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Los Jardines De Luz

Электронная книга - «Los Jardines De Luz». Краткое содержание книги:

Conmovedora historia en la que que Amin Maalouf nos sit?a en Mesopotamia en los albores de la Era Cristiana. All? nos cuenta la historia de Mani, el hombre que fund? la doctrina que consigui? unir tres religiones y que ha llegado a nuestros d?as con el nombre de maniqueismo. A pesar de ser perseguido, humillado y, finalmente torturado y asesinado, Mani intent? dar a sus coet?neos una nueva forma de ver el mundo y de entender a Dios, aunque en su intento s?lo consigui? ganarse el miedo y odio de emperadores, sacerdotes y magos, que no contentos con destruirle intentaron borrar todas las huellas de su presencia en la historia. Una bell?sima historia y un libro fant?stico. Absorbe, principalmente por la belleza de sus frases y de la historia que nos relata, porque nos llega directamente al coraz?n.
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Cinco

Ormuz, nieto del señor del Imperio, se pavoneaba en su asiento de madera labrada en el interior de una inmensa tienda, verdadero palacio de lona con algunos lienzos recogidos para que penetraran el viento y la luz. Oficiales y escribas se afanaban junto a él, pero con la cabeza inclinada y los brazos a lo largo del cuerpo, y sin una entonación fuera de lugar.

Antes de conceder audiencia al visitante, su secretario le había informado: «Un hombre con la pierna lisiada, procedente del país de Babel. Su navío atracó hace tres días en el puerto de Deb».

– ¿Qué carga has traído? -preguntó el príncipe a Mani.

– Sólo mis palabras.

– ¡Curiosa mercancía!

Cuando Ormuz se reía a carcajadas, el aro de plata que sujetaba la extremidad de su barba saltaba y sus cortesanos se alborotaban, pero sin dejarse llevar por la alegría, ya que en cuanto recuperaba su aspecto serio, estaban obligados a imitarle al instante, so pena de parecer libres y arrogantes. El propio príncipe sólo se reía con mesura y con la mirada constantemente al acecho.

– Admirable mercancía es la palabra -prosiguió como si, decididamente, la expresión le complaciera-. No pesa nada en las bodegas y, si sabes sacar partido de ella, puede enriquecerte.

Y para el caso en que sus allegados no hubieran comprendido sus alusiones, explicó:

– ¡Este hombre es un narrador! Le haré venir para las veladas de los oficiales. ¿Conoces las epopeyas antiguas de Ciro y de Darío, las hazañas de los aqueménidas y las de nuestra dinastía?

– También conozco otras historias que nadie ha oído jamás.

– Tus otras historias no me interesan. A mis hombres sólo les gusta escuchar las epopeyas que conocen, o si no, relatos de caza. Si conoces alguno, si sabes hacérnoslo revivir, no te marcharás de aquí con la bolsa vacía.

– Yo no vendo mis palabras, las regalo.

– Así que no eres ni comerciante ni narrador.

El príncipe estaba irritado por haber comprendido tan mal a su visitante y los cortesanos bajaban los ojos cuando un hombre se acercó. Una barba rubia cuidadosamente peinada adornaba su rostro sin arrugas y llevaba un abrigo de brillante seda amarilla que llegaba hasta el suelo, adornado en el cuello con bordados negros. Inclinándose con toda confianza sobre Ormuz, cuchicheó a su oído unas palabras antes de volver a su sitio.

– Mi fiel consejero, el respetado mago Kirdir, cree que tú eres uno de esos nazarenos que se multiplican en las regiones de Mesopotamia y que has venido a Deb para difundir tu herejía.

– No he venido al encuentro del príncipe para hablar de religión. Se trata de la ciudad…

Ormuz le interrumpió,

– Primero quiero saber si Kirdir ha acertado.

– El honorable mago sólo se ha equivocado a medias. Venero a Jesús, pero también a Buda y a nuestro señor Zoroastro.

Kirdir se sobresaltó como si acabara de ser abofeteado y dio un paso hacia Mani.

– ¡Con qué arrogancia este nazareno se permite mezclar el nombre de nuestro santo profeta con el de los impostores!

– Que nuestro respetado mago vuelva a su sitio -prosiguió Ormuz-. Seguramente el visitante no ha querido insultar a nadie. Por otra parte, esta discusión ha terminado; los debates sobre religión me dan sueño y me entristecen. He tenido un día magnífico, estoy en la mejor disposición y supongo que nadie querría que mi humor se alterara.

Como todos los cortesanos se apresuraron a aprobarle, se lanzó a un exaltado y meticuloso relato sobre la caza del día.

– … Les dije a los guardias que se alejaran, que me dejaran ese león, que no quería que hubiera en su cuerpo otras huellas que las de mi lanza. Y lo perseguí solo. El animal no corría mucho y de pronto se detuvo e hizo un movimiento hacia mí. Mi yegua se asustó y entonces salté a tierra para que pudiera huir.

»Nos quedamos solos, frente a frente, la fiera y yo. Avanzábamos el uno hacia la otra, con calma. Ninguno de los dos quería escapar de una muerte tan noble. Menos de sesenta pasos nos separaban. Entonces, mis compañeros, haciendo caso omiso de mis órdenes, vinieron a rodearme con sus lanzas. La fiera se detuvo, se volvió y se alejó sin correr, conservando su dignidad. Ahora todos querían alcanzarla, pero yo grité tan fuerte que se quedaron todos clavados en el sitio: "Os prohibo que persigáis a ese león, venía hacia mí como un valiente y sólo se alejó porque vosotros malograsteis nuestro duelo. ¡Dejadle vivir!".

Mani no preveía semejante desenlace de la caza principesca. Su reacción fue espontánea.

– ¡Ésta es una historia que contaré a la gente de Deb! Así sabrán que pueden esperar magnanimidad y demencia del conquistador y que éste tomará la ciudad sin matanza ni destrucción.

Aún absorto en sus recuerdos, Ormuz no reaccionó. Fue el mago Kirdir quien respondió a Mani.

– El león quiso luchar, por eso mereció la gracia del príncipe. La gente de Deb no quiere combatir, no son más que corderos, y como los corderos, su destino es que los esquilen y los degüellen.

– ¡Son mercaderes a quienes la ley del Imperio prohíbe llevar armas! -gritó Maleo, quien, con Pattig, se mantenía a la entrada de la tienda y comenzaba a inquietarse del cariz que estaba tomando el debate.

– ¿No tenía la ciudad una guarnición? -interrogó el mago.

– ¡Los soldados partieron con el gobernador! -dijo de nuevo Maleo.

– Los ciudadanos deberían haberlos retenido. ¿No tienen suficiente oro para pagarlos? ¿Por qué el príncipe habría de mostrarse noble con esos mercaderes grasientos y llorosos?

– ¿Quién salió glorificado por la clemencia del príncipe hacia el león, este último o el primero? -preguntó Mani.

Emergiendo al fin de su ensueño, Ormuz se dignó conceder con un movimiento de cabeza que era a él a quien le correspondía la gloria. Pero Kirdir tomó de nuevo la palabra:

– El príncipe es un guerrero, como todos los miembros de la divina dinastía. Para él, cada combate es una oportunidad de demostrar su valor. La gente de Deb le ha decepcionado. Sólo merecen su desprecio.

En la sala, una verdadera ovación saludó esta declaración. Mani no comprendía en absoluto ese ensañamiento.

– Resulta que hay una ciudad que acepta la autoridad del príncipe, que le abre sus puertas, que se dispone a recibirle con sumisión y a ofrecerle presentes, ¡y se pretende castigarla!

Pero de la boca de Ormuz se escapó cándidamente la verdad.

– Desde que nuestros soldados se pusieron en marcha, sólo piensan en las riquezas de Deb, en sus mercados, en sus almacenes, en sus mujeres. Cada vez que debían cruzar una montaña o un desierto de sal, les hablábamos de Deb.

– ¡Pero si la ciudad abre sus puertas, la ley del Imperio exige que no sea saqueada!

Precisamente. En el mismo momento en que hablaba, Mani comenzó a comprender. A los mercaderes de Deb no se les reprochaba su pusilanimidad, sino su sabiduría. ¡Al negarse a combatir, privaban a los saqueadores del botín! El hijo de Babel percibió más claramente la importancia de la gestión que efectuaba en nombre de la ciudad y habló en alta voz:

– Las puertas de Deb están abiertas y así permanecerán. La guarnición se ha marchado y ninguna otra la reemplazará. No hay ni un arma en la ciudad, ¡la gente ha roto hasta los cuchillos de cocina! Los soldados pueden entrar y podrían matar, saquear, violar e incendiar, pero, según las leyes del Imperio y las leyes del Cielo, sería una felonía. Y no puedo imaginar ni por un instante que un valiente hijo de la gran dinastía lo permitiera.

Ormuz pareció turbado y Mani prosiguió:

– La gente de Deb sólo desea que se respeten sus exenciones y sus tradiciones y que se preserven su vida y sus bienes. No piden más que vivir en paz bajo la autoridad de un príncipe recto y sagaz. Eso es lo que les conviene, pero también es lo que conviene al príncipe. Esa ciudad es la joya del país que él tiene la obligación de conquistar y de gobernar. ¿Por qué iba a querer arruinarla?

Sintiendo que su señor dudaba, Kirdir replicó:

– No es competencia de los comerciantes de la India interrogarse sobre la rectitud de nuestros príncipes y aún menos sobre los intereses del Imperio. El ejército ha luchado, se le ha prometido una recompensa y es justo que se le conceda.

De la fila de los oficiales surgieron gritos de apoyo.

– Por más que Deb abra sus puertas y oculte sus armas, sigue siendo una ciudad impía. Nuestras tropas victoriosas partieron a la guerra para someter a las regiones infieles, para castigarlas, para imponerles la Religión Verdadera. Eso es justo y agradable al Cielo. Deb será entregada a los soldados durante tres días, todos los lugares de culto impíos serán derribados y luego se organizará una ceremonia de acción de gracias en el puerto, como lo ha ordenado el divino Artajerjes, rey de reyes, el señor de todos nosotros.

Ormuz sabía que su abuelo, el rey de reyes, deseaba que se celebrase esa ceremonia, y conocía, igualmente, los deseos de sus oficiales. Pero él mismo no era insensible a los argumentos de Mani, cuyo apoyo solicitó discretamente:

– Las palabras del mago Kirdir me parecen sensatas, ¿tienes algo que responder, hombre de Babel?

– Tendría que ser muy descarado para atreverme a responder, ya que sólo soy un visitante de paso, mientras que el mago es, evidentemente, un personaje notable, puesto que se permite indicar al príncipe a dónde debe conducir a sus ejércitos y de qué manera debe comportarse en las ciudades conquistadas.

Kirdir dio un brinco con la mano en el corazón:

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