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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:

«Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
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– Sí, amigo mío. Una verdadera fortuna. Sólo en objetos de oro, creo que tenemos más de tres kilos.

– ¿Es posible?

– Sí, y no cuento los relojes que se amontonaban de oro.

La variedad de los objetos que se amontonaban sobre la manta daba al lugar el curioso aspecto de la trastienda de una tienda de antigüedades.

Había de todo: cuadros valiosos, relojes de todos los tamaños, cubiertos de plata, joyas, costosos bibelots…

– Nosotros sí que hemos entendido la guerra -dijo Claude.

– Es cierto. Ya lo dice el refrán: «a río revuelto, ganancia de pescadores».

– Si tuviéramos un poco de suerte…

– ¿Es que nos ha faltado hasta ahora? Salvo el encuentro con esos dos imbéciles de ingleses, todo ha ido sobre ruedas.

– Me refiero a lo que pasará luego… cuando «ellos» lleguen.

– No te preocupes. Lo importante es que podamos resistir aquí un poco de tiempo… seis o siete días. Va a ser aburrido, lo sé, pero todo esto bien merece un pequeño sacrificio.

Las explosiones de los proyectiles de obús iban acercándose. El sótano temblaba por momentos, como si la tierra vacilase bajo los cimientos de la casa.

Claude se pasó una mano nerviosa por la frente.

– Estaría bueno que ahora, que somos ricos, nos ocurriera una desgracia…

El otro le fulminó con la mirada.

– ¡No seas gafe!

– No quiero serlo, Alain. No sabes lo que daría porque esta maldita guerra se acabara ahora mismo. Aunque tuviésemos que estar encerrados en este sótano todo un mes.

– También firmaría yo…

Un proyectil estalló cerca, muy cerca. En el techo, el petromax se puso a danzar locamente, al tiempo que un polvillo de yeso caía sobre los dos hombres.

Se miraron, en silencio.

La misma angustia se pintaba en sus caras. Pero sus miradas iban con frecuencia a las cosas amontonadas sobre la manta.

Otras explosiones hicieron vibrar el suelo.

– Si nos ciegan la entrada -dijo Claude, como si hablase consigo mismo-, nunca podremos salir de aquí.

– Es que hemos hecho muy mal las cosas.

– ¿Qué quieres decir?

– Que debimos poner todo esto en varios sitios diferentes en unos escondites bien separados los unos de los otros.

– Creo que tienes razón.

– ¡Naturalmente! Si lo hubiéramos hecho así, podríamos habernos alejado de aquí para regresar luego. Incluso si nos hubiesen hecho prisioneros, nos liberarían pronto, ya que esta guerra está irremisiblemente perdida.

»Y una vez libres, hubiésemos vuelto a Dunkerque, sacando las cosas de los escondrijos.

Claude tenía la frente empapada en sudor.

– ¿No podríamos hacerlo ahora?

Una explosión fortísima impidió al otro que contestase. Lo hizo cuando el eco de la deflagración se perdió en la lejanía.

– Creo que sí. Por lo menos, podríamos llevarnos una parte del oro a otro sitio.

– ¿Y a qué estamos esperando?

– Eso es lo que vamos a hacer -dijo Alain, poniéndose en pie-. Y cuando esos malditos cañones dejen de disparar, iremos a la sastrería y nos cambiaremos de ropa.

Hicieron dos paquetes, cortando una manta por la mitad, y cargando en ellos la mayor cantidad posible de objetos del precioso metal.

Los proyectiles de obús seguían cayendo cerca, pero el número de explosiones parecía haber disminuido notablemente.

Se arrastraron por el orificio, asomando cuidadosamente la cabeza. La noche parecía más oscura a sus ojos, después de la luz intensa del petromax.

– ¡Vamos!

Alain salió del túnel, seguido por Claude. Un nuevo proyectil les obligó a tirarse precipitadamente al suelo.

Alain soltó una maldición.

Tras él, con el corazón golpeándole alocadamente las costillas, Claude dejó escapar un lamento.

– También tendría gracia que nos matasen ahora…

– ¡Calla, imbécil! -rugió el otro, incorporándose.

Se dispusieron a cruzar la calle.

Sin sentir el enorme peso que llevaban a la espalda, echaron a correr, con la vista y la esperanza fijas en el quicio de un portal, en una casita situada al otro lado de la calle.

– ¡Vamos! -gritó Alain.

Entonces, el silbido pareció desgarrar el aire de la noche. Era como si un tren expreso viniese por los aires, en medio de un estrépito infernal…

* * *

Los mecánicos daban el último repaso a los delicados motores de los aviones. Habían cargado ya, en el interior de los negros vientres, las bombas retardadas, con un mecanismo que no entraba en acción hasta dos horas después de haber sido lanzadas.

Como siniestros pájaros de muerte, los Ju-88 se alineaban a un lado de la pista.

Todos ellos pertenecían a la serie de los Ju-88 A 4/R: Dotados de dos motores Jumo 211J-1, de doce cilindros, capaces de desarrollar cada uno una fuerza de 1.400 caballos, y girando a una velocidad de 2.600 revoluciones por minuto, los potentes bombarderos podían cargar hasta cerca de dos mil kilos de bombas, o una serie de cuatro bombas de 550 libras, además de un torpedo como los que sus congéneres utilizaban en la ya iniciada guerra del Atlántico.

Los pilotos y sus tripulaciones esperaban en el dispersar [25], tomando café, fumando, charlando o jugando a las cartas.

Pronto, muy pronto, en cuanto amaneciese, se dirigirían a sus respectivos bimotores para iniciar la misión que Von Rukeller les había encomendado:

¡Bombardear cuantos buques pudieran junto a las playas sangrientas de Dunkerque!

* * *

– No sé cómo podré pagarle lo que ha hecho conmigo…

Kirk sonrió.

Por primera vez en su vida, se sentía confuso, intimidado por aquella muchacha que le había tratado con una familiaridad rayana en el compañerismo.

Le había tomado del brazo mientras él la acompañaba al Centro de Socorro del que el desdichado epiléptico la raptó.

– No tiene importancia…

Ella se echó a reír.

– Para mí, sargento, la tiene… y mucha. Se trata de mi vida. Porque ese enfermo no se hubiera limitado a…

– Por favor. No lo diga.

– Me habría matado luego. De eso estoy completamente segura.

– No piense más en eso.

Ella le miró con una curiosidad creciente. Su profesión de enfermera le había permitido adquirir un profundo sentido psicológico que, apoyado en su intuición femenina, le dieron esa rara y valiosa cualidad de conocer a las personas en seguida.

Y le habían bastado algunos minutos al lado de aquel hombre para adivinar que una profunda tragedia se ocultaba en su fondo y que, a pesar de la aparente rudeza de sus modales, Richard Kirk era, sin ninguna duda, un hombre bueno.

Incluso en sus actos más duros era bueno. Hasta cuando voló la cabeza del epiléptico, ahorrándole una muerte lenta e impidiendo las terribles consecuencias que para aquel desdichado hubiese tenido un consejo militar.

No se atrevió no obstante a hacerle preguntas indiscretas.

Pero melosa, mientras estrechaba la mano del sargento, dijo:

– Es muy probable que volvamos a vernos, en Inglaterra.

– Todo eso puede suceder -repuso él evasivo.

– Si alguna vez viene a Londres -insistió ella-, recuerde que suelo ir todas las tardes a tomar el té en el Garrick.

Él sonrió.

– ¿Lo conoce? -inquirió Helen.

– Sí. Si mal no recuerdo, está detrás de la National Gallery, ¿no es cierto?

– Sí. Se encuentra exactamente, en el número once de Irving Street. ¿Irá a verme alguna vez?

Era toda una promesa. Y él se sintió conmovido. Una oleada de agradable calor le inundó el rostro.

– Iré… -dijo.

– Me alegraré de volverle a ver, Richard… y gracias por todo.

Penetró en el chalé sobre cuya puerta ondeaba la bandera de la Cruz Roja. Kirk se quedó unos instantes junto al umbral, todavía afectado por el hecho de que ella le hubiese llamado sencillamente por su nombre.

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[25] Sala de reuniones de las tripulaciones dispuestas para una salida. La palabra es de origen inglés, pero se internacionalizó durante la Segunda Guerra Mundial.

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