Estrella del mar [Star of the Sea - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Серия: Patrulla del Tiempo #8
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-9723-6
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Альтернативная история
Электронная книга - «Estrella del mar [Star of the Sea - es]». Краткое содержание книги:
Everard se rozó la barbilla.
—Entonces ha inventado el sermón y el fervor religioso de forma independiente —dijo—. ¿Cómo? ¿Por qué?
—Debemos descubrirlo —respondió Floris.
—¿Cuáles son esos nuevos mitos? —preguntó Everard.
Ulstrup frunció el ceño.
—Me llevaría mucho tiempo contaros todo lo que he descubierto. Y es rudimentario, no un perfecto sistema teológico, comprended. Y dudo haberlo oído todo, escuchándola a ella o de segunda mano. Ciertamente no he descubierto lo que desarrollará con el paso del tiempo.
»Pero… bien, no lo dice directamente, quizá ni ella sea consciente, pero está convirtiendo a su diosa en un ser al menos tan poderoso, tan… cósmico… como cualquier otro dios. Naerdha no está exactamente usurpando la autoridad de Wotan sobre los muertos, pero ella también los recibe en su casa, ella también los dirige en cacerías por el cielo. Se está convirtiendo en una deidad de la guerra tan importante como Tiwaz, y la destructora profética de Roma. Como Thonar, tiene control sobre las fuerzas elementales, el clima, la tormenta, junto con los mares, los ríos, lagos, toda el agua. Suya es la luna…
—Hécate —murmuró Everard.
—Pero conserva su antigua precedencia sobre la concepción y el nacimiento. —Ulstrup concluyó—: Las mujeres que mueren de parto van directamente a ella, como los guerreros caídos al Odín de las Eddas.
—Eso debe de atraer a las mujeres —dijo Floris.
—Así es, así es —admitió Ulstrup—. No es que tengan una fe separada. Los cultos mistéricos y las sectas son desconocidos para los germanos, pero aquí hay una devoción especial para ellos.
Everard paseaba de un lado a otro en la cañada. Se golpeaba la palma con el puño.
—Sí —dijo—. Eso fue importante para el éxito del cristianismo, tanto en el sur como en el norte. Tenía más que ofrecer a las mujeres que el paganismo, incluso la Magna Mater. Podrían no convertir a sus maridos, pero seguro que influirían en sus hijos.
—Los hombres también pueden tener visiones. —Ulstrup miró a Floris—. ¿Ves las mismas posibilidades que yo?
—Sí —contestó ella, no del todo firme—. Podría pasar. Tácito… En la segunda versión Veleda regresó a la Germania libre, después del aplastamiento de Civilis, llevando su mensaje, y una nueva religión se extendió entre los bárbaros… podría crecer y desarrollarse después de su muerte. No tendría competencia. Oh, no se volvería monoteísta ni nada parecido. Pero su diosa sería una figura suprema, alrededor de la cual todos se reunirían. Ella le daría al pueblo tanta espiritualidad como podría darle el Cristo. Muy pocos se unirían a la Iglesia.
—Menos aún si careciesen de razones políticas —añadió Everard—. Observé el proceso en la Escandinavia vikinga. El bautismo era el billete de admisión a la civilización, con todas su ventajas culturales y comerciales. Pero un Imperio romano occidental en ruina no será tan atractivo y Bizancio está demasiado lejos.
—Cierto —dijo Ulstrup—. Es concebible que la fe de Nertho se pudiese convertir en la semilla y el núcleo de una civilización germánica, no barbarismo, sino una civilización, no importa cuán turbulenta, con la riqueza interior para resistir al cristianismo, como hará la Persia de Zaratustra. Aquí ya no son habitantes de los bosques. Saben que el mundo exterior existe y se relacionan con él. Cuando los longobardos intervinieron en las luchas dinásticas de los cheruscios, fue para restaurar a un rey que había sido depuesto por haber crecido en Roma y haber sido enviado a petición de Roma. No es que los longobardos estén domesticados; fue una maniobra maquiavélica. El comercio con el sur aumenta año a año. Las naves romanas o galorromanas en ocasiones llegan incluso a Escandinavia. Los arqueólogos de nuestra época hablarán de una Edad del Hierro romana, seguida de una Edad de Hierro germana. Sí, estos bárbaros están aprendiendo. Han asimilado lo que les resulta útil. No se sigue que ellos mismos deban ser asimilados.
Bajó la voz.
—Claro está, si no son asimilados, el futuro será diferente. Nuestro siglo xx no habrá existido nunca.
—Eso es lo que intentamos evitar —dijo Everard con dureza.
Se hizo el silencio. El viento ululaba, las hojas se agitaban, la luz del sol saltaba en la corriente alborotada. La paz hacía que el paisaje pareciese irreal.
—Pero debemos descubrir cómo empezó esta desviación, antes de poder hacer nada —siguió diciendo Everard—. ¿Descubriste de dónde vino Veleda?
—Me temo que no —confesó Ulstrup—. Pobres comunicaciones, grandes extensiones deshabitadas… y Edh no habla sobre su pasado, ni tampoco su socio Heidhin. Puede que se sienta más cómodo contigo dentro de veintiún años, cuando te mencione a los alvaringos, sean quiénes sean. Incluso entonces, creo, será peligroso preguntar por los detalles. En este momento, tanto él como ella son totalmente reticentes a hablar.
»Sin embargo, oí que apareció por primera vez entre los rugios en el litoral báltico, hace cinco o seis años, por lo que puedo determinar de las vagas informaciones. Dicen que vino por barco, como es propio de la profetisa de una deidad marina. Eso y su acento me sugieren un origen escandinavo. Siento no poder hacerlo mejor.
—Servirá —contestó Everard—. Lo has hecho bien, compañero. Con paciencia e instrumentos, quizá preguntando en tierra de vez en cuando, descubriremos el lugar y el momento de su llegada.
—Y entonces… —Floris dejó de hablar. Miró más allá del río y del bosque, al noreste, hacia una costa invisible.
12
La playa se extendía de izquierda a derecha, la arena elevándose en dunas donde crecía una hierba gruesa, hasta que la neblina nublaba la vista. Algas, conchas, espinas de pescado y huesos de pájaros yacían esparcidos en la zona más oscura por debajo de la línea de la marea alta. Una pocas gaviotas volaban al viento, que soplaba salvaje, helado. El frío tenía una regusto a sal, tenía el olor de las profundidades. Las olas rompían bajas contra la orilla, se retiraban, volvían a chocar un poco más alto. Más allá rompían con fuerza, resonando huecas, cubiertas de blanco sobre un gris acero en un horizonte que igualmente se perdía en el cielo. Presionaba contra el mundo, aquel cielo, tan incoloro como el mar. Por debajo, las nubes corrían sucias y harapientas. La lluvia caminaba al oeste.
En el interior, las juncias rodeaban los charcos cuyo tono verde alga era la única nota de color. El bosque se alzaba en la distancia. Un arroyo rompía el pantanal hasta la playa. Sin duda los habitantes lo usaban para mover cualquier bote que poseyesen. Sus casas estaban a más de un kilómetro y medio de la costa, una chozas pobres y encorvadas bajo tejados de césped. Salía humo; aparte de eso, nada más se movía.
La nave trajo una viveza súbita. Era una belleza, larga y esbelta, de buena construcción, la proa y la popa elevándose, sin palos pero conducida con rapidez por treinta remeros. Aunque la pintura roja se había desteñido, la madera seguía siendo sólida. Al canto del timonel, la tripulación la trajo a tierra, los hombres saltaron por la borda y la sacaron del agua.
Everard se acercó. Lo esperaron con precaución comedida. Al acercarse, habían visto que estaba sólo. Se aproximó y apoyó la base de la lanza en el suelo.
—Saludos—dijo.
Un tipo grande y lleno de cicatrices que debía de ser el capitán le preguntó: