Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
Samwell Tarly estaba inclinado sobre una mesa, en un nicho excavado en la piedra del muro. El brillo procedía de la lámpara que pendía sobre su cabeza. Al oír las pisadas de Jon alzó la vista.
—¿Te has pasado aquí la noche?
—¿De verdad? —Sam pareció sobresaltado.
—No has desayunado con nosotros, y tu cama está sin deshacer.
Rast había sugerido que tal vez Sam había desertado, pero Jon no se lo creyó ni por un momento. La deserción exigía cierto tipo de valor, y en ese aspecto Sam tenía graves carencias.
—¿Ya es de día? Aquí abajo uno no se da cuenta.
—Eres un encanto de idiota, Sam —dijo Jon—. Te aseguro que, cuando estemos durmiendo sobre el suelo frío y duro, vas a echar de menos esa cama.
Sam bostezó.
—El maestre Aemon me envió a buscar unos mapas para el Lord Comandante. En la vida me habría imaginado… ¡cuántos libros, Jon! ¿Habías visto algo así alguna vez? ¡Los hay a miles!
—En la biblioteca de Invernalia hay más de cien. —Jon miró a su alrededor—. ¿Has encontrado los mapas?
—Sí, sí. —Sam hizo un gesto con la mano de dedos gordos como salchichas para señalar el revoltijo de libros y rollos que tenía delante—. Al menos una docena. —Desenrolló uno de los pergaminos—. El dibujo está un poco desvaído, pero aún se ven los puntos en los que el cartógrafo señaló las aldeas de los salvajes, y hay otro libro… ¿dónde lo he puesto? Lo estaba leyendo hace nada. —Apartó a un lado unos cuantos rollos para dejar al descubierto un volumen polvoriento, encuadernado en cuero podrido—. Esto —dijo con tono reverente— es el relato de un viaje desde la Torre Sombría hasta Punta Lorn, en la Costa Helada. Lo escribió un explorador llamado Redwyn. No está fechado, pero dice que el Rey en el Norte era Dorren Stark, así que debe de ser de antes de la Conquista. ¡Lucharon contra gigantes, Jon! Redwyn incluso llegó a comerciar con los niños del bosque; aquí lo cuenta todo. —Pasó las páginas con un dedo, con una delicadeza increíble—. También dibujó mapas, mira…
—Igual tú puedes escribir un relato de nuestra expedición, Sam. —Su intención era darle ánimos, pero se equivocó. Lo que menos necesitaba Sam era que le recordaran aquello a lo que tendrían que enfrentarse al día siguiente. Sam movió los rollos de aquí para allá.
—Hay más mapas. Si tuviera tiempo para investigar… esto es un caos. Pero yo podría poner orden, estoy seguro, aunque claro, me llevaría un tiempo… Bueno, la verdad es que me llevaría años.
—Mormont necesita esos mapas un poco antes. —Jon sacó un pergamino de un cubo y sopló para quitarle la mayor parte del polvo. Al desenrollarlo, una esquina se le quebró entre los dedos—. Mira, éste se está deshaciendo —dijo, con el ceño fruncido para descifrar las letras descoloridas.
—Ten cuidado. —Sam rodeó la mesa y le cogió el pergamino de la mano, con tanto cuidado como si se tratara de un animal herido—. Antes los libros importantes se copiaban cada vez que hacía falta. Seguro que los más antiguos se han copiado medio centenar de veces.
—Éste no hace falta que se molesten en copiarlo. Veintitrés barriles de bacalao en escabeche, dieciocho jarras de aceite de pescado, un tonel de sal…
—Un inventario —señaló Sam—. O tal vez una factura de compra.
—¿A quién le importa cuánto bacalao en escabeche se comía hace seiscientos años? —preguntó Jon.
—A mí. —Con todo cuidado, Sam volvió a poner en el cubo el pergamino que Jon había cogido—. De este tipo de documentos contables se puede aprender mucho, en serio: cuántos hombres había entonces en la Guardia de la Noche, cómo vivían, qué comían…
—Comían comida —dijo Jon—. Y vivían como nosotros.
—A lo mejor te llevabas una sorpresa. Esta cripta es un tesoro, Jon.
—Si tú lo dices… —Jon no estaba tan seguro. El concepto de tesoro implicaba oro, plata y joyas; no polvo, arañas y cuero podrido.
—Te lo digo yo —farfulló el muchacho gordo. Era mayor que Jon, según la ley un hombre adulto, pero costaba no verlo como un chico—. He encontrado dibujos de rostros en los árboles, y un libro acerca del idioma de los niños del bosque… son obras que no tienen ni en la Ciudadela, pergaminos de la antigua Valyria, reseñas de las estaciones escritas por maestres que murieron hace un millar de años…
—Los libros no se van a mover de aquí, ya los leerás cuando volvamos.
—Si es que volvemos…
—El Viejo Oso se lleva a doscientos hombres expertos, de ellos tres cuartas partes son exploradores. Qhorin Mediamano vendrá con otros cien hermanos de la Torre Sombría. Estarás tan a salvo como en el castillo de tu padre en Colina Cuerno.
—En el castillo de mi padre tampoco estaba a salvo. —Samwell Tarly se obligó a esbozar una sonrisa triste.
«Los dioses gastan bromas crueles», pensó Jon. Pyp y Sapo, que se morían por tomar parte en la gran expedición, iban a tener que quedarse en el Castillo Negro. En cambio Samwell Tarly, el cobarde según su propia definición, exageradamente gordo, apocado, casi tan mal jinete como espadachín, tenía que enfrentarse al Bosque Encantado. El Viejo Oso pensaba llevar consigo dos jaulas de cuervos para poder enviar noticias a medida que avanzaban. El maestre Aemon estaba ciego y demasiado débil para cabalgar con ellos, así que su mayordomo debía ir en su lugar.
—Te necesitamos para que te encargues de los cuervos, Sam. Y alguien tiene que ayudarme a mantener a Grenn en su sitio.
—Tú mismo podrías hacerte cargo de los cuervos… —Las múltiples papadas de Sam temblaban—. O Grenn, o cualquiera —añadió con un matiz agudo de desesperación en la voz—. Yo te enseñaría. Y sabes las letras, también podrías escribir los mensajes de Lord Mormont.
—Yo soy el mayordomo del Viejo Oso, tendré que cuidar de él y de su caballo, y montarle la tienda… No me daría tiempo a encargarme también de los pájaros. Sam, pronunciaste el juramento. Ahora eres un hermano de la Guardia de la Noche.
—Un hermano de la Guardia de la Noche no tendría tanto miedo.
—Todos tenemos miedo. De lo contrario, seríamos idiotas.
En los dos últimos años habían desaparecido demasiados exploradores, entre ellos Benjen Stark, el tío de Jon. Dos de los hombres de su tío habían aparecido muertos en el bosque, pero los cadáveres se levantaron en medio de la noche gélida. Los dedos quemados de Jon se estremecieron al recordarlo. El espectro aún se le aparecía en sueños: era Othor, muerto, con los ojos de un azul ardiente y las manos heladas y negras, pero era lo que menos falta le hacía recordar a Sam.
—El miedo no debe avergonzarnos, me lo dijo mi padre. Lo importante es cómo nos enfrentamos a él. Venga, te ayudo a recoger los mapas.
Sam asintió con gesto triste. Las estanterías estaban tan apretadas entre ellas que tuvieron que salir en fila. La cripta daba a uno de los túneles que los hermanos denominaban «gusaneras», serpenteantes pasadizos subterráneos que unían por el subsuelo las torres y fortines del Castillo Negro. En verano, las gusaneras casi no las utilizaban más que las ratas y otras alimañas, pero en invierno la cosa cambiaba. Cuando la nieve se acumulaba hasta doce o quince metros de altura, y los vientos gélidos llegaban aullantes del norte, los túneles eran lo único que mantenía unido el Castillo Negro.
«Y será pronto», pensó Jon mientras ascendían. Había visto el mensajero que recibió el maestre Aemon con la noticia del fin del verano, el gran cuervo procedente de la Ciudadela, blanco y silencioso como Fantasma. Él había vivido un invierno cuando era muy pequeño, pero según decía todo el mundo había sido muy corto y benigno. El que se avecinaba iba a ser diferente. Lo notaba en los huesos.
Los empinados peldaños de piedra hicieron que, cuando llegaron a la superficie, Sam resoplara como el fuelle de un herrero. Los recibió un viento penetrante que hizo ondear la capa de Jon. Fantasma estaba dormido, tendido ante el muro del granero, pero despertó en cuanto Jon llegó, y trotó hacia ellos con la peluda cola blanca muy rígida.