Los Jardines De Luz
- Автор: Maalouf Amin
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:
En el reglamento de la corte, cada disposición tenía como objetivo ahondar el abismo entre el monarca y el resto de los mortales. Todo contribuía a forjar esa imagen de inhumano poder, de celeste pompa y de perennidad. La bóveda del salón del Trono era tan alta que parecía construida por una congregación de gigantes, y, a lo largo de las paredes, hasta donde alcanzaba la vista, sólo se veían tapices, ni una pulgada que revelara la desnudez original de las superficies.
Al fondo de la gigantesca estancia, no había más que un estrado, protegido por una cortina alrededor de la cual se distribuía la asamblea de los cortesanos. A diez codos, las personas de sangre real; diez codos más lejos, los íntimos de Sapor, el rey de reyes, sus comensales, sus consejeros más cercanos, los dignatarios religiosos, exégetas y recitadores del Avesta, así como los sabios, los astrólogos y los médicos de renombre; otros diez codos más allá, se encontraban los que divertían al rey, bufones, juglares, acróbatas y bailarines, todos ellos personajes muy considerados en la corte sasánida, mucho más que los arquitectos, los pintores y los poetas, pero, a pesar de todo, sin comparación con los músicos. Conforme a los deseos debidamente codificados del fundador de la dinastía, a los compositores y a los maestros reconocidos de instrumentos y de canto se les trataba igual que a los príncipes reales y se colocaban, pues, a diez codos de la colgadura, pero a la izquierda. Detrás de ellos se alineaban los músicos y los cantores de segundo orden, y diez codos más lejos, la masa de tañedores de laúd, de «zand» o de mandolina.
Para despertar al lánguido auditorio, un redoble de tambores precedía al clamor rituaclass="underline" «Hombres, que vuestra lengua cuide de preservar vuestra cabeza, vuestro Señor está entre vosotros». Luego, mientras los músicos de la primera fila ejecutaban el aire previsto para ese día, y que ya no se oiría antes del mismo día del año siguiente, unas manos invisibles separaban la cortina.
Todos se prosternaban con la frente contra el suelo, esperando que un nuevo clamor los autorizara a alzar la vista: el soberano estaba allí, ídolo inmóvil, cegador derroche de oro; oro tejido en el traje, en el cojín, en la colgadura; oro macizo en el trono, oro cincelado en los collares, en los anillos, en las fíbulas; hasta la barba estaba espolvoreada de oro, polvo deslumbrante que salpicaba también los labios, las pestañas y las cejas.
Sobre el monarca podía contemplarse la legendaria corona que pesaba más que un hombre, y que ninguna cabeza, aunque fuera imperial, habría sido capaz de llevar; pero había que acercarse para descubrir que estaba sujeta por una fina cadena cuyo eslabón estaba clavado en la bóveda, de tal manera que cuando el rey se retiraba, la corona seguía suspendida, como por milagro, sobre el trono vacío; los hombres divinizados envejecen y mueren, la majestad permanece.
De lejos, la ilusión era total; sólo se contemplaba a un ser de leyenda, inconcebible, nacido de todos los terrores de los mortales, de sus morbosos deseos, una aparición suntuosa que petrificaba, que fascinaba, que imponía su misión.
¡Y era a aquel monstruo fabuloso al que Mani había ido a domar!
Por el momento, el hijo de Babel no cesaba de repetirse mentalmente cada paso o cada gesto, de rememorar las palabras que había decidido pronunciar, sobre todo las primeras, las de los instantes en que se está aturdido, aquellas que de ordinario se balbucean bajo las miradas inquisidoras y que, entre todas, son las más importantes; las rumiaba sin descanso, con nerviosismo.
Luego, una voz gritó su nombre. Se volvió para asegurarse de que había oído bien. Demasiado tarde, porque la puerta estaba ya abierta y una mano le empujó. ¡ Ay de aquel que hiciera esperar al divino Sapor! Mani avanzó a lo largo de la alfombra ribeteada que conducía a los peldaños del trono, pero tenía la sensación de ir a la deriva, de tal manera había perdido toda noción de las distancias. El rey le parecía cercano, como podía serlo el sol de Mardino, cercano hasta el deslumbramiento, hasta la insolación, y sin embargo, el camino alfombrado que llevaba hasta él le parecía interminable, pedregoso, empinado, y lo recorría con una impresión de extremada lentitud, de ahogo y de opresión. Era la hora de la duda y del arrepentimiento. Arrepentimiento por no haber escuchado los prudentes consejos de Maleo, quien, hasta la entrada del palacio, le conjuraba aún a renunciar. Arrepentimiento por no haber permanecido oculto en su palmeral, «como una ramilla de hisopo entre las piedras», habría dicho Sittai. Hacía dos años de aquello. ¡Dos años! ¡Una eternidad! A Mani le vino a la memoria, pero sus recuerdos estaban cargados de bruma, como si pertenecieran a una vida anterior.
Invocó a su «Gemelo», a su Doble. ¡Que se manifestara, por favor! Necesitaba asegurarse de que estaba allí, con él, que caminaba a su lado por ese camino de prueba, que tomaría la palabra cuando su propia boca le fallara. «Conserva la serenidad, Mani, olvida el oro, ignora la pompa, no te dejes deslumbrar jamás por un ser humano, aunque sea rey o profeta. El destino ha depositado en él lo que ha depositado en ti y en todos. Lo importante es ser consciente de ello. Dentro de mil años, sólo se hablará de Sapor porque tu camino se cruzó con su corte.»
Llegó por fin a la altura del chambelán. Éste le hizo señas para que se prosternara y luego le cuchicheó que estaba autorizado para levantarse. Antes de hablar, Mani sacó de la manga el padham inmaculado.
– ¡Honra al más poderoso de los hombres! ¡Que se cumplan sus más nobles deseos!
La fórmula era inusitada. El dignatario frunció el entrecejo y el rostro altanero del rey se estremeció con un asombro de mortal; pero no se había dicho nada que fuera irreverente. Finalmente, Mani fue invitado con un gesto a presentarse.
– Soy un médico del país de Babel.
– Mi hijo bienamado me ha hecho llegar una carta elogiosa con respecto a ti. Parece que supiste agradarle.
– La Providencia quiso que sanara a su hija a la que él creía perdida.
– ¿Cómo sanas?
– Mediante la palabra y las plantas.
– ¿Y el cuchillo, el fuego y las sanguijuelas?
– En eso, otros son más hábiles que yo.
Mani no lo sabía, pero la palabra «sanguijuela» era una trampa, dada la aversión de Sapor por ese tratamiento y por aquellos que lo utilizaban. Tranquilizado sobre ese punto, el monarca prosiguió:
– Mi hijo hace mención, igualmente, a ciertas ideas que querrías difundir.
– Me ha sido revelado un mensaje.
Entre los cortesanos se elevaron murmullos, pero nadie se atrevió a opinar por adelantado sobre la reacción del monarca, quien, por su parte, esperaba que Mani prosiguiera. Y como la continuación se hacía esperar, interrogó a su visitante con un principio de irritación:
– ¿Qué mensaje? Te escuchamos.
– Ha comenzado una era nueva que necesita una nueva fe, una fe que no sea la de un solo pueblo, de una sola raza ni de una sola enseñanza.
Mani no tenía necesidad de precisar a qué pueblo, a qué raza y a qué enseñanza se estaba refiriendo. Entre los dignatarios de la segunda fila se agitó un pañuelo.
– ¡Yo conozco a ese hombre!
A Mani le bastó volverse para divisar entre la multitud de magos la barba rubia de Kirdir.
– Es un nazareno, el más pérfido enemigo de nuestra religión. Se cruzó en mi camino cuando yo estaba en la India junto a nuestro ejército victorioso. Nuestro señor, el divino Artajerjes, me había ordenado encender un inmenso fuego sagrado en aquella región para celebrar el triunfo de la gloriosa dinastía y ahogar las voces impías; pero este nazareno multiplicó los maleficios para impedirme ejecutar ese acto de piedad.
Kirdir lo había conseguido. Desde ese momento, los asistentes podían sentirse ofendidos por la actitud de ese médico de Babel hacía el difunto rey de reyes. Ahora, de todos aquellos que tenían los ojos clavados en Mani, Sapor parecía el menos hostil, uno de los pocos que estaban aún dispuestos a escuchar su defensa.
– Sólo estoy aquí para transmitir un mensaje al primero de los hombres -prosiguió Mani-. El Cielo ha dado a su juicio más peso que a todas las opiniones. ¡Ojalá reciba mis palabras con serenidad, sin dejarse distraer por la hostilidad de la que algunos quieren rodearme!
– Si he consentido en recibirte, es para escuchar tu mensaje. Tienes la palabra.
– Vuestro Imperio se ha extendido al oeste hacia el país de Aram, Adiabena y Osroena, donde los nazarenos son numerosos; al este, hacia Bactriana, India y Turan, donde se venera a Buda. Mañana, el reino de la dinastía se extenderá hacia unas regiones donde no se tiene costumbre de adorar a Ahura Mazda, y tendrá innumerables súbditos que profesarán toda clase de creencias. ¿Sería prudente humillarlos hasta transformarlos en traidores? ¿Quién es el mejor aliado de la dinastía? ¿El que intenta conciliar a los hombres o el que atrae sobre ella el resentimiento de sus propios súbditos?
En los rasgos del soberano podía sospecharse un esbozo de aprobación que Kirdir se apresuró a disipar.
– ¡El mejor aliado de la dinastía! -se burló-. ¡Estoy en presencia de nuestro divino señor y me veré obligado a explicar en qué un adorador de Ahura Mazda es mejor aliado de la dinastía que un nazareno! Puesto que los corazones no comprenden ya las palabras veladas, ¿me darían la libertad de hablar sin rodeos? He tenido en las manos algunos de los textos que los nazarenos propagan por las ciudades del Imperio; me han contado, igualmente, lo que dicen en sus reuniones. ¿Mi divino señor desea saber en qué términos hablan de nuestra religión, de nuestras leyes, de nuestras tradiciones y de la dinastía? Esa gente pretende que toda la descendencia de los sasánidas está maldita.