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Estrella del mar [Star of the Sea - es]

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Estrella del mar [Star of the Sea - es]
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Sí. —Va a ser complicado, pensó el patrullero. No sería propio de este personaje humillarme, pero podría decidir que soy arrogante y que hay cosas que no soportará de un maldito nativo. Debe de tener los nervios destrozados, como todo el mundo—. El general demuestra amabilidad e inteligencia al recibirme.

—Bien, para ser francos, a estas alturas escucharía a un cristiano si afirmase tener algo que ofrecer. Si resultase que no era así, al menos tendría el placer de crucificarlo. —Everard fingió perplejidad—. Una secta judía —gruñó Cerial—. ¿Has oído hablar de los judíos? Otro montón de ingratos rebeldes. Pero en tu caso, tu tribu está muy al este. ¿Por qué, en nombre de Tártaro, estás corriendo por aquí?

—Pensé que eso se lo habían explicado al general. No soy enemigo de Roma, ni tampoco de Civilis. He pasado tiempo en el Imperio así como en diferentes partes de Germania. Conocí a Civilis un poco, y un poco más a jefes guerreros menores. Confían en que hable directamente por ellos, porque al ser un extranjero Roma no tiene nada contra mí. Y porque al conocer los usos romanos, de alguna forma puedo transmitir las palabras con claridad, sin confusión. Y en cuanto a mí, soy un comerciante al que le gusta hacer negocios en esta región. Pienso beneficiarme de la paz y de su agradecimiento.

Persuadirlos había sido más complicado que lo relatado, pero no mucho más. De hecho, los rebeldes estaban cansados y descorazonados. El godo podría conseguir acceso personal al comandante imperial. Podría hacer algún bien y apenas causar mal. Cuando los heraldos hubieron llevado la petición, la facilidad con la que se habían establecido los preparativos sorprendió a los germanos. Everard lo había esperado. Sabía mejor que ellos, por Tácito y por el reconocimiento aéreo, lo mal que también lo pasaban los romanos.

—¡Lo sé! —contestó Cerial—. Excepto que no dijeron qué ganabas tú. Muy bien, hablaremos. Te lo advierto, vuelve a dar tantos rodeos y te echo de una patada. Siéntate. No, primero sírvenos vino. Hace que este país de ranas sea algo menos horrible.

Everard llenó dos copas de plata con una elegante licorera de vidrio. El asiento que tomó era igualmente agradable, y la bebida sabía bien, aunque algo demasiado dulce para su gusto. Todo aquello debía de haber pertenecido a Civilis. A la civilización.

Nunca me han gustado los romanos, pero traen otras cosas con ellos aparte del comercio de esclavos, impuestos para los agricultores y juegos sádicos. Paz, prosperidad, un mundo más amplio… No durará, pero cuando la marea baje dejará atrás, dispersos por el desastre, libros, tecnología, creencias, ideas, recuerdos de lo que una vez fue, material que generaciones posteriores podrán recuperar, atesorar y usar para volver a construir. Y entre los recuerdos, que una vez hubo, por un tiempo, una vida no dedicada por completo a la supervivencia pura.

—Así que los germanos están listos para rendirse, ¿no? —preguntó Cerial.

—Ruego perdón al general si he dado la impresión equivocada. No dominamos la lengua latina.

Cerial golpeó la mesa.

—Te lo he dicho, ¡deja de hablar sin comprometerte o sal de aquí! Eres de casa real, descendiente de Mercurio. Tienes que serlo por la forma en que te comportas. Y yo soy pariente del emperador, pero él y yo somos soldados que hemos soportado mucho. Los dos aquí podemos ser bruscos, mientras estemos solos.

Everard se aventuró a sonreír.

—Como desee, señor. Me atrevería a decir que el general realmente no nos entendió mal. Entonces, ¿por qué no va al grano? Los jefes guerreros que me enviaron no se proponen ir bajo el yugo o encadenados en triunfo. Pero les gustaría terminar con esta guerra.

—Qué descaro tienen para pedir condiciones. ¿Qué les queda para luchar? Nosotros apenas vemos ya a nadie hostil. El último intento de Civil que vale la pena mencionar fue una demostración naval en otoño. No me preocupo, me sorprendió que se molestasen. No sacó nada y se retiró al otro lado del Rin. Desde entonces hemos asolado su tierra natal.

—Lo he visto, incluido el hecho de que se ha perdonado su propiedad.

Cerial soltó una risotada.

—Claro. Para meter cuña entre él y el resto, hacer que se pregunten por qué deberían sangrar y morir para beneficio suyo. Sé que están bastante hartos. Tú vienes en nombre de un grupo de jefes tribales, no de él.

Cierto, y es usted sagaz, caballero.

—Las comunicaciones son lentas. Además, los germanos estamos acostumbrados a actuar con independencia. Eso no quiere decir que me enviase a traicionarlo.

Cerial bebió de la copa, la dejó de un golpe y dijo:

—Vale, oigámoslo. ¿Qué se me ofrece?

—Paz, ya se lo he dicho —declaró Everard—. ¿Puede permitirse rechazarla? Tienen ustedes tantos problemas como ellos. Dice que ya no ven guerreros enemigos. Eso es debido a que ya no avanzan. Están atascados en una tierra desnuda, con cada carretera convertida en un cenagal, sus tropas congeladas, mojadas, hambrientas, enfermas y miserables. Tiene terribles problemas de suministros y no mejorarán hasta que el Estado no se haya recuperado de la guerra civil, lo que llevará más tiempo del que puede esperar. —Me gustaría poder citar esa frase genial de Steinbeck sobre que las moscas han conquistado el papel matamoscas—. Mientras tanto Burhmund, Civilis, está reclutando en Germania. Podría perder, Cerial, de la misma forma que Varo perdió en el bosque de Teutoburgo, con las mismas consecuencias a largo plazo. Mejor llegar a un acuerdo mientras tenga la oportunidad. Bien, ¿he sido lo suficientemente claro?

El romano había enrojecido y tenía las manos entrecruzadas.

—Ha sido insolente. No recompensamos la rebelión. No podemos.

Everard suavizó el tono.

—Les parece… a aquellos por quienes hablo… que la ha castigado adecuadamente. Si los bátavos y sus aliados vuelven a su lealtad y a la paz más allá del río, ¿no habrá conseguido sus objetivos? Lo que piden a cambio no es más de lo que deben a la gente. Nada de diezmar, nada de esclavitud, nada de cautivos para el triunfo o la arena. En lugar de eso, amnistía, incluido a Civilis. Restauración de las tierras tribales, si estuviesen ocupadas. Corrección de los abusos que se produjeron durante la revuelta. Es decir, principalmente tributos razonables, autonomía local, acceso al comercio y el fin de la conscripción. Si se concede eso, volverá a tener tantos voluntarios para alistarse en Roma como pueda emplear.

—No son pocas exigencias —dijo Cerial—. Sobrepasan mi autoridad.

Ah, estás dispuesto a considerarlo. La emoción recorrió el cuerpo de Everard. Se inclinó hacia delante.

—General, eres de la casa de Vespasiano, el Vespasiano por el que también luchó Civilis. El emperador le escuchará. Todos dicen que es un hombre de cabeza fría que está interesado en hacer que las cosas funcionen, no en la gloria vana. El Senado… escuchará al emperador. Puede lograr este tratado, general, si quiere, si hace el esfuerzo. Puede ser recordado no como un varo sino como un germánico.

Cerial lo miró con ojos entrecerrados desde el otro lado de la mesa.

—Hablas con muchísima astucia para ser un bárbaro —dijo.

—He tenido experiencia, señor —respondió Everard.

Oh, sí la he tenido, sí la he tenido, por todo el globo, arriba y abajo por los siglos. Más recientemente en la fuente de tus más temibles enemigos, Cerial.

Cuán lejos parecía ya ese idilio en Öland, no, en Eyn. Veinticinco años atrás en el calendario. Hlavagast y Viduhada y la mayoría de aquellos que habían parecido tan hospitalarios probablemente estaban ya muertos, huesos en la tierra y nombres en lenguas que se dirigían al olvido. Con ellos se habían ido el dolor y el desconcierto que habían dejado unos niños a los que lo extraño había reclamado. Pero para Everard apenas había pasado un mes desde que él y Floris habían dicho adiós a Laikian. Un hombre y su esposa, vagabundos desde el lejano sur, que habían conseguido pasaje por mar para ellos y sus caballos, y a los que les gustaría plantar la tienda cerca de ese asentamiento hospitalario… Era extraordinario, por tanto, encantador; hacía que la gente hablase con mayor libertad que nunca antes en sus vidas; pero también estaban las horas a solas, en la tienda o en el brezal veraniego… Después los agentes de la Patrulla se pusieron en marcha con celeridad.

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