Los Jardines De Luz
- Автор: Maalouf Amin
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:
¿No dijo él un día que en los Jardines de Luz todo sería perfume y color, que nada seguiría siendo substancia?
En la comitiva de Mani reinaba una atmósfera de fiesta apacible, aunque en ella se abordaban permanentemente temas austeros. Todos se sentían obligados a cultivar un arte, a menudo la música y el canto, puesto que éstos ocupaban un lugar de honor en el país sasánida, pero también la poesía y, evidentemente, la pintura y la caligrafía a imitación del maestro; el maestro, que les autorizaba a agruparse a su alrededor cuando tensaba la tela o apomazaba el pergamino, cuando preparaba barnices y colores e, incluso, cuando trazaba los contornos y se ponía a pintar. Nunca se dejaba distraer por la presencia de los discípulos, no parecía que sus miradas pesaran sobre su mano; y con frecuencia, mientras pintaba, se ponía a hablar y sus palabras se dejaban subrayar por sus pinceladas. Esos momentos eran los más intensos y los discípulos hubieran deseado que se prolongaran hasta el Infinito; permanecían en el mismo sitio durante horas, conteniendo la respiración por miedo a que se rompiera el encanto.
A pesar de que todos sus compañeros le rodeaban de una muda veneración, la presencia de Mani no era jamás opresiva. Si bien el hijo de Babel pedía a sus discípulos más cercanos, sus Elegidos, aquellos a quienes un día llamarían los Perfectos, que se consagraran al arte, a la enseñanza, a la meditación, y que se deshicieran de toda posesión, repetía sin cesar que se podía ir a él sin abandonar el trabajo ni las propiedades, sin apartarse de las propias costumbres y modo de vida, a condición de no perjudicar a las criaturas y de no dejar morir a los sabios.
– Así pues -se escandalizaba un día un disidente-, ¿en tu religión hay dos morales?
Mani ni siquiera pensó en negarlo.
– Hay un camino arduo que toman aquellos que aspiran a la perfección y un camino llano para el resto de los seres humanos.
– Pero si los dos caminos conducen a la salvación, ¿qué ventajas tendré si elijo el camino difícil?
– Si pronuncias la palabra «ventajas» es que ya has elegido.
A lo largo de las etapas, los fieles se multiplicaban, sobre todo en las ciudades, entre los artesanos, los comerciantes, los extranjeros y los mestizos. No cabía la menor duda, Mani seducía a los que vivían encerrados en el orden estricto de las religiones y de las castas, a los que sufrían por sentirse desgarrados entre diferentes adhesiones, a los que no se creían sentados desde siempre y para siempre en un mullido cojín de privilegios.
Sin embargo, donde sus enseñanzas se propagaban más despacio era en el seno de la casta más desprovista. ¿Cómo iba a obtener la adhesión entusiasta de los campesinos si decía: «No matéis al árbol, no dañéis a la tierra»? Por el contrario, ganó para su causa a algunos ilustres representantes de la casta de los guerreros, como Peroz y Mirhshah, dos hermanos de Sapor. Y sobre todo, evidentemente, al precursor de todos, el hijo menor del rey de reyes, Ormuz, que se proclamaba ya abiertamente discípulo de Mani y que, a la vez que seguía adorando a Ahura Mazda, mandó acuñar en Deb unas monedas que llevaban en el reverso la efigie de Buda. A decir verdad, la mayoría de sus iguales le censuraban, así como los magos. Ante los altares del fuego de Ctesifonte, de Pérsida y de Atropatena se celebraban reuniones tormentosas. ¡Buda en las monedas sasánidas! ¡Quién lo hubiera creído! ¿Y por qué no, mañana, la cruz del Nazareno?
Exclamaciones e interrogaciones que no se dirigían, evidentemente, a Mani. Que quisiera conmocionar así el orden del Imperio, sacudir los fundamentos sobre los que habían sido establecidas la dinastía sasánida y la Religión Verdadera confirmaba, a los ojos de todos, el juicio implacable de Kirdir, «un nazareno de la especie más hipócrita, un lobo de dos patas». Pero ¿y Sapor? ¿Por qué el divino rey de reyes, señor del Imperio, querría destruir con sus manos lo que constituía el fundamento de su poder?
En los conciliábulos de los nobles y de los magos se prefería creer que había sido engañado. En cuanto estuviera convenientemente informado de los estragos causados por el hereje, sin duda alguna le retiraría su protección y le infligiría el castigo ejemplar que la ley había previsto. Una delegación, formada por los príncipes de sangre real y los magos de mayor categoría, se presentó ante el Trono, encargada de las quejas.
– Ese tal Mani conduce una horda de mendigos que se abaten sobre cada localidad del Imperio como las langostas sobre un oasis. Desafía los mandamientos celestes e incita al vulgo a despreciar a aquellos a quienes el nacimiento ha colocado por encima de sus cabezas. El artesano se quiere convertir en escriba, el escriba quiere ser noble, el respeto y la autoridad se pierden, el orden de la dinastía se derrumba y corre por todo el Imperio que es nuestro divino señor en persona quien ha querido que esto sea así…
Sapor escuchó. Se ensimismó en una larga meditación y luego se levantó inesperadamente. Los cortesanos sólo tuvieron tiempo de inclinarse con el rostro contra el suelo. Cuando se atrevieron a mirar de nuevo hacia el trono, la cortina estaba ya cerrada.
¿Se habría conmovido el rey de los reyes por lo que le habían revelado? ¿Le habría incomodado el tono empleado por los príncipes y los magos? En todo caso, a los miembros de la delegación no se les infligió ningún castigo, pero tampoco se tomó ninguna medida en contra de Mani.
Pasaron algunas semanas y no sucedió nada. Los conciliábulos y las discusiones se reanudaron. Si el divino Sapor no había reaccionado -pensaba Kirdir-, era porque no valoraba el alcance de los peligros o porque vacilaba. Si se produjera un incidente grave, el monarca se vería obligado a tomar partido resueltamente.
Tres
Kirdir no tuvo necesidad de suscitar el incidente grave, ya que fue Mani quien creó todas las condiciones para que se produjera, al decidir súbitamente ir a Ecbatana, metrópoli de Media, de donde su padre era originario, y feudo secular de los magos. La visita en sí misma tenía trazas de provocación, tanto más cuanto que el hijo de Babel se ocupó de anunciarlo con varias semanas de anticipación en un sermón público pronunciado en la plaza mayor de Seleucia, barrio de Ctesifonte, precisando que ese viaje sería duro y que no animaba a sus fieles a seguirle; pero le siguieron a cientos.
Entre sus adversarios, fue Kirdir el que decidió acudir allí en persona, no sin haber tomado antes la precaución de hacerse acompañar por Bahram, el hijo mayor de Sapor. Ni entre la casta de los magos ni entre la de los guerreros tenía Mani enemigos más feroces. Kirdir veía en el hijo de Babel una amenaza para el nuevo orden religioso que los magos intentaban imponer en el Imperio, mientras que Bahram veía en él, sobre todo, a un aliado de su hermano menor Ormuz, al que le enfrentaba una tenaz rivalidad. Evidentemente, la suerte de Denagh no había hecho más que envenenar las cosas: que una joven de la nobleza, codiciada por Bahram, hubiera preferido seguir al médico de Babel en sus vagabundeos con el consentimiento de Ormuz, era un ultraje que no podía olvidarse. ¡El episodio de Ecbatana no sería más que el preludio de las venganzas venideras!
La primera prueba que la comitiva de Mani tuvo que afrontar fue el frío. El otoño tocaba a su fin. Los días fueron aún agradables mientras caminaron por las llanuras de Mesopotamia, pero en cuanto se internaron por los caminos de montaña tuvieron que usar ropas de abrigo. A seis parasangas de Ecbatana encontraron las primeras extensiones de nieve, que los nativos de los pantanos palpaban con fascinación.
Por suerte, la comitiva no estaba formada por las «hordas de mendigos» de los que los magos se complacían en burlarse. En efecto, entre los fieles había mercaderes prósperos que consideraban un deber vestir, calzar y alimentar a los ascetas. Uno de ellos era Maleo, quien, a la hora en que las discusiones religiosas se animaban, siempre encontraba ocupación en otra parte, generalmente junto a las monturas, ya que se había atribuido la tarea de evitar a Mani todas las preocupaciones terrenales. Como tenía la experiencia de las caravanas, se reveló como el más eficaz de los organizadores. Se podía ver, incluso, amontonados sobre los lomos de las mulas, abrigos y mantas de lana guardados en reserva para mayores inclemencias. No iban a resultar superfluas, como lo marcaba un gigantesco león colocado a la entrada de Ecbatana, que llevaba en lo alto de su melena un copo blanco, minúsculo, pero humillante para la estatua más célebre del Imperio, esculpida precisamente a modo de talismán para proteger a la ciudad contra las nevadas.
A la llegada de Mani, las calles de Ecbatana estaban desiertas o lo parecían. El viento matinal se había calmado; el sol, en medio del cielo, apenas estaba velado y sus jóvenes rayos se esforzaban en entibiar la atmósfera. La comitiva atravesó una calle bordeada de tiendecillas todas cerradas. Sin embargo, no era la hora de la comida ni la de la siesta. ¿Qué otro momento escogería la población para trabajar, pasearse, hacer recados y compras?