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Los Jardines De Luz

Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:

Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sit?a en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. All? nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fund? la doctrina que consigui? unir tres religiones y que ha llegado a nuestros d?as con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intent? dar a sus coet?neos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento s?lo consigui? ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bell?sima historia y un libro fant?stico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al coraz?n.
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Los ciudadanos convergían ahora hacia él desde todos los barrios, impacientes por interrogarle, sin que, no obstante, ninguno se permitiera abordarle, ni siquiera aquellos que le reconocían, ni siquiera aquellos que habían escuchado su sermón en la iglesia. Maleo supuso que su amigo se dirigía simplemente a casa del notable cristiano Bar-Turna, quien los había alojado la única noche que habían pasado en la ciudad. Pero tomó otro camino, el de la residencia del antiguo gobernador, cuya verja cruzó sin que la milicia urbana que la guardaba hiciera ademán de interponerse. Y una vez allí, cuando todos pensaban verlo subir los escalones del palacio, se apartó súbitamente de la avenida pavimentada y avanzó a través del jardín hacia una morera blanca, una morera que, según los ancianos, era el árbol más viejo de la región y que, solitario, se erguía sobre una tierra seca y árida, extendiendo a esa hora hacia el Oriente su sombra atormentada.

Mani echó pie a tierra y luego levantó los brazos, a fin de que la comitiva se detuviera para que él pudiera caminar solo hacia la morera, ante la cual se inclinó con las palmas de las manos apoyadas en el tronco. Mientras estuviera en esa ciudad, dijo, pasaría allí su días y sus noches.

Entonces, los ciudadanos se acercaron, formando un halo a su alrededor, y los labios menos tímidos osaron formular las preguntas esperadas: ¿Había hablado con el conquistador? ¿Qué clase de hombre era ese Ormuz? ¿Cuándo tomaría posesión de su ciudad? ¿Qué suerte les reservaba? ¿Podría reanudarse el comercio? ¿Serían respetados los cultos?

– El príncipe que me ha recibido -respondió Mani- no está desprovisto de sabiduría ni de discernimiento. En todos los hombres hay una chispa oculta bajo los cascos, los adornos y las cotas de mallas.

Si bien Mani no quiso prometer nada, estas pocas palabras tranquilizaron a la gente, que le rodeó aún más. ¡Qué extraño era ver a aquella venerable ciudad de mercaderes confortarse así con la compañía de un mendigo recién desembarcado! En realidad, la gente de Deb tenía la ferviente convicción de que mientras Mani estuviera allí apoyado en su árbol, y hablara y rezara, y se dejara alimentar por las mujeres más humildes, ningún ejército del mundo atacaría su ciudad. Por eso, poco a poco, los muelles se fueron reanimando. De nuevo se cargaba y se descargaba, y en los mercados, la gente se aventuraba a adornar los puestos.

Desde aquel momento, los habitantes de la ciudad, en una mezcolanza de clases y de creencias, se reunían bajo la morera. Allí era donde se ponían de acuerdo y arreglaban sus litigios; a veces, sus voces subían de tono, pero bastaba una palabra de la boca de Mani para que el silencio se restableciera y todos los oídos prestaran atención. Para el hijo de Babel, ése era el auditorio sediento de verdad, para seducir al cual había estado preparándose durante mucho tiempo. Había tenido que ir hasta la India para encontrarlo y para descubrir, en ese espejo de múltiples facetas, su propia imagen de mensajero:

– Benditos sean todos los sabios de los tiempos pasados, presentes y venideros, benditos sean Jesús, Sakyamuni y Zoroastro; una Luz única iluminó sus palabras y es esa misma Luz la que hoy resplandece sobre Deb. Aquel de entre vosotros que siga mis enseñanzas no deberá abandonar el templo en el que siempre ha rezado ni el altar sobre el que honra a los manes de sus antepasados.

En Deb, donde florecían tantas creencias, las palabras de Mani eran gratas para los oídos de los hombres conciliadores. En aquellos tiempos de prueba, fueron numerosos los que se aferraron a su fe generosa; pero, al mismo tiempo, aparecían objetores entre el auditorio, a quienes las palabras de Mani escandalizaban y desconcertaban:

– Si dices lo mismo que el Mesías o Buda, ¿por qué intentas crear una religión nueva?

– La esperanza de aquel que se ha alzado en Occidente apenas ha florecido en Oriente; la voz de aquel que se ha alzado en Oriente no ha llegado a Occidente. ¿Es necesario que cada verdad lleve la ropa y el acento de aquellos que la recibieron?

– Maestro, admito que ciertas creencias merecen ser respetadas; pero los idólatras, los adoradores del sol…

– ¿Crees que un rey se sentiría celoso si besaras el faldón de su vestido? El sol no es más que una lentejuela en el vestido del Altísimo, pero mediante esa resplandeciente lentejuela, los hombres pueden contemplar mejor Su Luz. Los seres humanos creen que adoran a la divinidad cuando no han conocido nunca más que sus representaciones; representaciones en madera, en oro, en alabastro, en pintura, en palabras o en ideas.

– ¿Y aquellos que no reconocen a ningún Dios?

– El que se niega a ver a Dios en las imágenes que le presentan está, a veces, más cerca que los demás de la verdadera imagen de Dios.

Un día, le preguntaron:

– ¿Qué nombre lleva aquel del que eres el Mensajero?

– Yo le llamo «el Rey de los Jardines de Luz».

– ¿No es el Padre, el Todopoderoso, el Infinitamente bueno, el Creador de todas las cosas?

– ¿Cómo podría ser a la vez bueno y todopoderoso? ¿Es acaso él quien ha creado la lepra y la guerra? ¿Es él quien deja morir a los niños y que maltraten a los inocentes? ¿Es él quien ha creado las Tinieblas y a su Señor? ¿Ha prometido que este último existe? Si pudiera aniquilarle de un gesto, ¿por qué no lo haría? Si no quiere aniquilar las Tinieblas, es que no es Infinitamente bueno; si quiere aniquilarlas, pero no lo consigue, es que no es Infinitamente poderoso.

Después de un corto silencio, añadió:

– Es al hombre a quien ha confiado la creación. Es a él a quien le corresponde el primero hacer que las Tinieblas retrocedan.

El hijo de Babel llevaba ya diez días junto a la morera blanca, cuando el ejército sasánida tomó posesión de Deb. Se desplegó por las puertas, por la torres de las murallas, por los muelles y por las calles comerciales, sin asesinatos ni saqueos. Después, Ormuz fue a instalarse con sus allegados en la residencia del antiguo gobernador.

Mani permaneció algunos días más en el jardín vecino, rodeado de una multitud ferviente que se confortaba con su presencia, pero que pronto oiría de su boca palabras de adiós.

En efecto, una noche, Ormuz le mandó llamar con urgencia. Mani velaba aún, apoyado en su árbol; el ayudante de campo le ayudó a levantarse con una mano y con la otra sostenía una antorcha.

Junto al príncipe, se encontraba un escriba de alto rango.

– Es Nam Veh, mi hombre de confianza. Acaba de llegar de Ctesifonte.

– Una gran desgracia se ha abatido sobre el mundo. El señor de todos nosotros, el gran Artajerjes, rey de reyes, dios entre los hombres, hombre entre los dioses, ha ido a reunirse con los gloriosos soberanos… -comenzó el escriba.

– Mi abuelo ha muerto -le interrumpió Ormuz.

En sus ojos, se había apagado un terror. En los de Mani, se perfiló el camino de regreso.

El encuentro con aquel príncipe sasánida no dejó de tener un mañana. Entre Mani y la dinastía más poderosa de su tiempo acababa de nacer una relación que se revelaría tormentosa, intensa y a veces cruel; y constantemente ambigua, como deben ser las relaciones entre los portadores de ideas y los portadores de cetros.

La existencia del hijo de Babel se vería conmocionada por ella. Pero también la del Imperio.

3. Cerca de los reyes

He venido del país de Babel

para hacer resonar un grito en todo el mundo.

Mani

Uno

Mientras esperaba a que llegara su turno para entrar en el salón del Trono, Mani no podía apartar los ojos de la puerta monumental ante la que estaban alineados los hombres de la guardia con sus gorros de fieltro color rojo sangre. ¿No era aquella puerta la que evocaba su «Gemelo» cuando hablaba de conquistar Ctesifonte? Había sido necesario que él fuera hasta las orillas del Indo, que conociera a aquel príncipe y que sanara a su hija, para obtener esa carta de introducción, dirigida por Ormuz a su propio padre, Sapor, el nuevo señor del Imperio…

En el vestíbulo, dejó que le describieran una vez más el ceremonial. En los labios del jefe de protocolo se repetía como un exorcismo una palabra, padham. Así era como llamaban, en los tiempos de los sasánidas, al pañuelo blanco que debía colocarse ante la boca cualquiera que se acercase a los objetos sagrados, por temor a que fueran mancillados por el aliento de un mortal; el del mago en el momento de oficiar ante el altar del fuego, o el de cualquier hombre que hablara en audiencia pública a la persona del rey de reyes.

Por eso, los cortesanos guardaban siempre un padham en la manga, y los dignatarios del palacio ofrecían uno a los visitantes extranjeros, al mismo tiempo que se preocupaban de enseñarles el gesto de veneración: el índice de la mano derecha extendido hacia adelante y hacia arriba, ligeramente curvado, así como de inculcarles las frases convenidas, ya que tanto en Ctesifonte, como en el Egipto de las dinastías y, por otra parte, en Roma, aunque de un modo más puntilloso, el soberano era augusto. Para dirigirse a él, no se podía usar ni un nombre ni un título, sino unas fórmulas consagradas de las que nadie podía apartarse: «¡Vosotros, personajes divinos!», «¡Vosotros, los dioses inmortales!» o, al menos, «¡Vuestra divinidad!».

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