caliente! ¿Por qué se arriesgaba por ella?

Al de la nariz rota la situación le seguía pareciendo muy graciosa.

—Vamos, nenitas, soltad los palos y las piedras, o tendremos que daros una azotaina. ¡Pero si no sabéis ni por dónde se coge una espada!

—¡Yo sí! —No iba a permitir que murieran por ella, igual que Syrio. ¡No, no lo toleraría! Atravesó el seto con Aguja en la mano y adoptó su postura de danzarina del agua.

Nariz Rota soltó una risotada. El oficial la miró de arriba abajo.

—Baja esa espada, nenita, no te vamos a hacer daño.

—¡No soy una nenita! —chilló, furiosa. ¿Qué les pasaba? Habían recorrido un largo trecho para atraparla y ahora se quedaban allí, sonrientes, mirándola—. ¡Habéis venido a buscarme a mí!

—Hemos venido a buscarlo a él. —El oficial señaló con su espada corta en dirección al Toro, que se había situado junto a ella, con el acero barato de Praed en la mano.

Pero cometió el error de apartar los ojos de Yoren, aunque fuera sólo durante un momento. De repente, se encontró con la punta de la espada del hermano negro en la nuez de su garganta.

—No te vas a llevar a ninguno de los dos, a menos que quieras que te casque esta nuez. Y si te hacen falta más argumentos, tengo a diez o quince hermanos más dentro de la posada. Yo que tú soltaría ese cuchillito, pondría las nalgas sobre el caballo y galoparía de vuelta a la ciudad. —Escupió al suelo e incrementó la presión de su espada—. Vamos. —El oficial abrió los dedos. La espada cayó al suelo—. Nos la quedamos —añadió Yoren—. En el Muro siempre va bien un buen acero.

—Como quieras. Por ahora. Vamos. —Los capas doradas envainaron las armas y montaron—. Más vale que corras hacia tu Muro, anciano. La próxima vez que te alcance, me llevaré tu cabeza junto con la del bastardo.

—No serás el primero que lo intenta. —Yoren dio un golpe de plano con la espada en la grupa de la montura del oficial, y el animal salió al galope por el camino real. Sus hombres lo siguieron.

Pastel Caliente empezó a lanzar aullidos de alegría en cuanto se perdieron de vista, pero Yoren parecía más airado que nunca.

—¡Idiota! ¿Te parece que esto ha terminado? La próxima vez no perderá tiempo con bravuconadas ni con órdenes de arresto. Sacad a los demás de los baños, tenemos que partir ya. Viajaremos toda la noche, puede que así los mantengamos a distancia. —Recogió la espada corta que el oficial había dejado caer—. ¿Quién quiere esto?

—¡Yo! —gritó Pastel Caliente.

—No se la claves a Arry. —Le tendió la espada con el puño por delante y se dirigió hacia Arya. Pero con quien habló fue con el Toro—. La reina tiene muchas ganas de atraparte, chico.

—Pero, ¿por qué lo busca a él? —Arya no entendía nada.

—¿Y por qué te iba a querer a ti? —le preguntó el Toro con el ceño fruncido—. ¡Si no eres más que una rata de alcantarilla!

—¡Y tú no eres más que un bastardo! —«¿O tal vez fingía que sólo era un bastardo?»—. ¿Cómo te llamas de verdad?

—Gendry —replicó él, aunque no parecía muy seguro.

—No veo por qué os tendrían que buscar a ninguno de los dos —dijo Yoren—, pero da igual, el caso es que no os pueden coger. A partir de ahora iréis en los dos caballos. Al menor atisbo de una capa dorada, galopad hacia el Muro como si un dragón os estuviera pisando los talones. Los demás no les importamos una mierda.

—Tú sí —señaló Arya—. Ese hombre ha dicho que se iba a llevar tu cabeza.

—Bueno… —dijo Yoren—, si me la puede quitar del cuello, que se la quede.

JON

—¿Sam? —llamó Jon con voz queda.

El aire olía a papel, a polvo y a siglos. Ante él se alzaban estanterías de madera cuyas cimas se perdían en la penumbra, abarrotadas de volúmenes encuadernados en cuero y antiguos pergaminos. A través de los estantes le llegaba un brillo tenue, procedente de una lámpara oculta. Jon sopló para apagar la vela que llevaba; no quería arriesgarse a transportar una llama al descubierto entre tanto papel viejo. Siguió el rastro de la luz, zigzagueando por los estrechos pasillos entre las estanterías, bajo un techo abovedado. Vestía de negro de pies a cabeza, era una sombra entre las sombras, cabello negro, rostro alargado, ojos grises… Se cubría las manos con guantes de piel de topo: la derecha porque la tenía quemada, y la izquierda porque se sentía ridículo sólo con un guante.

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