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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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– Creo que oigo cosas, madre… y he tenido sueños. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero cada vez son más intensos.

– ¿Qué clase de sueños?

– No estoy segura. Es como si me estuvieran empujando a hacer algo que nunca pensé que sería capaz de hacer… algo para lo que nunca pensé que era lo bastante buena. No creo… no estoy segura… -los ojos de Gabriella rehumedecieron mientras miraba a la mujer que le había hecho de madre y mentor-.¿Qué se supone que debo oír?

La madre Gregoria entendía perfectamente la pregunta. Para algunos la llamada era muy clara, mientras que los auténticamente predestinados nunca estaban seguros de ser lo bastante buenos. Y era muy propio de Gabriella sentirse insegura.

– Se supone que debes escuchar tu corazón, hija mía. Pero para ello es preciso que creas en ti misma. Siempre estás dudando de lo que oyes y de lo que está bien. Creo que lo sabes desde hace mucho tiempo.

– Eso pensaba -suspiró, aliviada por las palabras de la monja. Anhelaba tomar la decisión correcta, pero la mayoría de las veces no se consideraba suficientemente buena para ofrecer su ayuda a los demás-. El año pasado estaba tan segura de haber oído la llamada que estuve a punto de decírselo, pero luego pensé que la oía sólo porque quería oírla.

– ¿Y ahora? -preguntó la madre Gregoria mientras paseaban por el jardín. Estaba a punto de oscurecer-. ¿Qué deseas decirme, Gabbie?

Quería que ella misma pronunciara las palabras. Era un momento muy importante en su vida y no quería robárselo. Finalmente se detuvieron y Gabbie habló con voz apenas audible.

– Intento decirle que quiero ingresar en la orden -dijo con semblante preocupado, y sus profundos ojos azules buscaron la aprobación de la mujer que consideraba su madre-. ¿Cuento con su autorización?

Era un momento de humildad plena, de entrega total. Quería ofrecerse a Dios y a la gente que tanto le había dado: seguridad, libertad, amor, consuelo. Quería dedicar su vida a las hermanas que le habían compensado con creces por todo lo que sus padres le habían negado.

– No depende de mí -dijo con dulzura la monja-, sino de ti y de Dios. Yo estoy aquí únicamente para ayudarte. Esperaba que tarde o temprano tomaras esta decisión. Te he visto luchar mucho durante los dos últimos años.

– ¿Insinúa que lo sabía? -Gabriella sonrió con sorpresa y unió su brazo al de la monja.

– Probablemente desde antes que tú.

– ¿Y qué opina?

Gabriella se lo estaba preguntando a la madre superiora de la orden en la que quería ingresar.

– En agosto comienza un curso para postulantes. Es el momento idóneo.

Se sonrieron y Gabriella la abrazó.

– Gracias por todo. Nunca sabrá de lo que me salvó cuando vine aquí.

Ni siquiera ahora podía reunir el valor necesario para contárselo. Todavía le resultaba demasiado doloroso.

– Lo sospeché desde el principio -dijo Gregoria, y luego no pudo evitar preguntarle algo que siempre le había intrigado-. ¿Todavía les echas de menos? -era la pregunta de una madre adoptiva sobre los padres reales.

– A veces. Echo de menos lo que hubieran podido ser o lo que yo quería que fueran. A veces me pregunto dónde están, cómo son sus vidas, si tienen hijos… Pero ya no importa -sí importaba, y ambas lo sabían-. Ahora tengo una familia… o la tendré en agosto.

– has tenido una familia desde el día que pusiste los pies en este convento, Gabbie.

– Lo sé.

Gabriella volvió a unir su brazo al de la monja y juntas entraron en la casa donde vivían y donde Gabriella se quedaría para siempre. Para ella era una decisión importante. Significaba que ya nunca tendría que dejarlas, que nunca las perdería, que nunca la abandonarían. No deseaba otra cosa que la certeza de que pertenecería a ellas para siempre.

– Serás una buena hermana -dijo la madre Gregoria con una sonrisa.

– Eso espero -respondió Gabriella, feliz-. Es lo único que deseo.

Ambas caminaron por el pasillo cogidas del brazo mientras Gabriella experimentaba un profundo alivio. Ésa era su verdadera casa y siempre lo sería.

Al día siguiente durante la cena, cuando la madre Gregoria comunicó a las demás monjas la decisión de Gabriella, hubo gritos de júbilo. Entre felicitaciones y abrazos, le dijeron lo contentas que estaban y que siempre habían sabido que tenía vocación. Y cando Gabriella regresó a su habitación, supo que nada salvo la muerte podría separarla de sus hermanas. Y esa noche durmió en paz hasta que llegaron las pesadillas, con todos los horrores que tan vivamente recordaba: el rostro de su madre, los golpes, el odio, el olor del hospital… y la figura impotente de su padre en la puerta. Pero aunque nunca consiguiera escapar de ellos, aunque le rondaran hasta la muerte, cada vez que despertaba y miraba alrededor, jadeando, sabía que estaba a salvo.

Una hermana asomó la cabeza por la puerta y vio a Gabriella sentada en la cama, temblando. Como era habitual, toda la comunidad había oído sus gritos y ya no se alarmaban, pero la compadecían.

– ¿Estás bien? -susurró la hermana.

Gabriella asintió y sonrió a través de las lágrimas, luchando por regresar al presente.

– Siento haberte despertado.

Pero a estas alturas ya estaban acostumbradas. Gabriella había tenido los mismos sueños desde que llegó al convento. Nunca hablaba de ellos. Las monjas sólo podían imaginarse los horrores que la rondaban y cómo había sido su vida antes de conocerla. Pero en la seguridad del convento donde iba a pasar el resto de su vida, Gabriella sabía que los demonios ya no podrían destruirla. Volvió a tumbarse en la cama mientras pensaba en sus padres, en la pregunta de la madre Gregoria sobre si los echaba de menos. Lo cierto era que ya no, pero todavía pensaba en ellos, y en noches como ésa se preguntaba por qué nunca la habían querido. ¿Era realmente tan mala como sus padres decían? ¿Quién tenía la culpa, ella o ellos? ¿Había arruinado Gabriella la vida de sus padres o ellos la de su hija? Pero ni siquiera a esas alturas hallaba respuestas a sus preguntas.

8.-

Gabriella se sumó al curso de postulantes en agosto e hizo lo que siempre había visto hacer a las demás: donó sus ropas, se cortó el pelo y se puso el hábito corto que habían de llevar durante un año. Sabía que tenía un largo camino por delante antes de poder pronunciar los votos: un año de postulante, dos años de novicia y dos años de formación monástica. En total, un lustro. Para Gabriella y sus compañeras iba a ser un proceso más largo que la universidad, pero también más interesante. Era el momento que todas habían soñado.

Le asignaron un montón de tareas y casi ninguna le resultó desagradable o novedosa. Había realizado tantas labores humildes en el convento a lo largo de los años que nada de lo que le pedían ahora le provocaba aversión, y lo hacía todo de buen talante. Y tanto la tutora de las postulantes y la tutora de las novicias como la madre Gregoria coincidían en que Gabriella había tomado la decisión correcta. Había elegido el nombre de hermana Bernadette y sus compañeras la llamaban hermana Bernie.

Se llevaba bien con casi todas. Había ocho postulantes en la clase y seis de ellas sentían un gran respeto por ella. La octava era una chica de Vermont que se pasaba el día rebatiendo cuanto Gabriella decía e intentando indisponerla con las demás. Se quejaba a la tutora de que era una arrogante y no respetaba a las monjas mayores. la tutora la explicaba que Gabbie llevaba muchos años en el convento y se sentía como en casa. La joven postulante de Vermont replicaba que Gabriella era una vanidosa y juraba que la había visto mirándose en el cristal de la ventana.

– Puede que sólo estuviera absorta en sus pensamientos.

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