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Estrella del mar [Star of the Sea - es]

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Estrella del mar [Star of the Sea - es]
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—Me parece que lo sé. De manera general. Puedo ponerme en su lugar. Creo que era más inteligente y sensible que la mayoría, si, devota, si podemos decir eso de una pagana. Le ocurrió este suceso terrible: miedo, vergüenza, desesperación, no sólo su cuerpo sino también su espíritu aplastado bajo esos pesos insistentes y, de pronto, la venerable diosa llega para matarlos y abrazarla. Desde el fondo del infierno hasta la gloria… Pero después, ¡después! El envilecimiento, la sensación de haberse convertido en algo sin valor, nunca abandona del todo a una mujer, Manse. Peor para ella, porque en la Germania de la Edad del Hierro la sangre, el útero, es sagrado para el clan y el adulterio de una mujer se castiga con la muerte más brutal, No la culparían por lo que no pudo evitar, supongo, pero estaría mancillada y… y creo que el elemento sobrenatural produciría más temor que reverencia. Los dioses paganos son engañosos, a menudo crueles. Me pregunto si Edh y Heidhin se habrán atrevido a decir mucho. Quizá no dijeron nada, y eso por sí solo les causaría una conflicto desgarrador.

Everard deseó tener la pipa, pero ti o creyó conveniente ir al saltador a buscarla. Floris se había vuelto muy vulnerable. Nunca antes me había llamado por mi nombre de pila, por el cuidado que hemos tenido en evitar un enredo. Dudo que ni siquiera se haya dado cuenta.

—Probablemente tengas razón —admitió—. Al mismo tiempo se ha producido la aparición sobrenatural. Los ha dejado con vida y libres. Si su cuerpo fue degradado, su alma no. De alguna forma, era merecedora de la diosa. Debe de ser porque tenía un destino, fue elegida para algo enorme. Aunque, ¿para qué? Bien, con Heidhin hablando con ella, una y otra vez, lleno de venganza masculina… En términos de su cultura, tendría sentido. Fue señalada para causar la destrucción de Roma.

—No podía conseguir nada en su isla perdida —terminó Floris—. Ni tampoco podía ya encajar en su vida. Iría al oeste, confiando en la protección de la diosa. Heidhin fue con ella. Entre los dos pudieron reunir bienes suficientes para comprar pasaje al otro lado del ruar, Lo que vieron y oyeron de los actos de Roma durante el viaje no hizo más que alimentar su odio, su sentido de cumplir una misión. Pero creo, a pesar de todo, y por raro que sea en su sociedad, creo que él la ama.

—Yo también lo sospecho. Asombroso, cuando está muy claro que jamás lo ha dejado meterse en su cama.

—Comprensible —suspiró Floris—. Para ella, por esa experiencia… y él, si no por otra cosa, jamás forzaría la entrada en un receptáculo de la diosa. Oí que tiene mujer e hijos entre los bructeros.

—Ajá. Bien, lo que hemos descubierto es la ironía de que una investigación de una alteración es lo que la produjo. Para ser sincero, ese tipo de nexos tiene precedentes. Otra razón para no condenarte, Janne. En ocasiones un bucle causal posee una fuerza sutil y potente. Lo que debemos hacer es evitar que se convierta en un vértice causal. Debemos evitar los acontecimientos que llevarían a la segunda versión de Tácito sin perturbar en demasía los descritos en la primera.

—¿Cómo? —preguntó desesperada—. ¿Nos atreveremos a intervenir mas? ¿No deberíamos pedir ayuda a los… danelianos?

Everard sonrió ligeramente.

—Bueno, la situación no me parece tan mala. Se espera de nosotros que resolvamos todo lo que podamos, ¿sabes?, para economizar vida de otros agentes. Primero, como dijiste, parece adecuado pasar un tiempo en Öland, investigando el pasado. Luego regresaremos a este año, los bátavos, los romanos y… bien, tengo algunas ideas preliminares, pero quiero discutirlas en profundidad contigo, y serás vital para lo que haga.

—Lo intentaré.

Permanecieron en silencio. El aire se hizo más frío. La noche trepó por las colinas. Los colores de la puesta de sol se consumieron en gris. Sobre ellos relucía el lucero de la noche.

Everard oyó un suspiro irregular. En la oscuridad vio a Floris estremecerse y abrazarse a sí misma.

—Janne, ¿qué sucede? —preguntó, suponiéndolo.

Ella miró desde la oscuridad.

—Toda esta muerte y este dolor, toda esta pérdida y este pesar.

—La norma de la historia.

—Lo sé, lo sé, pero… Y pensaba que vivir entre los frisios me había endurecido. Pero hoy, en este hoy mío, he matado a hombres y, y yo no dormiré tranquila…

Él se acercó, le puso las manos sobre los hombros, murmuró algo. Ella se dio la vuelta para abrazarlo ¿Qué podía hacer sino lo mismo? Cuando ella levantó el rostro hacia él, ¿qué podía hacer sino besarla?

Ella respondió con pasión. Sus labios sabían a sal.

—Oh, Manse, sí, sí, por favor, ¿no necesitas olvidar por esta noche?

16

El aguanieve silbaba, agitada por un cielo oculto sobre una tierra que la lluvia ya había medio ahogado. La vista pronto se perdía; acres llanos, hierba marchita, árboles sin hojas agitándose al viento, los restos quemados de una casa disueltos en las tinieblas de un mediodía. La ropa protegía poco de la humedad del frío. El viento del norte olía a los pantanos sobre los que había soplado, al mar y al invierno que se aproximaba desde el Polo.

Everard se acurrucó sobre la silla, con la capa a su alrededor. El agua le goteaba de la capucha. Los cascos de los caballos producían un sonido amortiguado por el agua y el barro. Y, sin embargo, era la gran entrada a través de una finca hasta la casa principal.

El edificio apareció frente a él, de estilo mediterráneo modificado, techos inclinados, estucado, construido por Burhmund cuando era Civilis, aliado y oficial de Roma. Su esposa era la matrona, sus hijos la llenaban con sus risas. Ahora servía de cuartel general a Petilio Cerial.

Había dos centinelas en el pórtico. Como los de la puerta, se dirigieron al patrullero cuando se detuvo al pie de la escalera.

—Soy Everardo, el godo —les dijo—. El general me espera.

Uno de los soldados dirigió a su compañero una mirada inquisitiva. Este último asintió.

—Me han dado instrucciones —dijo—. De hecho, escolté al mensajero previo.

¿Estaba buscando demostrar un poco de importancia, de orgullo? Sorbió y tosió. Probablemente aquel hombre fuese un reemplazo de última hora para alguien que estaba enfermo, castañeteando los dientes, en la enfermería. Aunque parecían galos, no tenían demasiado buen aspecto. El metal manchado, las faldas sucias, los brazos con piel de gallina y las mejillas hundidas indicaban raciones muy pobres.

—Pasa —dijo el segundo legionario—. Llamaremos a un mozo para que lleve la montura al establo.

Everard entró en un atrio oscuro, donde un esclavo tomó su capa y su cuchillo. Varios hombres sentados y hundidos, personal sin nada que hacer, le dedicaron miradas en las que, quizá, de pronto había una ligera esperanza. Un asistente lo acompañó a una habitación en el ala sur. Llamó a la puerta, se oyó un «Abre», obedeció y anunció:

—Señor, el delegado germano está aquí.

—Que entre —rugió la voz—. Déjanos solos pero quédate fuera, por si acaso.

Everard entró. La puerta se cerró tras él. Una escasa luz entraba por la ventana emplomada, Había velas en sus palmatorias. De sebo, no de cera, que olían mucho y producían bastante humo. Las sombras se concentraban en las esquinas y se deslizaban sobre una mesa cubierta de informes redactados sobre papiro. Aparte de eso, había un par de taburetes y un cofre que podría contener una muda de ropa.

Una espada de infantería y su vaina colgaban lado a lado sobre la pared. Un brasero de carbón había calentado el aire, pero también lo había cargado.

Cerial estaba sentado tras la mesa. Vestía solamente túnica y sandalias: un hombre ancho con un rostro cuadrado y duro que en su cuidadoso afeitado mostraba grandes arrugas. Sus ojos examinaron al recién llegado.

—Eres Everardo, el godo, ¿eh? —saludó—. El intermediario dijo que hablabas latín. Mejor que sea así.

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