Estrella del mar [Star of the Sea - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Серия: Patrulla del Tiempo #8
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-9723-6
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Альтернативная история
Электронная книга - «Estrella del mar [Star of the Sea - es]». Краткое содержание книги:
Cuando vieron cómo iban las cosas, Hlavagast y Viduhada se apartaron para hablar. Estuvieron de acuerdo en que tal unión de sus familias sería bien recibida, pero los esponsales debían esperar. El flujo de Edh apenas había comenzado el año anterior; los jóvenes podrían pelearse y un matrimonio infeliz significaba problemas para todos; esperar y ver, y mientras tanto beber una jarra de cerveza con la esperanza de que todo saliese bien.
Pasó el invierno, la lluvia, la nieve, la oscuridad cavernosa, la noche de terror antes del regreso del sol y el día de fiesta siguiente, cielos iluminados, el deshielo, corderos recién nacidos, ramas con brotes. La primavera trajo hojas y alas en dirección al norte; Niaerdh recorría la tierra; hombres y mujeres se emparejaban en los campos donde labrarían y sembrarían. El Carro del Sol corría más alto y más despacio, el verde crecía, las grandes tormentas resplandecían sobre el brezal, los arco iris relucían en el mar.
Llegó la época de] mercado en Kaupavik. Los alvaringos reunieron sus mercancías y se prepararon. La noticia fue de casa en casa: ese año había llegado una nave desde más allá de anglos y cimbrios, de la tierra de los mismísimos romanos.
Nadie sabía mucho de Romaburh. Se encontraba en algún remoto lugar del sur. Pero sus guerreros eran como langostas, que habían comido tierra tras tierra, y cosas preciosas venían de esas regiones: recipientes de vidrio y plata, discos de metal con rostros, diminutas figuras que parecían increíblemente vivas. El tráfico debía de estar reforzándose, porque cada vez llegaban más de esas cosas hasta Eyn. ¡Ahora, por fin, los comerciantes romanos habían llegado al país de los getas! Los que se quedaron en Laikian miraron con envidia a los que se fueron.
Como tenían poco trabajo que hacer, se consolaron con la inactividad. Ningún signo de maldad marcaba el día una semana después, cuando Edh y Heidbin se dirigieron al oeste, hacia la orilla.
El brezal era alto. No se veía una alma cuando hubieron dejado atrás la aldea en el terreno llano y sin árboles, así que la mayor parte del mundo era cielo. Las nubes se alzaban vertiginosamente altas, asombrosamente blancas sobre un azul sin límites. Del cielo caían luz y calor como lluvia. Las amapolas relucían rojas, las aulagas amarillas en medio del brezo oscuro. Cuando se sentaron un rato percibieron el olor de hierba quemada; las abejas zumbaban en un silencio por el que se deslizaban a la tierra las canciones de las alondras; luego las alas se agitaron, un urogallo pasó bajo, se miraron el uno al otro a los o¡ os y se rieron de su asombro. Caminando, iban de la mano, sólo eso, porque el suyo era un pueblo casto y él se sentía guardián de una santidad sagrada.
En su camino esquivaron los acantilados que se extendían al norte de las granjas y anduvieron por el bosque hasta la playa. Salpicada de florecillas, la hierba crecía casi hasta el borde del agua. Las olas acariciaban las piedras que hacía tiempo se habían vuelto suaves. Más lejos relucían y lanzaban reflejos. Al otro lado del canal, el continente se veía en el horizonte. Más cerca, los cormoranes, sobre una roca, se secaban las alas con la brisa. Pasó volando una cigüeña, portadora blanca de la suerte y la fertilidad.
Heidhin contuvo el aliento. Su dedo saltó para señalar.
—¡Mira! —gritó.
Edh entrecerró los ojos para mirar al norte contra el resplandor. Le falló la voz:
—¿Qué es?
—Un barco —dijo él—, que viene hacia aquí. Un gran, gran barco.
—No, no puede ser. Esa cosa que tiene encima…
—He oído hablar de eso. Los hombres que han estado fuera en ocasiones las han visto. Atrapan el viento y empujan el casco. ¡Ésa es la nave romana, Edh, tiene que serlo, que viene de Kaupavik, y hemos llegado justo a tiempo para verla!
Hipnotizados, miraron, olvidando todo lo demás. El barco se movía rápido. Ciertamente era una maravilla. Negro, ribeteado de oro, no era mayor que la mayor de las naves del norte, pero mucho más ancha, de fondo redondeado para contener cargas increíbles de tesoros. Tenía cubierta, con los hombres situados sobre la bodega. Parecían un enjambre, suficientes para luchar contra los piratas. La proa se curvaba grandiosa y se alzaba, mientras que la talla del un gigantesco cuello de cisne se levantaba a popa. Entre ambos extremos descansaba una casa de madera. Ningún remo impulsaba la nave. En un poste con un travesaño se hinchaba un trapo tan ancho como la viga que lo sostenía. Se movía en silencio, una onda al frente y una estela detrás.
—Seguro que Niaerdh los ama —dijo Edh.
—Ahora puedo comprender por qué dominan medio mundo —dijo Heidhin estremeciéndose—. ¿Quién podría oponerse a ellos?
La nave cambió de rumbo, acercándose a la isla. El joven y la doncella vieron cómo los marineros los miraban. Un saludo llegó débilmente a sus oídos.
—Vaya, creo que nos miran a nosotros —dijo Edh entrecortadamente—. ¿Qué querrán?
—Quizá… quieran que me una a ellos —dijo Heidhin—. He oído de los viajeros de las partes orientales que los romanos aceptan a los miembros de las tribus en sus ejércitos. Si les faltan hombres por enfermedad o algo así.
Edh lo miró dolida.
—¿Te irías con ellos?
—¡No, nunca! —Ella cerró los dedos con fuerza alrededor de los del joven. Él le devolvió el apretón—. Pero escuchemos lo que tienen que decir, si llegan a tierra. Podrían querer otra cosa y pagarnos bien por nuestra ayuda. —Sentía el pulso en la garganta.
La maroma restalló. Aquello que bajó por su extremo debía de ser un ancla, porque no era una piedra sino un garfio. Un bote seguía la nave tirado por otra maroma. Los marineros tiraron de ella y desplegaron una escala, descendieron y se sentaron en los bancos. Sus compañeros les pasaron los remos. Uno se puso en pie y agitó una tela bonita que llevaba.
—Sonríe y nos hace señas —dijo Heidhin—. Sí, tienen un deseo que esperan que podamos cumplir.
—Qué tela más hermosa —murmuró Edh—. Creo que Niaerdh la viste cuando visita a los otros dioses.
—Quizá sea nuestra antes de la puesta de sol.
—Oh, no me atrevería a pedirla.
—¡Eh, allá! —gritó un hombre desde el bote. Era el mayor y de pelo más claro, sin duda un intérprete nacido en Germania. Los demás pertenecían a diversas razas, algunos de piel blanca, otros más morenos que Heidhin. Pero, por supuesto, los romanos podían elegir entre muchos tipos distintos de gente. Todos llevaban túnicas hasta las rodillas sobre las piernas desnudas. Edh enrojeció y apartó la vista de la nave, donde la mayoría iban desnudos.
—No temáis —gritó el germano—. Nos gustaría negociar con vosotros.
Heidhin también se puso rojo.
—Un alvaringo no conoce el miedo —gritó. Al fallarle la voz se puso aún más rojo.
Los romanos se acercaron remando. Los dos de la costa esperaron, con la sangre agolpada en la cabeza. El bote llegó a tierra. El de la capa los llevó a la playa. Sonreía y sonreía.
Heidhin agarró con fuerza su lanza.
—Edh —dijo—. No me gusta su aspecto. Creo que será mejor que nos mantengamos alejados…
Era demasiado tarde. El líder gritó una orden. Sus seguidores corrieron. Antes de que Heidhin pudiese levantar su arma, otras manos la agarraron. Un hombre se adelantó detrás de él y le agarró los brazos en una llave de lucha. Se resistió, chillando. Un palo corto, al que no había prestado atención —la banda iba desarmada a no ser por los cuchillos— le dio en el cogote. Fue un golpe certero, para aturdirlo sin hacerle daño. Dejó de resistirse y lo ataron.
Edh se había dado la vuelta para correr. Un marinero la agarró por el pelo. Dos más se acercaron. La tiraron sobre la hierba. Ella gritaba y daba patadas. Otro par le agarró los tobillos. El líder se arrodilló entre las piernas abiertas. Sonrió. Le caía la baba por la comisura de la boca. Le levantó la falda.