Estrella del mar [Star of the Sea - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Серия: Patrulla del Tiempo #8
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-9723-6
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Альтернативная история
Электронная книга - «Estrella del mar [Star of the Sea - es]». Краткое содержание книги:
—¿Eres de esas casas?
Su dialecto hubiese sido difícil de entender si Everard y Floris no hubiesen recibido improntas. (De una lengua danesa de cuatrocientos años en el futuro, lo más cercano disponible. Por suerte, las antiguas lenguas nórdicas no cambiaban muy rápido. Sin embargo, los agentes no podían esperar pasar por nativos, ya fuese del hogar de la nave o de aquellas regiones.)
—No, soy un viajero. Me dirigía allí en busca de refugio para la noche, pero os vi y pensé en oír primero vuestro relato. Debería ser mejor que cualquier cosa que puedan contar ellos. Me llamo Maring.
Normalmente el patrullero simplemente hubiese dicho «Everard», que sonaba como un nombre en otras lenguas. Pero lo usaría en el futuro cuando conociese a Heidhin, a quien esperaba fijar este día. No podían permitirse ser reconocidos… otro cambio en la realidad con imprevistas consecuencias. Floris había sugerido ese apodo, realmente del sur de Germania. También había insistido en que llevara una larga peluca rubia y una barba falsa, así como una nariz a lo Jimmy Durante que desviaría la atención del resto de su persona. Considerando cómo se desvanecían los recuerdos con los años, eso bastaría.
Una sonrisa se abrió en el rostro del marino.
—Y yo soy Vagnio, hijo de Thuthevar, de Hairu, en la tierra de los alvaringos. ¿De dónde vienes tú?
—De lejos. —El patrullero señaló con un pulgar al asentamiento—. Se quedan tras sus paredes. ¿Os tienen miedo?
Vagnio se encogió de hombros.
—Podríamos ser saqueadores, por lo que ellos saben. Esto no es un puerto de escala. Es simplemente una recalada…
Everard ya lo sabía. Flotando en los cronociclos, él y Floris habían observado a la nave, una vez que el análisis reveló que, entre todas las que habían observado, llevaba a una mujer. Un salto al futuro les mostró dónde iba a detenerse; un salto de vuelta al pasado los situó cerca. Floris permaneció sobre las nubes. Explicar su presencia hubiese sido demasiado problemático.
—… para pasar la noche —siguió diciendo Vagnio— y llenar por la mañana los toneles de agua. Pero luego nos dirigiremos a Anglii, con productos para un gran mercado que celebran en esta época del año. Si esa gente quiere, pueden venir, en caso contrario los dejaremos en paz. No tienen nada que valga la pena robar.
—¿Ni siquiera ellos mismos, para ser vendido como esclavos? —La pregunta repugnaba a Everard, pero era natural en la época.
—No, se dispersarían en cuanto nos viesen acercarnos, y también sacarán el ganado que tengan. Por esa razón construyeron ahí. —Vagnio entrecerró los ojos—. Debes de ser de tierra para no saber eso.
—Sí, de los marcomannios. —La tribu estaba a una distancia segura, más o menos donde caería la Checoslovaquia occidental—. Vosotros sois, ¿de Scania?
—No. Los alvaringos tienen media isla en la costa de Geatisb. Pasa la noche con nosotros, Maring, e intercambiaremos historias… ¿Qué miras?
Los marineros se habían reunido deseosos de oír. En su mayoría eran rubios y altos, por lo que bloqueaban la visión de la nave. Un par de ellos se habían movido inquietos, y pudo ver sin trabas. Un joven delgado acababa de saltar a la playa. Levantó los brazos y ayudó a una mujer. Veleda.
No había confusión. Conozco esa cara, esos ojos en el fondo del océano de su diosa. Pero qué joven era hoy, una adolescente esquelética. El viento agitó las trenzas castañas y arremolinó la falda alrededor de sus talones. En los diez o quince metros que los separaban, Everard pensó que veía… ¿qué? Una mirada que buscaba algo más allá de aquel lugar, labios que de pronto se estremecerían y quizá susurrarían, una pena, una pérdida, un sueño. No lo sabía.
Ciertamente no mostraba por él ningún interés, al contrario de lo que había esperado. Se preguntó si siquiera le había mirado. El rostro pálido se apartó. Habló brevemente con su compañero de pelo oscuro. Se alejaron juntos por la playa.
—Ah, ella. —Dedujo Vagnio. Le tocó la inquietud—. Una pareja extraña.
—¿Quiénes son? —preguntó Everard. Ésa también era una pregunta natural, cuando eran muy pocas las mujeres que atravesaban el mar sin ser cautivas. Con el tiempo, los invasores de las costas frisias y jutas traerían a su familias hasta Bretaña, pero eso no sucedería hasta unos siglos después.
A menos que las mujeres escandinavas usasen barcos en esa fecha tan temprana. No tenía esa información. Esas tierras en esos años se habían estudiado poco. No había parecido que representasen ningún problema para el mundo hasta la Völkerwanderung. Sorpresa, sorpresa.
—Edh, hija de Hlavagast y Heidhin, hijo de Viduhada —dijo Vagnio. Everard notó que la había nombrado a ella primero—. Compraron pasaje, pero no para comerciar junto con nosotros. Es más, ella no busca un mercado, sino que quiere que los dejemos, a los dos, en algún sitio. Todavía no ha dicho dónde.
—Mejor será prepararse para la noche, capitán —gruñó un hombre. Los otros lanzaron un murmullo de acuerdo. La oscuridad tardaría horas en llegar y no era probable que empezase a llover. Prefieren no hablar de ella —comprendió Everard—. Vagnio asintió con rapidez. No tienen nada contra ella, estoy seguro, pero ella es, sí, extraña.
Everard se ofreció a ayudar con los preparativos. Con amabilidad brusca, porque un invitado era sagrado, el capitán expresó dudas de que alguien de secano pudiese agilizar los preparativos. Everard se alejó hacia donde Edh y Heidhin habían ido.
Los vio detenerse muy por delante de él. Parecían discutir. Ella realizó un gesto extrañamente imperioso para alguien tan pequeño. Heidhin se dio la vuelta y regresó a grandes zancadas. Edh siguió adelante.
—Ésta podría ser mi oportunidad —subvocalizó Everard—. Veré si puedo entablar conversación con el muchacho.
—Ten cuidado —contestó Floris—. Creo que está molesto.
—Sí. Pero tengo que intentarlo, ¿no?
Era la razón de aquel encuentro, en lugar de simplemente seguir la nave por el agua hacia atrás en el tiempo. No se atrevían a entrar a ciegas en lo que podría ser la fuente de la inestabilidad, el oscuro y fácilmente anulado suceso del que podría surgir todo un futuro. Allí, o eso esperaban, tenían la oportunidad de aprender algo de antemano con riesgo mínimo.
Heidhin se detuvo de golpe, con el ceño fruncido, frente al extranjero. También era un adolescente, quizá un año o dos mayor que Edh. En ese entorno eso lo convertía en adulto, pero todavía era larguirucho, sin haberse llenado del todo, el rostro anguloso oscurecido por poco mas que pelusa. Vestía wadmanl de lana, perfumado en el aire húmedo, y botas manchadas de sal. Al costado le colgaba una espada.
—Saludos —dijo Everard con amabilidad. Eso, en apariencia. Por dentro tenía sudores fríos.
—Saludos —gruñó Heidhin. La hosquedad se hubiese considerado apropiada en la América del siglo xx. Aquí significaba muchos problemas—. ¿Qué quieres? —Hizo una pausa antes de añadir con brusquedad—: No sigas a la mujer. Quiere estar sola.
—¿Está segura aquí? —preguntó Everard: otra pregunta natural.
—No irá muy lejos, y regresará antes de anochecer. Además… —Una vez más se calló. Parecía estar luchando consigo mismo. Everard supuso que el deseo juvenil de ser importante y misterioso derrotó a la discreción. Sin embargo, escuchó palabras de una sinceridad casi horripilante—. Los que la ofendan sufrirán algo peor que la muerte. Es la elegida de una diosa.
¿Realmente el viento soplaba de pronto con más intensidad?
—Entonces, ¿la conoces bien?
—Yo… viajo a su lado.
—¿Desde dónde?
—¿Por qué quieres saberlo? —estalló Heidhin—. ¡Déjame en paz!